sábado, 9 de noviembre de 2013

Sobre la inestabilidad de nuestra economía


Asdrúbal Romero Mujica

He enseñado sobre el comportamiento de sistemas dinámicos desde que me gradué de ingeniero –a mediados de los setenta. Ha sido el dominio de este tema el que me ha llevado a pronosticar desde hace ya varios años lo que ahora se encuentra en pleno desarrollo: la inestabilidad absoluta de nuestra economía, evidenciada en la subida exponencial del precio del dólar paralelo –más adelante explicaremos el significado del calificativo exponencial- y sin límite, que es lo más preocupante.

Me temo que la mayoría de nuestros economistas han recibido una formación tradicional que les permite lidiar con el sistema bajo su escrutinio en condiciones estáticas de equilibrio. A lo sumo, cuando se produce un desequilibrio, suponen que el sistema se desplazará gradualmente hacia un nuevo punto de equilibrio, como si él ostentase siempre la deseable propiedad de autoregularse. Obviamente, esto no es lo que está ocurriendo. La dinámica de nuestra economía se mueve en un escenario de inestabilidad, que es lo que causa que algunas de las variables nefastas –inflación por señalar una- hayan comenzado a tomar un ritmo bastante alocado de crecimiento al cual, reitero, no se le ve límite a menos que se asuma un plan integral de medidas para la estabilización de nuestro sistema económico.

A estas alturas, supongo se habrán dado cuenta de la inevitable recurrencia a una terminología un tanto técnica. Intentaré explicarme en la forma más sencilla y sucintamente que pueda. La causa principal de la inestabilidad actual es el desequilibrio evidente entre la oferta de dólares que el Estado puede aportar para el funcionamiento de nuestra economía (los cuales provienen casi exclusivamente del ingreso de divisas por concepto de la venta de petróleo) y la demanda de dólares que nuestra economía requiere para seguir funcionando al ritmo al cual venía haciéndolo. Ricardo Hausmann señaló, con absoluta razón, que Venezuela gastó dólares en el 2012 como si el barril de petróleo se estuviese vendiendo a doscientos dólares. Traigo esto a colación, porque el desequilibrio entre los dólares que realmente, le ingresaban a Venezuela por concepto de producción petrolera y los que nuestra economía consumía viene desde varios años atrás –siendo conservador, por lo menos desde el 2011. La diferencia se financió con endeudamiento, creándose así una ficción de que nuestra economía podía seguir creciendo, sobre todo el sector comercio, como si tal desequilibrio no existiese. Una ficción que yo califiqué de fiesta, alimentada por el mismísimo gobierno por razones políticas: les era indispensable que el finado fuese reelecto.

Cuando las posibilidades de seguir financiando la fiesta con crédito externo se agotaron –quedará como anécdota la negativa de los chinos-, la terrible realidad del desequilibrio que se había fraguado por varios años hasta convertirse en sustancioso, comenzó a descargar su venenoso e incontrolable impacto sobre el funcionamiento de nuestra economía. Como no existe posibilidad alguna de incrementar la oferta de dólares, por parte del Estado, quedan dos caminos. El primero: que el aparato económico se reduzca para adaptarse a la cantidad de dólares que realmente puede disponer para su funcionamiento. Se dice fácil, pero no lo es. Como el Régimen, obstinadamente, evade cualquier reconocimiento de la realidad económica que él mismo ha creado, la reducción no responderá a ninguna planificación previa en atención a lo realmente necesario, será a trancazos, por la vía de los hechos: que cada cual sobreviva como pueda (me refiero a empresas), con la cual se generan las circunstancias para que se produzca escasez en una vasta diversidad de bienes de consumo (desde lo más lujosos y por ende menos necesarios hasta productos de primera necesidad). En el contexto de esa lógica de sobrevivencia, no pueden faltar quienes no queriendo verse forzados a bajar las santamarías de sus negocios, recurren, muy valientemente en mi opinión, a ese mercado paralelo para intentar seguir trayendo sus productos o materias primas. Este es el segundo camino, que menos mal existe porque si no: la escasez sería más patética y generalizada. Es en ese mercado, donde existiendo una brecha sustanciosa entre oferta y demanda, el precio crece y crece, a una velocidad tal que es proporcional al precio vigente. Esta es la característica esencial de lo que los sistémicos denominamos crecimiento exponencial. Comportamiento que es propio de una variable cuyo crecimiento se realimenta o refuerza positivamente, como en una especie de círculo vicioso.

No existe la posibilidad de que el mercado se mueva a un nuevo punto de equilibrio porque, para ello, debería producirse un incremento importante en la oferta de dólares, lo cual no se avizora posible en el corto plazo. Así pues, estamos en presencia de un lazo con realimentación (feedback) positiva que genera un comportamiento inestable (crecimiento exponencial ilimitado) en una variable, que a su vez es incidente sobre otra muy importante: la inflación.

Como si no fuera suficiente con el dantesco cuadro que ya tenemos, el gobierno ha recurrido al expediente de tratar de mantener la ficción generando bolívares inorgánicos (que no tienen ningún respaldo) lo cual incrementa la liquidez. De nuevo, este incremento alimenta la demanda de bienes, pero no existe como contraparte la posibilidad de incrementar a la misma velocidad la producción en el país de estos bienes (las condiciones de nuestra capacidad productiva, otra variable importante que en este análisis muy esquemático no entramos a discutir). Otro desequilibrio que dispara el incremento de los precios. La presión de los trabajadores por salarios que compensen su pérdida adquisitiva; los incrementos de sueldos financiados con dinero inorgánico; mayor liquidez; mayor inflación. Estamos pues en presencia de otro lazo con realimentación positiva que dará pie a una híper inflación, en el contexto de una economía bolivarizada cuyos tales bolívares han perdido su referencia con cualquier moneda dura (con comportamiento estable) que se nos pueda ocurrir.

Cuando esto ocurre en una economía, los gobiernos se imponen la nada fácil tarea de instalar lazos de control que corrijan realmente los desequilibrios con el objetivo de estabilizar las variables fuera de control. Hasta ahora, el gobierno de Maduro no ha instalado ni uno solo de estos lazos. Todo lo contrario, esa manipulación discursiva que ha conducido al saqueo de DAKA justo cuando escribo estas líneas, es una muestra evidente de que no se sabe y no se quiere asumir una conducción responsable de nuestra economía que tienda a estabilizarla. Lo que importa es la política: mantenerse en el poder a como dé lugar. Así las cosas, nos enrumbamos directo hacia una cubanización de nuestra realidad doméstica. Olvidémonos de celulares, laptops, televisores, electrodomésticos y hasta carros. A ver si reaccionamos y dejamos de esperar que de los cerros bajen a resolver un problema que nos compete.

Hace más de un año, con ocasión de la muerte de un compañero de graduación, les dije a mis otros amigos: pronto veremos dólares a cuarenta y me miraron como si tuviese cara de loco. Ahora resulta que mi predicción de sesenta para diciembre ya fue sobrepasada; ya no me siento tan mal por los calificativos de “boca de sapo” o ”nube negra” que me han endilgado quienes me han escuchado mis supuestamente temerarios pronósticos. Ahora sí que los más incrédulos (¿o serán los más crédulos?) pueden tener clarito el escenario al cual nos conducen.

2 comentarios:

Antonio Avellán dijo...

Gracias Asdrúbal , más claro no canta un gallo .

Julio Bethelmy dijo...

Excelente análisis de la dinámica del proceso, por cierto comentar que muchos economistas en, Venezuela si que estudian dinámica aunque no todos estudian estos procesos con instrumentos matemáticos para describir procesos dinámicos, donde las interacciones pueden retroalimentar al sistema. En Venezuela puedo ocurrir por lo visto una movimiento asintotico hacia el caos, pero no con un orden propio, sino aquel que no es posible observar un patrón hacia el orden