domingo, 22 de febrero de 2015

¿Emociona la oferta política de la oposición a los venezolanos?

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Nelson Acosta Espinoza

Recientemente he tenido oportunidad de leer los mensajes de texto de un grupo de ciudadanos congregados bajo la etiqueta de social demócratas. Ello ha sido posible gracias al acceso al dispositivo de mensajería conocido como WhatsApp. Experiencia interesante y reveladora de las preocupaciones y angustias que embarga a este conjunto de compatriotas en torno a la situación política que confronta el  país. Es interesante resaltar, igualmente, la utilidad de esta nueva tecnología para la comunicación política: acceso rápido de la mensajería que permite la conexión entre personas ubicadas en distintas partes de la geografía nacional y en temporalidades distintas.

Por otra parte, esta iniciativa permite saber de primera mano la evaluación que los participantes en este foro virtual de la socialdemocracia hacen de la coyuntura política del país. Sobre este tema, me voy a tomar la libertad de elaborar una opinión que pueda contribuir a enriquecer este intercambio. Lo voy hacer desde una perspectiva distinta a la que, hasta ahora, ha prevalecido en la mayoría de las opiniones formuladas en este foro social demócrata. ¿Que pretendo indicar con esta última afirmación? Veamos.

En líneas generales, existe una propensión en la oposición de evaluar  las posibilidades del cambio político y electoral a partir de las circunstancias de orden material: inflación, desempleo, inseguridad, precariedad de la infraestructura, deterioro de la economía, etc. Los amigos que forman este grupo virtual no escapan a esta tendencia de otorgar preeminencia a las condiciones de naturaleza objetivas. Estas situaciones, hay que tenerlo presente, tradicionalmente  han proporcionado los elementos para la elaboración de propuestas programáticas e insumos para la actividad oposicionistas y las rutinas electorales. Estas circunstancias, desde luego, poseen un peso específico y, pudiéramos decir, sirven de piso sobre el cual debería asentarse la estrategia comunicacional de la oposición. Pero estas realidades, por si mismas, no han sido suficientes para inducir en los sectores empobrecidos un cambio en su conducta electoral. Este segmento de la población tradicionalmente ha votado por las apuestas oficialistas. En otras palabras, estas circunstancias “objetivas,” por si solas, no han podido construir subjetividades e identidades políticas alternativas a las que han sido hegemónicas a lo largo de este período histórico. Y, esta elaboración es esencial para construir la nueva mayoría que requiere el país.

Esta afirmación se encuentra respaldada por el “sentido común” y, en la actualidad, por el desarrollo de un conjunto de disciplinas entre las que destacan la lingüística, la neuro política y la antropología. Todas ellas apuntan a resaltar la importancia de la dimensión subjetiva por encima de la objetiva. En breve, los argumentos “racionales” requieren de los “emocionales” y, ambos espacios, operan en la dimensión inconsciente de nuestros cerebros.

Por ejemplo, los sondeos de opinión resaltan que la población en una gran mayoría se siente preocupada, molesta, confundida y triste. En otras palabras, se encuentran emocionalmente vulnerables. Aquí es donde es posible formular la siguiente interrogante: ¿Emociona la oferta política de la oposición a estos  venezolanos?
En fin, los demócratas tienen por delante una ardua tarea: conquistar los corazones de esos compatriotas y, para lograr esa meta,  se haría indispensable enmarcar sus propuestas en un nuevo lenguaje que permita abordar el cerebro de los ciudadanos a través de sus emociones. La cultura popular y sus abigarradas locuciones son fuentes indispensables para tejer la urdimbre de este nuevo discurso político. Sin dudas, la política ahora es así.




Documentos en cinco minutos

                   
Cartel de aviso en la oficina del Ministerio de Justicia, Tenerife
                                           

Miguel Angel Megias


 Carta abierta a los alcaldes de Venezuela

Estimados amigos:

Acabo de llegar a una isla muy amiga de Venezuela, donde residen miles de venezolanos, muchos de ellos nacidos aquí o sus hijos nacidos en esa maravillosa “tierra de gracia”, como la llamara Colón hace ya 500 y tantos años. Me refiero a la isla de Tenerife, la mayor de las islas Canarias que durante tantas generaciones fuera fuente de hombres trabajadores y honestos que labraron el campo venezolano e hicieron miles de trabajos útiles y productivos.

Les escribo desde esta tierra bendita para hacerles ver que hay algunos problemas no resueltos que pueden solucionarse si hay el vehemente deseo de servir a quienes los eligieron. Y así empiezo mi cuento…

Hace unos días tuve que renovar mi cédula de identidad.  Hice mi primer intento, un lunes a las 10 de la mañana y en la oficina del SAIME (nuevo nombre, viejas mañas) me dijeron “venga mañana a las 6 y póngase en la cola”. Al día siguiente llegué a las 5:50. De nuevo, vano intento, pues según me contaron los extranjeros que ya estaban en la cola, “acaba de pasar la gorda” (así llaman a la funcionaria  encargada de recoger los pasaportes de los extranjeros a las 5:45). O sea, llegué con cinco minutos de retraso. Espera de dos horas para ver si el funcionario encargado se compadecía, pero fue inútil: no es no. Al tercer día, me levanté, a mis 79 años, a las 4:30 de la madrugada para, esta vez si, poder estar a tiempo para el pase de “la gorda”.

Varias horas después se formó la fila “de los extranjeros” (apenas éramos siete viejos de varias nacionalidades).  A las 9 salió una funcionaria y a gritos “¡vayan a pagar al banco, el punto de ventas no funciona!”. Con lo que tuvimos que correr a copiar el número de cuenta, ir al banco, hacer cola, pagar y regresar con el codiciado “voucher”. Por fin, casi a las 11 de la mañana nos llamaron y entramos a “la oficina”(más bien, una especie de galpón), con asientos. Cuando  llamaron mi nombre me dije “¡bingo, me tocó la lotería!” Pasé al interior de la oficina, donde seis funcionarios con sendas computadoras portátiles, dispositivos captahuellas y camaritas digitales tomaban datos, fotos, huellas (mano izquierda, mano derecha y los dos pulgares); me tocó que me atendiera una dama, de caracteres muy criollos, morena, pelo negrísimo y largo y, en cierto modo, bastante guapa.  

 Mientras hacía su trabajo no cesaba de mascar chicle y escribir mensajes en su teléfono “inteligente”, supongo que asuntos  de mayor urgencia que atender prontamente a este ciudadano que soy yo. Finalmente, tras responder todos los mensajes, se dignó a tomar mi foto, me indicó la salida, me dieron un comprobante y… en dos semanas estará lista mi nueva y flamante cédula (o eso creo, al menos). Fin de la historia (por ahora…). Tres días después de este episodio salí del país en avión rumbo a Canarias.

Al día siguiente de mi llegada era lunes de carnaval y pensé que estarían cerradas todas las oficinas, pero no fue así. Caminé hasta la Alcaldía (aquí es el Ayuntamiento) y, en una oficina limpia, amplia, moderna, dotada de buenos computadores y en total silencio (¡como en una iglesia!), en cinco minutos me tocó mi turno y, ¡zas! 30 segundos después mostré mi DNI (cédula española) e indiqué lo que requería y enseguida tenía en mis manos los papeles sellados y firmados.

Diez minutos después llegué a la oficina del Registro Civil para obtener una Fe de Vida; me dieron  un ticket y en menos de dos minutos mostré mi DNI y la funcionaria me dio las dos copias firmadas y selladas. ¡todo en menos de cinco minutos!

Por último, caminé unos 15 minutos hasta la oficina donde colocan la Apostilla de La Haya, un sello que es requerido en todos los documentos que se utilizan entre naciones. Entré al recinto, no había nadie delante de mi y en menos de un minuto ya tenía mis documentos debidamente sellados y apostillados. Tres solicitudes, tres resultados y todo en menos de una hora. Yo diría que los sistemas funcionan muy eficazmente. Fin de la historia…

Mis queridos señores alcaldes:  ustedes podrían si se lo propusieran, igualar estos tiempos. Para ello deben tomarse en serio las necesidades de sus electores. Plantéense la meta, alcanzable: ¡documentos en cinco minutos o menos! Atender al ciudadano en la obtención de partidas de nacimiento, de matrimonio, defunciones, fe de vida, etc., es una obligación de ustedes, sea éste un estado socialista o de otro tipo. Para eso, entre otras cosas, fueron ustedes electos. Y para ello deben contar con oficinas limpias, amplias, con funcionarios uniformados, que no masquen chicle ni envien mensajes, que atiendan en horas normales de oficina, que no tengan “gordas” para pasar a las seis de la mañana y que entiendan que sus “clientes” son ciudadanos como ellos, padres o madres como ellos. Que las personas no tengan que pasar por atropellos ni humillaciones para obtener un documento. Que sean ágiles los procesos, que no se forman colas innecesarias, que hayan asientos cómodos donde esperar y que a los de la tercera edad o señoras embarazadas se les de tratamiento preferencial. ¿Es eso mucho pedir? Para este asunto sólo hace falta voluntad, buena voluntad, un poco de organización y, sobre todo ponerse en el lugar del público. Y que el SAIME se desconcentre y cualquier persona, venezolano o extranjero pueda sacar sus documentos en horas normales de oficina, en su propio municipio.

Esa sería una actividad típica de la autonomía que reclamamos en este Observatorio y que deben tener los municipios; se debe descentralizar las gestiones para que el habitante de un municipio pueda resolver fácil y cómodamente sus requerimientos.

Ojalá alguno de ustedes tomen la iniciativa, estudien como se están llevando a cabo los procesos en este momento, en que tipo de oficinas y por que tipo de funcionarios y cuanto tiempo se tardan en obtener resultados. De ese estudio, con seguridad, surgirán las formas de hacerlos más eficaces. La meta: documentos en 5 minutos (o menos…)

Finalmente, queridos señores alcaldes. Pónganse en los zapatos del ciudadano de a pié: ¿cuándo fue la última vez que ustedes hicieron cola para obtener un documento?

Que pasen un feliz día,

Miguel A. Megias Ascanio


Ciudadano español que desea aportar su granito de arena para vivir mejor en ese bello y querido país que es Venezuela

¿Creemos que la democracia empieza en lo cercano?,


Carlos Romero Mendoza 

 ¿Creemos que la democracia empieza en lo cercano?, como lo afirma el slogan de la plataforma ciudadana española Ganemos Madrid 1]. Si hay dudas al respecto, no se podrá entender el reclamo con respeto a la autonomía municipal que hacen los Alcaldes de la Unidad en el estado Mérida.[2] En su declaración pública, estos representantes electos denuncian la política del oficialismo de obstaculizar la gestión pública local y de desconocer la institucionalidad local con la creación de figuras paralelas de gestión. Además, reiteran el impacto negativo que tiene en la salud financiera de los municipios la metodología para calcular el presupuesto nacional avalada por la Asamblea Nacional.

Por autonomía debemos entender, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la potestad que dentro de un Estado tienen municipios, provincias, regiones u otras entidades, para regirse mediante normas y órganos de gobiernos propios.[3]

Esa definición permite asumir que la autonomía municipal supone la potestad del Poder Público Municipal de regirse por sus propias normas y órganos. En consecuencia, la autonomía municipal va de la mano con el diseño de las atribuciones y competencias de los distintos niveles políticos territoriales, conforme a la Constitución y a las Leyes.

En Venezuela, el artículo 168 de la Constitución advierte que la autonomía no es absoluta, el nivel de autonomía queda condicionado a la voluntad política de la Asamblea Nacional, pues los límites, restricciones o incluso la ampliación de esa autonomía tiene como fuente, además de la Constitución, el contenido de las leyes debidamente aprobadas.

Sin debate plural y menos aún sin consulta pública, hemos experimentado el desconocimiento de nuestra autonomía municipal con la suspensión de las elecciones municipales desde el 2009 por acción de la Asamblea Nacional; con la implantación del Sistema de Policía Nacional y también con la sanción de la Ley Orgánica de Jurisdicción de Justicia de Paz Comunal, cuyo contenido desconoce la competencia municipal en materia de justicia de paz.

Así mismo, la autonomía se vio lesionada como consecuencia  del control social que impone el modelo de Estado Comunal, cuando desconoce la existencia de las instituciones políticas municipales, en la relación entre el Estado y sus ciudadanos; con lo cual, buscan evitar que el Poder Público Municipal pueda impulsar efectivamente procesos participativos incluyentes en la búsqueda del orden y de la promoción del desarrollo económico y social del municipio, atendiendo a su propios recursos humanos, naturales y económicos.

El contenido del Plan de la Patria 2013-2019, que imponen gradualmente, desconoce la Constitución Nacional y no reconoce al Municipio como la única forma constitucional de organización del territorio nacional, y con ello pretenden impedir que el ciudadano experimente la democracia a través de la actuación de las instituciones políticas más cercanas.

En otros países, la autonomía municipal tiene mayor presencia en la agenda política del debate, tal es el caso reciente de México, allí el Presidente propuso crear un modelo de Policías Nacionales Únicos que motivó a distintos sectores, públicos y privados, a elevar su voz de alerta, exigiendo que esa propuesta garantizara la autonomía municipal en materia de seguridad[4].

En Argentina la autonomía municipal se ve incluida en la agenda del Segundo Encuentro de Partidos/Espacios Vecinales de Rio Negro[5] y en España, el Gobierno de la Rioja, impulsa unaLey de Capitalidad, con la intención de ampliar la autonomía municipal de Logroño, con la finalidad de mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos, de la protección social y la autonomía personal[6].

En consecuencia la autonomía municipal es tema para el debate en varias culturas políticas, e incluso en el caso de Logroño se asume como una política de mejora para los ciudadanos; hay casos, que evidencian el valor agregado que representa la autonomía municipal para el desarrollo de la participación ciudadana.

La autonomía municipal es un concepto complejo en la práctica, que no admite un modelo único, y que demanda la capacidad permanente de diálogo y negociación política, en el marco de un diseño institucional donde se acepte que el poder político es compartido y que la responsabilidad también, en un marco de unidad territorial.

El reclamo de los alcaldes en Mérida, así como el reclamo de muchos ciudadanos, pueden encontrarse en la necesidad de una mayor autonomía municipal para lograr respuestas efectivas a las necesidades básicas de las comunidades.

En este sentido, atendiendo al llamado de la Unidad el pasado 23 de enero del 2015, de abrir urgentemente los espacios de base para que en los barrios y urbanizaciones los ciudadanos independientes puedan participar en la elaboración y ejecución de la política democrática”[7]la autonomía municipal se convierte en un tema de política democrática y en una alternativa viable, para alimentar esos espacios de bases y para promover el compromiso político entre ciudadanos y candidatos a diputados en la labor de recuperar una Asamblea Nacional como espacio de debate político plural.

Para lograr experimentar la democracia desde lo más cercano necesitamos que la sociedad se reencuentre con una Asamblea Nacional plural que oriente sus esfuerzos al rescate de una institucionalidad política fuerte, soportada en un orden jurídico inspirado en el bien común y comprometido con el respeto a la dignidad de la persona humana.
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[1] Ganemos Madrid.  Recuperado el 26 de enero de 2015. 


domingo, 15 de febrero de 2015

Federalizar la política

Nelson Acosta Espinoza
Bien,  amigos lectores, voy a insistir sobre el tema tratado en el artículo de la semana pasada. Tengo la impresión, corroborada por algunos comentarios emitidos por personas amigas, que no supe explicar apropiadamente la tesis de la despolarización y la federalización de la política. Algunos articulistas, vieron en mi argumentación un desconocimiento a los esfuerzos unitarios realizados por la MUD. Permítaseme afirmar en clara voz. Muy lejos se encuentra mi elaboración de esa apreciación. Todo lo contrario. He intentado, en esos breves escritos, aportar ideas para hacer más efectiva, política y electoralmente, la estrategia diseñada por este organismo de coordinación política. Bien, vamos al grano.

Comencemos con el tema de la polarización. Voy a tomar, como ejemplo, dos graffitis que expresan dramáticamente el contenido perturbador de este fenómeno político: “Con hambre y desempleo, con Chávez me resteo” “prefiero ser puta que chavista” (pancarta portada por una mujer de clase media en una manifestación en la ciudad de Miami). Disculpe el amigo lector lo escatológico de la frase. Pero me permite ilustrar el clima emocional polarizante que existía en el país en esos momentos. Desde luego, la intensidad de este fenómeno ha bajado. Pero en lo esencial, a mi juicio, aún persiste en vastos sectores de la oposición.

¿Por qué es necesario vencer este fenómeno político? ¿Cuál es su esencia? En forma breve, esta anomalía implica la concentración de los miembros de una sociedad en dos opciones, aparentemente irreconciliables, del ejercicio de la política y, desde luego, del poder. Esta narrativa produce formas de exclusión y de rechazo basadas en la adherencia a uno de los dos polos. En el caso venezolano, su existencia ha favorecido al gobierno y, ha impedido, una conexión de los sectores democráticos con la masa de votantes chavistas insatisfecha con las políticas del gobierno  que, debido a esta práctica polarizante,  aún se adhieren al extremo gubernamental.

Un primer paso para salir de esta trampa jaula es no responder a los “embelecos” discursivos diseñados por el gobierno. Y, para poder sortearlos, sería necesario elaborar  un esquema narrativo que haga de los problemas reales de la gente su base argumentativa. Generar nuevos vocablos y esquemas interpretativos que permitan abordar a la población desafecta de las políticas gubernamentales. Ello requiere, desde luego, un gran esfuerzo intelectual y, agregar al tema de la unidad, esta arista discursiva sobre la cual debería subordinarse las postulaciones electorales.

Aquí caemos en el tema de la federalización del discurso político. Persiste en sectores de la MUD una visión centralista de la política que le impide volcar su atención sobre la diversidad cultural, social y política que prevalece en el país y que nos distingue como venezolanos. Su narrativa expele un fuerte tufo capitalino. Confunden Caracas con Venezuela. No asumen la heterogeneidad cultural y política que nos caracteriza como nación y, por otro lado,  “hablan” desde un racionalismo positivista que deja a un lado las determinaciones culturales y emocionales necesarias para convencer y construir una nueva mayoría nacional.

A riesgo de molestar a algunos amigos voy a señalar lo siguiente. El personalismo, falsamente radical, que exhiben algunos miembros del sector democrático, no ayuda al diseño de una alternativa que enamore a los venezolanos situados en las dos aceras en que se ha dividido el país. Este déficit unitario expresa la carencia de una visión que dé cuenta del país realmente existente. No del político, sino del país federal. Es necesario que la oposición se reconcilie con la diversidad que constituye lo venezolano. Es indispensable, entonces,  emocionar para convencer. Sin duda,  la política ahora es así.




La crisis que nos une




Simón García

La crisis es una catástrofe. Una granada contra la sociedad. Sus fragmentos  explotan contra la economía y la situación social. Pero hay esquirlas que impactan otros aspectos, tangibles e intangibles, como la calidad de vida, las condiciones para sentirse felices o las expectativas de futuro. Lo que subsiste a la onda explosiva es porque la resiste. Pero a los sectores con menos de dos salarios mínimos los vuela, ¿sin protesta? 
Paradójicamente la crisis nos une. Los chocados cotidianamente por sus conmociones, comienzan a reconocerse como afectados. Estar en el lado de las calamidades permite distinguir a los que no los toca la crisis, amparados en beneficios y privilegios. 
La nueva clase dominante, la boliburguesía, se aprovecha de la crisis y a la vez, la alimenta. La telaraña de corruptos, testaferros, despachadores de drogas, contratistas VIP, excavadores de dólares necesita el centralismo, la subordinación de los poderes, la orden de arriba, la protección y la impunidad para apropiarse de la renta del estado.   
La línea que separa a esa élite de la mayoría no pasa por la condición clasista, la concepción ideológica o la pertenencia a un partido, sino por la velocidad con la que el proceso les brindó un enriquecimiento que sólo puede explicarse por medios ilícitos. En menos de diez años pasaron de vivir en Coche a tener cuentas y propiedades en otros países.  
  Esta es una de las oposiciones que repolariza a la sociedad. El país no está emocionalmente dividido en dos mitades, sino que las políticas económicas están creando una creciente inadecuación entre la sociedad y el Estado. La inconformidad y el rechazo al modelo aproxima transversalmente a oficialistas y opositores.
Ahora Maduro parece proponerse el fracaso terminal de llevar el proyecto oficialista a la mengua. Lo que se desenvolvió como una mayoría durante más de una década ha logrado descubrimientos liberadores: se puede ser revolucionario sin seguir el modelo que Maduro quiere mantener y socialista sin encadenarse a un poder autoritario, militarista y centralista. 
Para salir del atolladero hay que contar con un liderazgo democrático fuerte, que practique una ética inexpugnable y construya una noción compartida respecto a una sociedad abierta basada en principios de solidaridad, bienestar y libertad. Una conducción plural que puede integrarse con líderes de distinta procedencia, incluso con los que vienen o aún están en un oficialismo agrietado por una sumergida pugna interna. 
La MUD, la alianza más organizada y con más vínculos sociales en el conjunto de la oposición, debe resolver los puntos conflictivos entre las estrategias opuestas que alberga. Sin ese paso no hay discurso coherente ni motivación unitaria para moralizar y crear  horizontes eficaces de lucha por el cambio.  
Existen figuras y pequeños grupos que erróneamente asocian su éxito a la destrucción de aquella oposición que no excluye ninguna forma de lucha y que no concibe la transición como un choque de trenes. Muy activos a la hora de descalificar y notablemente pasivos para combatir el régimen con iniciativas prácticas. Alucinan con ser los opositores de la oposición y atraviesan inquinas contra la posibilidad de lograr una unidad más amplia y diversa a partir de la MUD. 
Pero la crisis del modelo, el vacío de gobernabilidad y el colapso económico también pone en entredicho hábitos y lugares comunes en la oposición. Empuja a unirse, no sólo para incrementar su fuerza sino para dar el salto para hacerse una alternativa. 



La sinrazón populista

  



PIERPAOLO BARBIERI1
·  "Populismo” es una de esas palabras que están en todas partes pero eluden una definición. En la Europa contemporánea muchos plantean el concepto como la solución a nuestros males de corrupción y crisis económica. A pesar de que se evite la comparación explícita, su ideal es aquel de las “nuevas izquierdas” latinoamericanas de Chávez en Venezuela, Kirchner en Argentina o Correa en Ecuador. Y bajo esta visión del “populismo como liberación” ante la injusticia de “las castas” se encuentra normalmente el ideario de Ernesto Laclau, un filósofo argentino que vivió la mayoría de su vida en Inglaterra y murió en Sevilla mientras disertaba en 2014.
La liberación que proponía Laclau no es tal. Como decía Leon Wieselthier, en un brillante ensayo sobre la devoción moderna a la tecnología, irónicamente nunca ha existido un universalismo que no excluya. Laclau aplaude la polarización social, sin entender que esta destruye los pilares del desarrollo político y económico.
Es irónico que el estilo de Laclau —acérrimo defensor de la liberación de los oprimidos— sea inaccesible y pedante; es un producto arquetípico de la burbuja universitaria, lejos de las minorías que defiende. Pero su diagnóstico en Hegemonía y estrategia socialista(1985, con Chantal Mouffe) y La razón populista (2005) merece crédito: el populismo político es síntoma de una democracia enferma de corrupción y una economía que no brinda igualdad de oportunidades para aquellos de diversos orígenes sociales. El error central de las “nuevas izquierdas” latinoamericanas (y europeas) es que su universalismo no libera: primero excluye en las urnas y cuando es necesario, lo hace violentamente. Es así que cementa inequidades desprovistas de la meritocracia que crea clases medias y controles institucionales. Paradójicamente Laclau propone sucumbir a los vicios que deberíamos suprimir.
Después de todo, la nuevas élites chavistas que trafican gasolina a Colombia, los señores de la obra pública argentina con cuentas suizas y los apparatchicks de las empresas estatales brasileñas, ¿se diferencian tanto de las viejas élites que desterraron? No, representan la misma opresión con distinto opresor.
Ya decía Il Gattopardo de Lampedusa que “para que todo siga igual, todo tiene que cambiar.” Lo que transforma sociedades y nos libera del “determinismo cultural” —ese que creía que en España no era posible la democracia, como hoy cree que en Argentina no es posible el desarrollo sin crisis— no es la reivindicación de los fallas democráticas como virtudes autoritarias. La respuesta es libertad y educación, básicamente los reductos de la Ilustración que supo crear la democracia liberal en Europa.
Cuando el edificio de la economía heterodoxa y neomarxista se derrumba (porque hubiera servido leer algún libro publicado después de la Teoría general de Keynes), entonces se ve que los resultados de las nuevas izquierdas son de magros a inexistentes; la excepción es una reducción de la inequidad que se dio más por motivos macroeconómicos (el boom agricultural) que por decisiones políticas. Europa debería ver un futuro evitable en Latinoamérica: las estanterías vacías en la Venezuela bolivariana, que sin embargo encuentra euros para financiar a populistas españoles, o la estanflación regresiva en una Argentina, donde el vicepresidente está (doblemente) procesado por corrupción. Estas no son sino las consecuencias lógicas autoritarismos que se imaginan eternos e infranqueables.
La alternativa populista de los años veinte y treinta del siglo pasado propuso universalismos que acabaron mucho peor que los experimentos republicanos que derrocaron. Si nuestras democracias están enfermas, démosles entonces más democracia, más controles anticorrupción, más educación en vez de falsos mesías. En la Europa de la posguerra los errores abundan. Pero los logros de la democracia social que barrió los autoritarismos del Este no pueden negarse: la España de 2015, a pesar de sus “contabilidades b”, es mucho más plural que aquella que despertó en 1975 de una agonía prolongada. Lejos estamos de la perfección, pero el desarrollo político de la Europa integrada reivindicó aquella sabiduría de Ortega y Gasset que nos decía que la Europa de la democracia y las libertades individuales era la solución.
El liberalismo humanista no puede hacerle frente a las alternativas populistas y sus utopías universalistas: se reconoce imperfecto, limitado, y, en fin, humano. No atrae al mesías, pero sí al estadista: al que puede concebir el día posterior al de dejar el poder, por lo que se dedica a construir instituciones en vez de personalismos. Es aquel que reparte libros en vez de alpargatas.
Este postmarxismo de Laclau y sus seguidores enmascara entonces en localismos periféricos el mismo autoritarismo que se perpetúa en el poder. Este se desnuda como opresor cuando se demoniza al opositor, ataca a la prensa, y profundiza la corrupción que se prometió erradicar. Es aquel momento de ruptura en el que el Mussolini que prometía en las calles obreras de Milán “ahorcar al último Papa con las tripas del último Rey” una vez en el poder pacta con el primero y se abraza con el último. Es el día que Kirchner viste Louis Vuitton y los Maduro viajan en avión privado; el relato político queda vacío ante el peso de la realidad.
Defendamos el liberalismo imperfecto que pregunta, que cede, que no demoniza, y que rechaza las reelecciones indefinidas. Ante la duda, más humanismo. Ante la duda, más democracia. Y los caudillos, para la historia.

Pierpaolo Barbieri es director ejecutivo de Greenmantle y asesor del Consejo sobre el Futuro de Europa de Instituto Berggruen para la Gobernanza. Su libro,Hitler’s Shadow Empire: Nazi Economics and the Spanish Civil War será publicado el 14 de abril por Harvard University Press

domingo, 8 de febrero de 2015

Foquismo político o como despolarizar al país

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Nelson Acosta Espinoza
No se asuste, amigo lector. No me he convertido en un divulgador y practicante de las enseñanzas del Che Guevara. Sin embargo, por si acaso, precisemos brevemente  en que consiste la versión guevarista. El foquismo es una teoría revolucionaria que reivindica la acción armada de un pequeño foco guerrillero como dinamizador de la acción revolucionaria de las masas.
Utilizo este término para ilustrar la idea de que es posible organizar focos políticos regionales que le hablen al país a partir de sus características políticas, culturas y sociales. En otras palabras, no es necesario esperar que maduren  todas las condiciones institucionales para avanzar hacia una apuesta federal y descentralizada. Esta expresión enuncia una apuesta: desplazar la  polarización que ha prevalecido en el país.
La polarización, en forma sencilla,  exhibe una lógica discursiva que divide a la sociedad en polos mutuamente excluyentes. Posee grados de intensidad y ha prevalecido en distintos momentos en nuestra historia. Ilustremos esta aseveración con algunos ejemplos. Su primera expresión fue el Decreto de Guerra a Muerte del 15 de junio de 1813. En forma breve, significaba que los españoles y canarios que no participasen activamente en favor de la independencia se les daría la muerte, y que todos los americanos serían perdonados, incluso si cooperaban con las autoridades españolas. Esta forma discursiva tuvo continuidad a lo largo de todo el siglo XIX. Por ejemplo, la concepción positivista de la modernidad interpretaba nuestro acontecer histórico en términos de una narrativa que giraba en torno al encuentro conflictivo y excluyente entre los polos civilización vs. barbarie.
Durante el trienio adeco (1945-48), igualmente, se puso en práctica esta lógica. La polarización alejo de este experimento democrático a otras fuerzas políticas (COPEI y el PCV). Finaliza esta experiencia en noviembre del año 1948 bajo un golpe militar que perdurará hasta el año 1958. A partir de esta fecha se dio inicio a un largo período de estabilidad política. Sin embargo, es necesario resaltarlo, la polarización no desapareció del todo. Se expresó en un fuerte bipartidismo que cerraba espacio para el protagonismo de otras alternativas sociales y políticas.
Ahora bien, ¿por qué la polarización es peligrosa? ¿Esta narrativa pone en riesgo la cultura democrática? Veamos. En principio esta práctica implica la cancelación de la política. ¿Qué queremos decir con esta expresión? Por un lado, suprime de facto los espacios para moderar los antagonismos y conflictos inherentes a la vida pública. Y, por el otro, sustituye la argumentación pública por adjetivos que descalifican y desconocen a los actores políticos. Los venezolanos hemos sido testigos de esta situación a lo largo de estos últimos años.  Dos polos, el patriótico y el democrático, que se desconocen mutuamente. La política ha sido sustituida por la relación amigo-enemigo.
¿Cómo diseñar una estrategia despolarizante?  A mi juicio, este debería ser el tema principal de la agenda política del momento. El MAS, hasta ahora, ha sido el único actor político que apuesta por una política que enfrente la actual polarización. Ve, en el federalismo y la descentralización, una vía para ir al encuentro de la gente y montar acuerdos que permitan la edificación de una nueva mayoría. “El punto, advierte Felipe Mujica, está cómo construir con esta mayoría una manera de conducir la política que permita que se puedan generar escenarios de diálogo y reconciliación”.
Regresemos al título de este breve escrito. El foquismo implicaría, entonces,  el diseño de estrategias desde las regiones que faciliten la reconciliación entre la diversidad de los venezolanos. Sin lugar a dudas, la política ahora es así.



Oposición y calidad de vida


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Centrarse en ayudar a los venezolanos es más rentable electoralmente que mantenerse en la pura confrontación. Hay que trascender la tesis según la cual el primer y único deber de la oposición es combatir al gobierno. Esa idea a lo mejor fue de utilidad en el pasado, pero en el siglo XXI la acción que conquista voluntades es aquella que prioriza la atención a las necesidades del elector por encima de las conflagraciones políticas. Por supuesto, modificar el enfoque de la oposición implica dejar atrás varios prejuicios. Por ejemplo, aquel que dice que promover acciones para garantizar una línea mínima de bienestar a los ciudadanos es apoyar a Nicolás Maduro.
Proteger la calidad de vida del pueblo nada tiene que ver con respaldar al gobierno; tampoco está asociado con pactos oscuros o conversaciones con el presidente. De hecho, colaborar con la gente no excluye que se presione para retirar del poder a Nicolás Maduro. Al contrario, la salida legal del presidente se acelera al construir soluciones concretas para los problemas de la sociedad. Posicionar respuestas alternativas a las oficiales es una vitrina para convertir la expectativa de cambio en un sentimiento irreversible y masivo.
La defensa del buen vivir es un objetivo en sí mismo. Sobre todo, es el fin que por excelencia compacta y moviliza a la ciudadanía. La aspiración de mejorar las condiciones emocionales y materiales de la existencia individual y grupal es un incentivo determinante para conquistar victorias electorales. Sin embargo, en Venezuela la radicalización ha traspapelado esta verdad del sentido común. La confusión ha llegado a tal extremo que algunos para ganarse al electorado proponen empeorar los destrozos que el gobierno realiza cada vez que decide.
Hay quienes creen que lograrán transformar las preferencias partidistas de la población atiborrándolos de penurias. Esa visión entre otras cosas explica que mientras la gente lucha por resolver un maremágnum de problemas diarios, la oposición se ocupa de acomodar sus diferencias y de repetir una y otra vez que el modelo chavista está equivocado de punta a punta. Sus dirigentes más creativos recomiendan que el tiempo se invierta en atizar el fuego del malestar que produce la escasez de alimentos, la inflación y el desastre en el que están los servicios básicos. Cuando en realidad los electores requieren experimentar que hay un liderazgo comprometido con ellos y sus circunstancias.
En general, la oposición subestima las iniciativas que pudieran ayudar a los ciudadanos. Casi todos sus jefes se mantienen en silencio frente a la merma en la calidad de la atención y productos que las compañías ofrecen. ¿Hay alguien que no haya sufrido y pagado costos muy altos por el mal servicio que prestan una buena cantidad de empresas públicas y privadas? ¿Quién no se da cuenta de que muchos se aprovechan de la situación para multiplicar sus ganancias? ¿Quién no ha sido perjudicado por las limitaciones de personal, salubridad, información y horarios, que los comercios establecen para atender al público?
Un asunto es callarse ante prácticas que multiplican y agravan los problemas de la población, y otra es trabajar para derrotar a este gobierno que fracasó por autoritario y corrupto. Después de todo, ejercer la política es tenderle la mano al ciudadano. En particular, a los sectores más vulnerables y desprotegidos; en este caso, a los millones que se ven obligados a hacer colas diarias porque ya no tienen para financiar una despensa para varios meses.
Con la misma solidaridad que los jefes de la oposición se ayudan entre sí y las cámaras privadas protegen a sus empresarios agremiados, los dirigentes que desean construir una opción distinta a la del gobierno deberían intervenir para aliviar las penurias de las mayorías. A lo mejor es conveniente recordar que en esta época oponerse es interceder para generar ensenadas de bienestar; y, además, golpear al gobierno. 

lunes, 2 de febrero de 2015

La política de la oposición: ¿A la buena de Dios?

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Nelson Acosta Espinoza
Bien amigos lectores, la siguiente reflexión es probable que no sea del agrado de muchos amigos que tienen la bondad de leer esta columna. Me refiero, a la extrapolación que a continuación haré en relación a la frase pronunciada por el Presidente Maduro: “Dios proveerá”. En principio, me voy a permitir reafirmar lo señalado en escritos anteriores. Estamos claro que esta solicitud presidencial  implica una suerte de sumisión ante la realidad del país y las dificultades que enfrenta para poder modificar, lo inmodificable: el socialismo del siglo XXI. Desde este punto de partida se explica la desesperación implícita en esta evocación mágica religiosa.

En mi modesto entender, esta exclamación o, lo que ella implica igualmente,  pudiera aplicarse al comportamiento político que exhiben algunos sectores de la oposición democrática. Vamos despacio. Intentemos explicar el sentido de lo afirmado anteriormente. Cuidado, no existe en mi espíritu ninguna pasión anti oposicionista. Todo lo contrario, me anima, si, un aliento crítico con la finalidad de enriquecer la práctica democrática.  Este ejercicio, no tengo la menor  duda,  es consustancial con el espíritu de tolerancia que debe privar en quienes profesamos la fe democrática. ¿Qué queremos significar, entonces, con esta comparación? ¡Desesperanza, dogmatismo, quietismo o un exceso de optimismo en este sector de la oposición?

El electoralismo, entendámoslo, funciona como una fe ciega. Y esta certidumbre tiende a desplazar la actividad propiamente política. Las cifras de las encuestas reseñan una mayoría disgustada e insatisfecha con las políticas del gobierno. En especial aquellas relacionadas  con el abastecimiento de alimentos básicos. Para algunos opositores, entonces,  esta circunstancia luce suficiente para obtener una mayoría holgada en la próxima elección parlamentaria. Creencia esta que ha sido  respaldada por distintas exploraciones de opinión pública. Todas ellas miden un mayoría de la población arrecha con las políticas del gobierno, en especial, las atenientes a la distribución de comestibles.

A pesar de estas condiciones objetivas, es válido preguntarse: ¿Dónde ubicar la política, el relato, la narrativa y las emociones? ¿Son, acaso,  las circunstancias económicas tan favorables al sector democrático que sería posible dejar estas condiciones subjetivas “a la buena de Dios”.

Me parece que dejar estas circunstancias  “a la buena de Dios” sería un gran error. Vamos a decidirlo con claridad. La oposición hasta ahora, no tiene un relato alternativo. La consigna de la unidad pareciera ser su mejor mensaje y esta no es suficiente. Por otra parte, exigir la renuncia de Maduro no constituye un programa político y, desde luego, es insuficiente en términos de ofertar un proyecto de país.

Ciertamente es loable aspirar a la unidad nacional. Seria injusto y políticamente incorrecto cuestionar una iniciativa de esta naturaleza. Sin embargo, es válido elevar algunas interrogantes en torno a este tema. Por ejemplo, ¿Qué significa lo nacional para estos actores políticos? ¿Representan ellos la diversidad cultural, social y política presente en la población venezolana? ¿Las regiones, con sus anhelos y demandas se encuentran representadas?

La unidad y los acuerdos que ella suscite, insisto, deben traspasar la inmediatez electoral. La formulación de un nuevo proyecto de país que sustituya los del pasado y del presente no puede quedar “a la buena de Dios”. No basta con identificarse con los hombres que pudieran representarnos en estas próximas elecciones parlamentarias. Es imperativo poder formar parte de ese quehacer colectivo.

En fin, de lo que se trata no es “solo vivir en democracia, sino vivir la democracia”.

Sin dudas, la política ahora es así.

La bancarrota de Maduro


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Humberto García Larralde

A Nicolás Maduro le parece mejor insistir en una “guerra económica” que agarrar el toro por los cachos para solucionar la actual tragedia venezolana. Es lo que se desprende de las “medidas” (¿?) anunciadas, que no van a ningún lado, y de la insultadera a factores de oposición con que descarga su impotencia. Pero no se atreve a tocar ese engendro de expoliación montado por Chávez bajo el nombre del “Socialismo del Siglo XXI”. En lo que sí tiene razón -en su discurso del viernes 23-, es en señalar a la “oligarquía parasitaria” como responsable de estos males. Pero, contrario a sus temores, ésta no estaría planificando ningún golpe de Estado, pues desde hace años está muy bien enchufada en el aparato estatal, gracias al comandante eterno. Así que a continuar echándole la culpa al imperio y al capitalismo por el desastre…

Maduro aspira a que la devaluación del híbrido SICAD I/II llene los cofres del Estado para poder continuar con sus prácticas populistas. De ahí su discurso demagógico del miércoles 21, ofreciendo ampliar la cobertura de distintas misiones y su mención de un pírrico aumento de un 15% en el sueldo básico, muy inferior a la inflación. Al informar que seguirá importando alimentos y medicamentos a Bs 6,30/$, anuncia la intención de continuar controlando precios a niveles artificialmente bajos, con más corruptelas y mayor desabastecimiento como secuela. Pero si PdVSA tendrá que reservar unos $10 millardos para cubrir tales importaciones, quedará poco para vender a la nueva tasa SICAD I/II. ¿A cuánto deberá llegar esta devaluación para cumplir con los fines fiscalistas de Maduro? ¿A cuánto se disparará la inflación?

El gravísimo problema económico que enfrenta Venezuela no obedece a insuficiencias fiscales sino a la destrucción del aparato productivo durante los últimos 16 años. La economía hoy es mucho más vulnerable a la suerte del mercado petrolero internacional que antes. El crudo a $40 el barril no alcanzará para financiar todas las importaciones de insumos, maquinaria y bienes de consumo, pero tampoco hay como sustituirlas con producción doméstica. El desabastecimiento y la inflación fueron insoportables con el barril a $100, ¿qué nos espera este año cuando su precio esté por la mitad?

Las exportaciones petroleras en 2013 sumaron $87,1 millardos y en 2014 unos $75 millardos. Este año pueden ser menos de $45 millardos. Pero tampoco es esta la suma que va a ingresar al país. PdVSA debe pagar primero lo del préstamo chino. Este pago, en 2013, fue por $9,7 millardos. Adicionalmente, el Ejecutivo debe apartar otros $11 millardos para pagar deuda externa, si no quiere declararse en default, por lo que quedarán unos $25 millardos o menos para pagar importaciones. En 2012 las compras externas (bienes y servicios) alcanzaron los $75,3 millardos y en 2013, $70,6 millardos. Con la contracción del año pasado, habrían cerrado por debajo de los $60 millardos. Adicionalmente, está la deuda comercial pendiente con proveedores externos, así como los juicios de empresas foráneas exigiendo indemnización a PdVSA y a otras instancias del Estado por contratos violados y/o nacionalizaciones apresuradas. ¿Con qué culo se sienta la cucaracha?

Ante tales expectativas, la opción de financiamiento externo es prácticamente nulo. Ningún organismo internacional, banco o país, arriesgará $20 millardos o más –que es lo requiere Venezuela para cubrir su déficit externo- sin exigir el desmantelamiento del sistema de controles y regulaciones que han destruida a la economía, y sin un compromiso creíble por equilibrar y sanear las cuentas macroeconómicas. El rating crediticio de Venezuela ha sido degradado a honduras nunca antes vistas, anticipando un posible default por simple incapacidad de pago. Las reservas internacionales, por su parte, están en apenas $20,8 millardos y sólo un 14% de éstas son líquidas (el grueso está en oro o en Derechos Especiales de Giro). Al encomendarse a Dios, Maduro confiesa que no tiene idea donde está parado. Le recomiendo leer a Laureano Márquez: Dios ya proveyó pero no entiende cómo fue capaz (el gobierno) de dilapidar tanta dicha.

El Presidente regresó de su larga y costosa gira mundial con las manos vacías. Ni los chinos ni Qatar le  van a financiar el enorme hueco en las cuentas externas, ni Arabia Saudita va a sacrificar cuotas de mercado, regalándoselas a los gringos y a otros nuevos productores, para apuntalar los precios del crudo. Queda como recurso que China refinancie sus acreencias con Venezuela, que se remate CITGO y que se venda la factura petrolera, con fuertes descuentos, adeudada por los países integrantes de PetroCaribe. Asimismo, debe suspenderse el desaguadero representado por el blandísimo financiamiento otorgado a estos países. Pero en el mejor de los casos, todo esto sólo cubriría la mitad de la brecha, desnudando, además, la desesperación del Ejecutivo.

Pero para Maduro y los suyos, no es lo económico lo que les quita el sueño. Piensan que con no levantar los controles ni sincerar la economía, y echarle la culpa al capitalismo por la escasez de los bienes, se contendrá la fuerte caída en su apoyo político. Las colas, además, sirven para doblegar a la gente en borregos sumisos dispuestos a aguantar horas para comprar algunos bienes baratos, “gracias a las bondades del socialismo”. Les tiene sin cuidado que estos controles han generado la inflación más alta del mundo, que han procreado una economía corrupta en la que la reventa de productos o dólares adquiridos a precios irrisorios rinde mucho más que la actividad productiva. Tampoco parece importarles el ausentismo laboral que provocan las colas, ni la escasez de insumos para producir por no contar con las divisas para pagar a los proveedores. Ante la caída en la productividad y los sueldos reales, venden la ilusión de un abastecimiento a precios que no cubren los costos. El FMI pronostica que la economía venezolana caerá un 7% este año.

La respuesta del fascismo gobernante es prepararse para la guerra contra los venezolanos que protestan ante el deterioro de su bienestar y luchan por su libertad. La “guerra económica” -una imbecilidad que solo puede ocurrírseles a ellos-, es la escusa. Así aspiran canalizar el descontento social hacia los supermercados y abastos privados, a la “burguesía apátrida” que atenta contra “el pueblo”. Deben perseguir y encarcelar a gerentes de empresas distribuidoras de alimentos. En este montaje, Maduro tiene el tupé de proyectarse como víctima, cual nuevo Allende, de una conspiración de “ultraderecha” (¡!) cuando, en realidad, encabeza una oligarquía mafiosa de militares, burócratas y boliburgueses, consustanciada con la economía corrupta que ha fructificado bajo la prédica socialista. Rectificar la conducción de lo económico impediría que siguieran esquilmando al país.    

Contrario a su discurso, Maduro transmite una imagen de hombre ignorante, cruel y mezquino, que no sabe dónde está parado pero no le importa, pues cree que basta y sobra con imitar a Chávez y repetir las consignas huecas acuñadas por sus mentores cubanos. Su talante fascista lo impela a reprimir brutalmente a estudiantes, a criminalizar la protesta y a no liberar los presos políticos. Cree que con censurar a los medios, meter preso a tuiteros e intimidar a periodistas, la gente no se va a enterar. Su cinismo y sus mentiras han debilitado tanto el liderazgo que hubiera podido tener entre los suyos que ya no inspira a nadie. Y la torpeza con los ex presidentes latinoamericanos, de negarle la posibilidad de visitar a Leopoldo López, así como las ofensas a sus personas, pone de manifiesto que el Socialismo del Siglo XXI es la Venezuela bárbara de caudillos y montoneras.

Más allá del agravamiento de nuestras penurias, los venezolanos nos enfrentamos a la perspectiva de una creciente anomia por la descomposición del régimen, si no se ataja a tiempo este desbarajuste. Por ello es tan importante el surgimiento de un liderazgo firme de las filas democráticas, que sea capaz de insuflar esperanzas y aunar voluntades, tanto de chavistas decepcionados como de no chavistas, con un mensaje claro sobre la imperiosidad de los cambios necesarios para devolvernos nuestro futuro. Sin reformas, aunque sea dolorosas, no habrá financiamiento externo y, a menos que Dios le haga caso a Maduro elevando el precio del petróleo a pesar de la sobreoferta y la caída de la demanda, nos espera el caos.


La atractiva necesidad de refrescar la memoria


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Soledad Gallego-Díaz
¿Se puede humanizar el análisis económico? ¿Es razonable pretender que se incluyan dentro de los elementos a tener en cuenta las consecuencias previsibles sobre la vida de las personas concernidas? Algunos piensan que pretender humanizar la relación coste-beneficio es muy encomiable, pero poco útil. Otros, que es imprescindible políticamente y que esa humanización debe fijar el objetivo de la actuación reguladora del Estado. Es lo que mantiene, por ejemplo, uno de los juristas más famosos de Estados Unidos, Cass Sunstein, catedrático de Harvard, 60 años, colaborador de Obama y, para algunos comentaristas conservadores, “el hombre más peligroso de América”, según el largo perfil que publica el último número de la revista de Leyes de esa universidad.

Sunstein cree que Franklin Delano Roosevelt pronunció el discurso más importante del siglo XX cuando propuso, en enero de 1944, quince meses antes de su muerte, una “segunda Carta de Derechos”, un texto que debería ser añadido a la Constitución de Estados Unidos, incorporando como derechos el acceso a un trabajo justamente remunerado, la sanidad, la educación, el techo, las pensiones...

Algo curiosamente parecido a lo que había significado el Informe Beveridge en Gran Bretaña y que allí daría origen, después de la II Guerra Mundial, al gobierno más extraordinariamente reformista de la historia, el que encabezó Clement Atlee  con Aneurin Bevan como ministro de Salud y creador del sistema sanitario público más admirado del mundo: el National Health Service. Atención, todo aquel formidable cambio se produjo en los días en los que Gran Bretaña mantenía una deuda soberana equivalente al 250% de su PIB. Gran Bretaña puso en marcha su mayor plan social cuando tenía una deuda soberana del 250% del PIB

A Sunstein, que defiende la idea del “empujón del Estado”, le gusta “refrescar la memoria” y recordar a sus compatriotas que hubo épocas en las que se hablaba de asuntos como incorporar nuevos derechos sociales a la Constitución americana, sin que eso provocara ningún escándalo. Propuestas como las de Roosevelt, o el increíble plan que puso realmente en pie el atildado y tímido Atlee, serían calificadas ahora de locuras extravagantes.

Así que refrescar la memoria parece ser una recomendación sensata. Porque paralelamente parece que también se ha olvidado lo que significa la pobreza, no la miseria que lleva a la inanición e incapacita para pensar, sino la pobreza, la escasez e insuficiencia permanente de lo necesario. El estado en el que se encuentra, según Cáritas, uno de cada cinco españoles, por ejemplo, personas que o no encuentran trabajo o que trabajan, pero no ganan lo suficiente para vivir.
“Desengáñense, la pobreza no es soportable”, aseguraba la escritora norteamericana Barbara Ehrenreich, en su libro “Por cuatro duros”. La pobreza, explicaba en un famosísimo reportaje publicado en la revista Harper, produce angustia profunda, un considerable deterioro de la salud, privaciones crónicas, un estado permanente de emergencia que va creando un estilo de vida insoportable.

Bien, pero no queda más remedio. Ya se saldrá adelante. La cuestión es que eso lo dicen quienes están en otra situación y se creen con derecho a animar a quienes padecen esa angustia insoportable. Ehrenreich nos enseñó quiénes son esas personas que no vemos y a las que aconsejamos paciencia: el camarero de la hamburguesería de la esquina, la limpiadora de un hotel de segunda, el dependiente o el reponedor de un supermercado que visitamos casi diariamente. Los trabajos sin cualificar, los que se remuneran con salarios que no dan para vivir, suelen ser precisamente trabajos duros, que exigen un gran desgaste físico y provocan dolores crónicos. Ehrenreich se asombraba de cuántos trabajadores pobres necesitaban ibuprofeno para tirar día a día y de cuántos padecían una alimentación, no escasa, pero sí inadecuada, hecha de comida de sobre.

Las grandes transformaciones, las grandes transformaciones reales, requieren consenso. Acuerdo entre grandes sectores de la sociedad. Es innegable que la sociedad española necesita hoy una gran transformación y es absurdo exigir que todo vuelva a ser como era antes, porque antes, en realidad, la tasa de paro estructural rondaba en España el 17%. El problema, como dice Sunstein, es si esa trasformación se encara pensando que la humanización del análisis económico es una exigencia o, por el contrario, una debilidad. Si se cree que el otro puede resistir lo que, simplemente, no es soportable.
Publicado en El País 25 de enero 205