domingo, 10 de septiembre de 2017

¿Elecciones de gobernadores?


Nelson Acosta Espinoza
La oposición celebrará primarias este domingo 10 de septiembre. Se escogerán 19 candidatos a gobernador en estas elecciones internas. En los estados Nueva Esparta, Vargas, Anzoátegui y Carabobo no se llevarán a cabo estos comicios. La MUD, vía consenso, eligió a sus aspirantes en estas regiones. En fin, se habilitarán 977 centros de sufragio conformados por 3110 mesas de votación para 14 millones 835 mil electores.

Sin la menor duda este evento reafirmará la esperanza en una solución democrática a la actual crisis. El solo hecho de que la oposición celebre primarias implica una apuesta fuerte por una salida electoral al actual aprieto político. Sin embargo, existen peligros que deben ser enfrentados: la abstención es uno de esos riesgos. De producirse, se estimularía la idea de que el sentimiento opositor ha perdido fuerza; igualmente, reforzaría la visión oficialista de acuerdo a la cual la MUD apuesta por salidas no institucionales y de fuerza.

Sin lugar a dudas, la celebración de estas primarias trasmitirá un mensaje positivo a la población y fortalecerá la unión de los diversos actores políticos que participan en este evento. No debemos pasar por alto el hecho de la heterogeneidad de esta alianza y la diversidad de voces y apuestas que hacen vida al interior de esta coalición.

Hasta aquí un descripción del evento del domingo 10 de los corrientes. Sin embargo, parece apropiado formular algunas interrogantes sobre el contexto político dentro del cual se llevará a cabo estas primarias y las próximas elecciones de gobernadores.

En otras palabras, parece apropiado preguntarse sobre la naturaleza actual del régimen político chavista. Los recientes acontecimientos de naturaleza política apuntan hacia un reforzamiento del sesgo autoritario del madurismo. ¿Qué debemos entender por esta afirmación? ¿No expresaba el madurismo desde su inicio una conducta autoritaria? ¿Estamos en presencia de un totalitarismo político? Y, de ser así ¿tiene sentido participar en las venideras elecciones de gobernadores?

Desde luego, no es fácil dar respuestas a estas interrogantes. Igualmente, en el marco de esta incertidumbre conceptual y práctica resulta complicado el diseño de tácticas y estrategias políticas. Algunos estudiosos del tema, por ejemplo, conceptualizan estas coyunturas como regímenes híbridos. Otros analistas, en mi opinión más acertados, utilizan al calificativo de autoritarismo competitivo. Los más radicales lo adjetivan con el término de totalitarismo hegemónico.

Lo cierto es que el país se encuentra frente a una encrucijada. Las venideras elecciones de gobernadores van a decidir, hasta cierto punto, el camino que recorrerá la sociedad venezolana. Son dos las opciones: totalitarismo o recomposición democrática. Ante esta disyuntiva, la dirección política de la oposición tiene una gran responsabilidad política. Debe saber manejarse en diversos escenarios (electorales, institucionales, internacionales, la calle) y acumular fuerzas, sin discriminaciones, de la totalidad del entorno político.

Una estrategia de esta naturaleza tiene a su favor algunos elementos sustantivos. Entre otros, ausencia del líder carismático, crisis fiscal del petro estado y, en consecuencia, dificultad para financiar lealtades políticas.

En otras palabras, existen condiciones objetivas y subjetivas propicias para desafiar al gobierno. Las votaciones, a mi juicio, deberían asumirse como una trinchera para enfrentar al chavismo y construir un nuevo sentido democrático en la población. Lo sustantivo no es ganar las elecciones en cada estado (electoralismo). Estos comicios, disculpen lo redundante, han de asumirse como una oportunidad para enfrentar al oficialismo y echar las bases de una nueva forma de ejercer la democracia.

Los candidatos que serán seleccionados el domingo 10 de septiembre deberían estar conscientes de la particularidad política de este contexto histórico. Excusen si es excesiva esta afirmación. Lo cierto es que existe una real posibilidad de inducir una fractura en la coalición dominante. O, en forma más precisa, una derrota cultural, política y electoral al madurismo. Y, de ser así, se estaría iniciando la capitulación del totalitarismo hegemónico en ciernes.

Esperemos que la dirección política democrática asuma en estos términos las venideras elecciones de gobernadores.

Sin duda alguna, la política debería ser así.






Hiperinflación



Humberto García Larralde
La revelación del diputado Ángel Alvarado de que el alza de precios en agosto fue del 33,8% obliga a preguntarnos si ya estamos en presencia de la hiperinflación. Más allá de los criterios cuantitativos con base en los cuales se define esta situación, existen dos condiciones básicas que la provocan:

1) La pérdida absoluta de confianza en el bolívar como depositario de valor.
2) La indexación casi inmediata con la inflación observada, de remuneraciones y precios.

La primera condición ya existe. Nadie guarda bolívares. Bolívar que entra a nuestros bolsillos se gasta comprando dólares, artefactos, ropa, comida, reparando bienes, lo que fuera. Nadie ahorra bolívares.

La segunda está en acelerada expansión. Para muchos bienes importados, la indexación ha sido forzosa a través del dólar paralelo, que sube con la inflación. Los precios de repuestos, ropa, artefactos y de comida importada, entran en carrera intentando conservar su valor en dólares. Por su parte, los servicios de reparación, peluquería, mecánicos, plomeros, los restaurantes y otros, buscan desesperadamente alinearse con la inflación. Ni se diga de la comida, los cauchos y medicamentos. Es notorio, sin embargo, el rezago de los salarios que, en términos reales, han perdido fuertemente su poder adquisitivo.

La inflación en 2017 hasta el 31 de agosto ha sido, según la Asamblea Nacional, de 367%. Este cálculo sirve para ajustar, con base en el poder adquisitivo que tenía el bolívar para finales de agosto, los montos del bono de alimentación y del salario mínimo a finales del gobierno de Rafael Caldera, como del de Hugo Chávez, y compararlo con el decretado el 7 de septiembre por Maduro (ver cuadro). Se aprecia que la remuneración mínima integral se mantuvo más o menos igual de Caldera a Chávez (disminuyó un 5,5%). Pero con el ajuste recién de Maduro se gana menos de la mitad, en términos reales, de lo que se ganaba en el último año de Caldera (o el de Chávez). Se evidencia que para los asalariados el desbordamiento inflacionario ha tenido un costo terrible.

Salario mínimo integral a precios del 31 de agosto de 2017
Bono Alimentación Salario Mínimo TOTAL
Caldera 14 01 1998 358,672 421,471 780,143
Chávez 17 02 2012 247,493 489,611 737,105
Maduro 08 09 2017 189,000 136,543 325,543
Var. % durante Gob. Maduro -23.6% -72.1% -55.8%
Var. % 2017/2016 -52.4% -19.2% -42.5%
Var. % desde Gob. Caldera -47.3% -67.6% -58.3%

FUENTE: BCV; AN; Gacetas Oficiales; diario El Nacional; y cálculos propios.

La otra área que falta por indexar es el de los servicios públicos (telefonía, luz, agua), el gas y la gasolina, que se venden a precios risibles, ocasionando grandes pérdidas y deterioro del suministro. Pero es perentorio ajustar estos precios si se quiere evitar su deterioro aún mayor, como de las finanzas públicas. Pero sanear sus cuentas no es preocupación del régimen; basta con que el BCV imprima más billetes para cubrir sus enormes déficits. En lo que va de año, este dinero sin respaldo se ha sextuplicado. La liquidez monetaria -el dinero que circula incluyendo depósitos a la vista y de ahorro- ha crecido en un 225%. El gasto público deficitario (financiado por el BCV) es uno de los principales motores de la inflación. En tal contexto, la aceleración de los ajustes del salario mínimo integral decretados por Maduro -van cinco este año; en el 2016 hubo tres- alimentan aún más el alza de precios.

¿Y cómo ha respondido Maduro a este terrible flagelo que empobrece tanto a los venezolanos? ¿Ofreció rectificar sus políticas económicas el jueves 7? ¡No! Insistió en muchas de las mismas medidas que han provocado la situación actual: precios controlados, pero ahora con diferente nombre (“acordados”); los CLAPs y los consejos comunales como fiscalizadores de tales precios; el aumento de salario antes mencionado; y un nuevo parapeto, el “Consorcio Agroalimentario del Sur (Agrosur)”, para apoyar a los productores del campo, ¡manteniendo el control de precios y después de que acabó con los servicios que prestaba Agroisleña! Completan su anuncio un impuesto al patrimonio de los ricos -¿las enormes fortunas amasadas por boliburgueses y quienes lo acompañan en el poder?-; una huida del dólar para complicar y encarecer aún más las transacciones externas del país (un verdadero harakiri); y -cuando no- una nueva batida rentista, pero ya no con petróleo si no con el arco minero.

La oligarquía a que pertenece Maduro no le interesa resolverle los problemas a la gente. No desea atajar las amenazas de hiperinflación porque su agenda es otra: permanecer en el poder para seguir enriqueciéndose con los controles, compras, contratos y otras ardides aplicados discrecionalmente, con el monopolio de importaciones, el acceso al dólar regalado, el tráfico de drogas y otras irregularidades. Y todo ello se hace revestido de un discurso justiciero, de redención social y de lucha contra el imperio. ¡Impresiona que todavía se continúe con la idiotez de culpar a una supuesta “guerra económica”!

Ese discurso, además de alimentar el espíritu de secta de los fanáticos que le siguen, busca encubrir y legitimar el control social sobre los más humildes a través de dádivas y facilidades otorgadas, … siempre que exhiben el “carné de la patria”. Definitivamente, la “revolución” necesita a los pobres como mampara para expoliar al país, a costa de su hambre y miseria, pero clamando luchar por sus intereses.

Estamos a las puertas de la hiperinflación. Las condiciones están dadas y el gobierno lo sabe, como también sabe que hay formas de enfrentar esta terrible amenaza, como hemos venido proponiendo muchos economistas desde hace tiempo. Pero es que ese no es su problema.

No. Maduro, como auténtico fascista que es, está en guerra contra el país, porque éste lo rechaza y busca -cada vez más por razones de mera sobrevivencia- su salida del poder. Como expresión de este desprecio por el sentir mayoritario, se recoge esta perla que soltó en referencia a las próximas elecciones regionales, el mismo día de sus anuncios económicos: “Todos los gobernadores que sean electos deberán subordinarse a la Asamblea Nacional Constituyente (sic), de lo contrario, deberán ser destituidos de inmediato” (¡¡!!) Y tiene los santos riñones de acompañar esta barbaridad afirmando que “Democracia y libertad reinan en Venezuela” (¡!).

Maduro se burla una vez más de la voluntad popular, de sus anhelos, aspiraciones y necesidades. Para ello fue que montó ese adefesio fraudulento al margen del ordenamiento constitucional, que pretende imponernos como Asamblea Constituyente. No vaciló en incurrir en un altísimo costo político, tanto nacional como internacionalmente, para semejante desatino. Hay que extremar el control dictatorial sobre los venezolanos para impedir toda posibilidad de cambio. Para los integrantes de la oligarquía militar civil que se ha enseñoreado sobre el país, todavía es posible exprimirlo un poco más; claro está, a expensas de las condiciones de vida del pueblo. Pero para eso nada mejor para lavar conciencias y absolver atropellos que los clichés comunistoides y las pretensiones “revolucionarias”.

¿Hay algún inocente que crea que esta oligarquía no tiene con qué protegerse contra la inflación y que, por tanto, le interesa enfrentarla?

¿Hay alguien que ponga en duda la necesidad de un nuevo gobierno?

El Kremlin en Caracas


Moisés Naím / Andrew Weiss
Una operación violenta para reprimir a los ciudadanos que se manifiestan contra un presidente autocrático deja decenas de muertos. La represión empuja a más gente a la calle, lo cual desencadena una espiral de violencia y una acuciante crisis humanitaria. Un presidente de Estados Unidos afirma rotundamente que el brutal dictador debe irse. La Unión Europea está de acuerdo, pero ninguna gran potencia tiene ganas de llevar a cabo una intervención militar directa. De pronto, como si surgiera de la nada, Vladímir Putin coloca a Rusia en medio de la crisis y garantiza la permanencia del dictador en el poder. El presidente estadounidense queda en ridículo por su ineficacia.

Por desgracia para el presidente Trump, esta situación, que ocurrió con Siria, está repitiéndose ahora con Venezuela.

A pesar de sus palabras beligerantes y sus nuevas sanciones contra Nicolás Maduro, el gobierno de Trump ha guardado un curioso silencio sobre el papel de Rusia, tal vez porque prefiere no llamar la atención sobre el hecho de que Moscú se ha convertido en el prestamista de último recurso del país latinoamericano en plena bancarrota.

A primera vista, puede parece extraño que Rusia intervenga en un país tan alejado de sus fronteras y que da la impresión de estar precipitándose hacia la ruina total. Pero los lazos de amistad entre Rusia y Venezuela vienen de atrás, del primer viaje del difunto presidente Hugo Chávez a Moscú en mayo de 2001. Después regresó 10 veces, antes de morir de cáncer en 2013. En ese periodo, Venezuela llegó a ser uno de los mejores clientes mundiales de la industria armamentística rusa. Entre 2001 y 2011, le compró armas por valor de 11.000 millones de dólares.

A medida que empeoraba su situación económica, la compra de armas disminuyó de volumen y los intercambios comerciales pasaron a centrarse de las armas a la energía. Al principio, los contratos estaban garantizados, en su mayoría, por las ventas de petróleo venezolano. Pero los acuerdos comerciales fueron volviéndose más complejos cuando los rusos empezaron a exigir más activos materiales como garantía. Caracas accedió, y las empresas rusas a través de las que se realizaban los contratos obtuvieron acciones de las compañías petrolíferas e incluso el derecho a explotar yacimientos enteros en Venezuela.

Si bien la relación entre Rusia y Venezuela ha sido siempre esencialmente económica, la política, tanto nacional como internacional, nunca ha estado lejos. La decisión del gobierno venezolano de neutralizar a la Asamblea Nacional democráticamente elegida, que desató una escalada de las protestas callejeras de la oposición en los últimos meses, se debió precisamente a la necesidad de obtener un préstamo de Rusia.

La Asamblea Nacional es la única palanca de poder que no controla Maduro. La ley establece que todos los créditos internacionales y todas las ventas de los activos nacionales deben someterse a su aprobación. Los líderes opositores que están al frente de la Asamblea son totalmente contrarios a los acuerdos que estaba ofreciendo el gobierno a empresas extranjeras, en particular a Rosneft, el gigante energético ruso propiedad del Estado. El gobierno, muy necesitado de dinero, decidió eludir el trámite e hizo que el Tribunal Supremo, un órgano que sí controla, emitiera un fallo por el que se hacía con la autoridad de la Asamblea Nacional, incluida la potestad de aprobar las nuevas transferencias de activos a entidades rusas.

Hoy, el gobierno de Maduro está haciendo todo lo que puede para pagar los 5.000 millones de dólares de deuda exterior que vencen en los próximos 12 meses. Con las sanciones recién anunciadas por Estados Unidos, la empresa nacional de petróleos, PDVSA, principal fuente de divisas, ha perdido la capacidad de pedir préstamos a los bancos estadounidenses o europeos para poder pagar o refinanciar la mayor parte de esa deuda.

En esas circunstancias, resulta especialmente importante que Rosneft prestara a PDVSA en abril más de mil millones de dólares; en total, los préstamos y créditos concedidos por Rusia a Venezuela en los últimos años ascienden a más de 5.000 millones de dólares.

Además, Moscú ha ofrecido apoyo político. El ruso fue uno de los pocos gobiernos extranjeros que aprobó la reciente disolución de la Asamblea Nacional, y los máximos diplomáticos rusos, como el ministro de Exteriores, Serguei Lavrov, acusan de forma habitual a Estados Unidos de ser la mano oculta que alimenta la crisis venezolana. Sin embargo, la ayuda del Kremlin no es barata. Según se dice, PDVSA está en negociaciones para vender a Rosneft acciones en otros lucrativos proyectos de gas y petróleo a un precio muy bajo. Y Rosneft ha arrebatado a la petrolera venezolana la rentable tarea de comercializar el crudo entre sus clientes de Estados Unidos, Asia y otros lugares.

Después de los éxitos logrados por Putin en sus hazañas de aventurerismo geopolítico, la gran pregunta es si está pensando en intervenir también en Venezuela. Como inveterado oportunista que es, tiene que ser consciente de que las palabras recientes de Donald Trump sobre las posibles opciones militares para resolver la crisis venezolana no eran más que vanas amenazas. En las agitadas calles de Caracas, también está cada vez más claro que el régimen controla la situación y que no parece que vaya a caer a corto plazo.

Lo que no sabemos es si el Kremlin podrá permitirse los costes económicos y políticos de mantener a Maduro en el poder. Pero nos sorprendería que Putin deje pasar la oportunidad de ejercer su influencia en el patio trasero de Estados Unidos y, de paso, conseguir buenas fuentes de ingresos. En Siria, Putin dio la vuelta a una guerra civil caótica e impidió que Estados Unidos lograra su objetivo de cambiar el régimen.

Tal vez dejar al descubierto la vaciedad de la pomposa política exterior del gobierno de Trump en Venezuela sea, por sí solo, suficiente recompensa.

Moisés Naím ha dirigido la revista Foreign Policy y actualmente dirige y presenta Efecto Naím a través del canal NTN24. Andrew Weiss es director de estudios del Carnegie Endowment y ha trabajado en asuntos rusos en los gobiernos de George W Bush y Barack Obama.

domingo, 3 de septiembre de 2017

“El cansancio de las palabras” A propósito de la Bienal Eugenio Montejo


Nelson Acosta Espinoza
Bien, amigos lectores, en esta oportunidad voy a referirme a un tema distinto de los que habitualmente han sido objeto de esta columna. Ojo, lo diferente no significa una aproximación distante a la que he venido tratando a lo largo de estos breves escritos. De hecho, intentaremos acércanos a una realidad de naturaleza simbólica. Haciendo hincapié en sus implicaciones culturales y políticas para el país.

¿A que me estoy refiriendo? Bien, se está configurando la idea de organizar a finales del mes de noviembre un conjunto de actividades que se concretarían en la denominada Bienal Eugenio Montejo. Esta Bienal sería patrocinada por la Alcaldía de Valencia. Tendría como propósito reunir a un grupo de intelectuales (nacionales y extranjeros) para discutir sobre distintos aspectos de la obra y vida de este intelectual venezolano.

Me voy a permitir mencionar algunos de los temas que probablemente serán tratados en este magnífico evento: Vivir con Eugenio; Testigos y amigos de vida comparten recuerdos y anécdota; Eugenio y la ciudad; Eugenio ensayista; Eugenio y el paisaje: como la naturaleza se vuelve un empeño verbal, entre otros. Desde luego, cada uno de estos tópicos será abordado por un grupo de intelectuales del ámbito de la poesía, narrativa y el ensayo. Expertos nacionales y extranjeros. En fin, por la naturaleza de la obra del homenajeado y el nivel de los participantes, sin duda alguna, este acontecimiento marcará un hito en la vida intelectual del país.

Ahora bien, ¿un evento de esta naturaleza posee significación política? ¿Su trascendencia rebasa lo estrictamente poético? ¿Reivindicar la obra de Eugenio Montejo no implica apostar por el clima cultural que cobijó esta creación?

Voy a intentar dar respuestas a estas interrogantes. Entiendo que es una aventura la que estoy emprendiendo. No soy especialista en el tema ni experto en la creación poética y literaria de este ilustre compatriota. Mi atención la centraré en la trascendencia que puede tener reivindicar a este autor y al clima intelectual dentro del cual se formó.

En principio en justo afirmar que el temple cultural en el país se ha deteriorado. Las bienales culturales del pasado se han extinguido. Son pocos los eventos que permiten y apuestan por la confrontación cultural y de ideas. En este sentido esta Bienal Eugenio Montejo puede verse como una respuesta a estas ausencias. En especial en el ámbito de la poesía y literatura.

Me atrevo a señalar que la creación poética y literaria se encuentran un paso adelante de otras narrativas. En cierto sentido avizoran el futuro. Constituyen vanguardias del pensamiento y, en consecuencia, deberían alimentar la creación discursiva en el ámbito de la política. La historia proporciona ejemplos que ilustran esta mutua correspondencia. Los cambios, es importante recalcarlo, se inician en esta actividad creativa. Dependerá, entonces, de los actores políticos transformar estas innovaciones en planteamientos de naturaleza colectiva.

En otras palabras, es vital asumir la dimensión intelectual de la política. Eventos como esta Bienal brinda un escenario para el debate de ideas y el enriquecimiento de las apuestas de naturaleza colectiva. Puede sonar extraño. Pero la creación poética siempre ha tenido una profunda impronta en el atmosfera política del país. Es por esta circunstancia que reivindicar la poesía, la narrativa y el ensayo, hoy día, constituye un acto de resistencia cívica.


Eugenio Montejo nos señaló la vía. Hay que desconfiar de las palabras y prestar atención al lenguaje: “Alguna vez escribiré con piedras / midiendo cada una de mis frases / por su peso, volumen, movimiento. / Estoy cansado de palabras".

Quizá, sea profético el verso de Montejo que Sean Pen recita a Naomi Watts en la película de los mexicanos Alejandro Gonzalez Iñarritu y Guillermo Arriaga, 21 gramos:

"La tierra giró para acercarnos, / giró sobre sí misma y en nosotros, / hasta juntarnos por fin en este sueño".

La política, sin duda alguna, será así.






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¿Tenemos tiempo para relegitimar una dirigencia opositora? ¿Cuándo pelea Rondón?


Asdrúbal Romero M.


Mi anterior publicación, “Danza Infernal”, generó un número de comentarios superior al habitual. Mucha diversidad. Algunos se extrañan de percibirme ahora como un “defensor a ultranza” de la MUD. Otros hablan de lucidez en mi posición. Pero sí existe un punto en común en medio de tan amplio espectro de opiniones y es esto lo que me ha animado a darle una vuelta de tuerca adicional al asunto. La mayoría, con mayor o menor irritación, termina admitiendo que la pelea había que darla también en el frente electoral regional. Resulta obvio que no es el frente que les gusta, no obstante se va internalizando que, ubicados en el punto actual del avance en nuestra lucha por la democracia, no hemos acumulado aún la fuerza suficiente como para determinar el escenario de confrontación.

A los efectos de precisar la caracterización del punto en el que estamos ubicados: es uno de derrota parcial, en el sentido utilizado por Benigno Alarcón Deza, Director del Centro de Estudios Políticos de la UCAB. Lo señala así en su muy interesante artículo “10 lecciones de una derrota” -www.politikaucab.net/2017/08/25/10-lecciones-de-una-derrota/ -, de cuya lectura no debería eximirse nadie interesado en estos temas. Se produjo una derrota, insisto en lo de parcial, cuando el 30J se celebró el acto de elección de la asamblea nacional constituyente (anc) que se inventó el Régimen. El común de los opositores percibía ese evento como algo que había que evitar a toda costa que se diera. Albergaron la esperanza que la MUD se encargaría de lograr ese objetivo, como si fuese una encomienda no explícitamente exteriorizada. Y tal cosa no ocurrió. No sé cuántas personas de ese común se habrán detenido a analizar si en verdad la MUD tenía el potencial para evitar el acto de cristalización de la derrota. ¿Es la única culpable?

Parte de las respuestas a esa pregunta están contenidas en el artículo ya referido. No todas, porque un análisis más exhaustivo de tan compleja interrogante tendría que pasearse por otras: ¿De verdad el pueblo ha salido a luchar por su democracia? ¿Qué porcentaje de ese pueblo, del cual nos encanta hablar en abstracto, nos queda con posibilidades de salir a sumarse a esa lucha? ¿Será que se aplica aquello de “Rondón no ha peleado todavía”? –hace poco un amigo politólogo, Yván Serra, nos traía a colación esa otrora frase popular que el tiempo ha desdibujado, para referirse a nuestra situación política actual-. ¿Saldrá Rondón en algún momento? ¿Le quedarán fuerzas para salir?

Lo cierto es que la celebración de las elecciones y la posterior entrada triunfal de los “nuevos constituyentes” portando los cuadros del rechazado injerto del Bolívar- Chávez, se constituyeron en acontecimientos que generaron un tremendo desinfle emocional de las bases opositoras. Después de eso, siendo justos, no fue que la MUD cambió calle por elecciones regionales, fue que no quedó calle para convocar.

Ahora bien, retornando a esa región de coincidencia de los comentarios que suscitó mi anterior artículo, además de quedarme la sensación de que la gente poco a poco se va a ir convenciendo que, de realizarse las elecciones, concurriría a votar –lo cual debe tener al Régimen desde ya pensando en cómo se sale del paquete electoral-: la acumulación de errores que la MUD ha cometido, balance incuestionable, le ha generado un importante clima adverso de opinión. El disgusto ya no es normal. Uno lo percibe en expresiones como esta: “quizás tú tengas razón, pero es que la MUD….” o similares. A pesar de que la MUD va ganando la pelea por decisión, va arriba en los puntos, -recordando ahora al boxeador Vicente Paul Rondón-, ha tenido rounds donde ha puesto al Régimen al borde del nocaut, su dirigencia más visible ha acumulado un desgaste político significativo.

Ya ni Leopoldo, de ellos el líder con el que más me identifico, se salva de los efectos de esa erosión corrosiva que es consecuencia de los errores y también del hecho que el combate ha durado demasiado. Que sí, que hemos llevado al contrario a la zona donde sólo puede hacer trampas propias de un régimen con perfil delincuencial, de lo cual todo el mundo finalmente se ha enterado, es verdad. Pero el combate ha sido tan rudo, el costo económico y social para el país es tan inconmensurablemente alto, que el cerebro principal de la oposición ya anda muy agotado y afectado. Además de que éste es un cerebro distribuido donde la responsabilidad de los errores se diluye entre varios y eso termina irritando aún más. En virtud de esto, me parecieron absolutamente pertinentes las recomendaciones contenidas en la lección novena del artículo de Alarcón.

“Para superar la situación de no-cooperación, o cooperación insuficiente entre actores y partidos de oposición” –una forma muy elegante y sintética para describir todo lo complicado que está el mundo opositor- recomienda tres medidas correctivas. 1) Constituir una dirección política que dé sentido a la lucha, que se gane el respeto y la legitimidad entre los actores (partidistas o no) que se oponen al Gobierno. 2) Partiendo del reconocimiento que no se cuenta con una estrategia unitaria, conformar una plataforma amplia que incluya a todos los sectores de la oposición bajo el compromiso de estructurar un plan político unitario. 3) La oposición debe escoger, lo antes posible, quién será la cara visible de este proceso. Reconozco que ya ando resumiendo. Quien quiera puede ir a la fuente original de la propuesta, que yo en mi mente, antes de conocerla, sintetizaba de la siguiente manera: Es urgente diseñar y convocar un proceso de relegitimación de la dirigencia política opositora.

Se dice fácil pero no lo es. Nada fácil. Parte del diagnóstico de lo abigarrado y caótico cómo ha evolucionado nuestra estructura política opositora. En todo caso, otra pregunta pertinente: ¿Habrá tiempo para construir una opción opositora más limpia, clara y legitimada? Mi respuesta, en primera aproximación, es negativa. Tiene que ver con lo acelerado del escenario que se nos viene encima. ¿Qué va a ocurrir? Muchos me preguntan como si uno tuviese una bola de cristal. No la tengo, pero sí una visión del escenario más probable que compartiré con mis lectores en mi próximo artículo.


domingo, 27 de agosto de 2017

Es electoral o Político el sentido de las elecciones de gobernadores?


Nelson Acosta Espinoza
Bien, contra toda predicción, pareciera que se harán realidad las elecciones regionales para la escogencia de gobernadores y, en un futuro próximo, la de alcaldes. Una decisión de esta naturaleza exige meditar sobre sus objetivos y alcances. Como mínimo, preguntarse las razones que privan para que el gobierno permita la realización de estos comicios. Indagación sensata habida cuenta que el oficialismo, en condiciones normales, saldría derrotado en la mayoría de estas votaciones regionales. Igualmente, parece imperativo examinar cual debe ser la conducta apropiada de la oposición frente a estas circunstancias.

En principio todos los estudios de naturaleza electoral otorgan a la oposición una posición ventajosa. En circunstancias adversas estos pronósticos señalan que la oposición obtendría entre 13 y 21 gobernaciones. Desde luego, si estos comicios se llevarán a cabo en forma correcta y sin fraude.  Los efectos de unos resultados de este calado serian desastrosos para el gobierno. Ilustraría, por ejemplo, el carácter fraudulento de la elección de ANC y erosionaría en forma contundente su legitimidad.

No es tarea fácil predecir la conducta del madurismo en estas circunstancias electorales. Máxime cuando estos comicios tomarán cuerpo en condiciones socios económicas cada día más desastrosas. Sería lógico presumir que con el control de las Consejos Legislativos Estadales y el de las asignaciones presupuestarias intentarán reducir a su mínima expresión la gestión de las gobernaciones opositoras. El caso del alcalde metropolitano Antonio Ledezma ilustra claramente el camino probable que tomará el gobierno.

En el marco de estas circunstancias ¿cuál debe ser la conducta electoral apropiada de la oposición? ¿Debe asumir estas elecciones en la forma convencional acostumbrada en estos acontecimientos? ¿Es electoral o Político el sentido de estos comicios? ¿Podría constituir una oportunidad para hacer conocer a la población el proyecto alternativo al chavismo?

En principio es importante subrayar que esta participación electoral no debe verse como contraria de la lucha por la restauración del Orden Constitucional. Por el contrario, la electoral debe implicar presión por la restauración del estado de derecho. Y, desde luego, en su agenda debería incluir la reivindicaciones socio económicas de toda la población.

En otro ángulo, estos comicios pudieran asumirse como una vía de comunicar a la población algunas propuestas alternativas a las que han estado vigentes en este lapso del socialismo del siglo XXI. Me refiero a iniciativas que apunten a recuperar el carácter federal de la república. Sé que suena lejana y abstracta una oferta de esta naturaleza. Sin embargo, creo que la misma pudiera condensar las reivindicaciones sociales, políticas y económicas de la población en sus respectivas regiones. Igualmente, dotaría a estos comicios de una dimensión doctrinaria alternativa a la que ha estado vigente en las últimas décadas.

Una consigna como “trabajo aquí, produzco aquí. Mis impuestos se queda aquí”. Proporcionaría una nueva dimensión a la contienda electoral y pondría contra las cuerdas a este estado centralizador y autoritario. Desde luego, este es un ejemplo con la finalidad de ilustrar la idea descentralizadora.

Contra una opción de esta naturaleza conspiran hábitos electoralistas cultivados a lo largo de los años de democracia. Sin embargo, en esta oportunidad, esas “costumbres” (programas de gobierno, por ejemplo) carecen de eficacia. La coyuntura exige otro tipo de planteamientos. En otras palabras hay que intentar comunicar, más allá del mercadeo electoral, la idea de país y estado que deberían expresar los candidatos.

Parece oportuno hacer el siguiente señalamiento. Estamos ante la necesidad de construir una dirección política que proporcione una nueva alineación a la lucha que ha asumido la ciudadanía. De lo contrario, desafortunadamente, corremos el riego de reforzar lo ya existente.

Sin dudas, la política es así.







La Que Nos Toca Bailar!! DANZA INFERNAL

Asdrúbal Romero M.

Nunca imaginé que se gestaría tanta acritud en la caimanera internáutica alrededor de la inscripción de candidatos opositores a las elecciones regionales. Continúo pensando qué tal decisión fue de sentido común. En mi cerebro la asimilé a la siguiente situación: nos anuncian repentinamente la apertura de un curso que siempre hemos querido tomar; además de no disponer enteramente de los recursos económicos para inscribirnos, tenemos algunos compromisos contraídos para el lapso en el que ha sido programado; aún así queremos estar allí y la reserva de cupo es dentro de dos días; es gratuita; si no reservamos perdemos el chance de poder inscribirnos. ¿Qué harían ustedes? ¡Es de cajón! Reservar y después vamos viendo si nos será factible resolver todos los problemas que obstaculizan convertirnos en participantes efectivos del tan esperado curso.

A pesar de lo sensato de la decisión opositora, el fuego prendió en su pradera. Uno esperaría que amainara, pero no lo hace y es prioridad estratégica del Régimen resoplarle oxígeno para que no lo haga. Sorprendido a las primeras de cambio por la jugada defensiva de la Oposición, el Régimen hará todo lo posible por desincentivar la participación opositora, de allí las cartas de buena conducta de Diablodado; las inhabilitaciones de más alcaldes y las respectivas amenazas de hacerlo también con candidatos destacándose por su mejor posicionamiento en las encuestas; la Comisión de la dadreV como corte inquisidora de última instancia para resolver lo que ni los votos ni las trampas CNE puedan resolver; etc. De lo que se trata es de asegurarse que la participación de los escuálidos, ya que decidieron hacerlo, se dé en las condiciones más humillantes para ellos y así nutrir la confrontación al interior de las fuerzas democráticas con la consecuente manutención de una nada despreciable tendencia abstencionista. El juego del Régimen está claro.

¿Y el de la Oposición? Creo que también, le corresponde bailar una especie de danza infernal donde los diablos intentarán sacarlos del ruedo y ellos mantenerse. Y si tienen que abandonarlo, que sea a cuenta de tantos fouls que los árbitros descalifiquen a los diablos. Tendrán que bailar “pegao” así apeste el aliento de los contrarios. Los líderes lo tienen claro, saben por la que tienen que pasar, nada agradable, ni fácil, por cierto, pero políticamente no lo han comunicado bien a sus bases. Sigue prevaleciendo en el ánimo opositor, la primera impresión comunicada por Henry Ramos Allup.

Aunque sustentado en inobjetables criterios políticos, la forma soberbia como comunicó logró el efecto contrario. Por allí se comenta que los demás partidos, en reconocimiento a su facilidad para desenvainar pistolas, le encomendaron la tarea de explicarle el asunto a unas bases “rebeldes”. Que saliera primero el pistolero, que luego entraban todos. Y Ramos, sabedor que la Unidad no estaba en peligro, dijo aquel infeliz “los adecos vamos a participar, con acuerdo o sin acuerdo”. Fue como echarle gasolina a un fuego que apenas estaba prendiendo. Le puso sordina al criterio de la participación condicionada que partidos como Voluntad Popular y Primero Justicia han tratado de hacer valer en la opinión pública, bajo el lema que inscribir candidatos no implicaba necesariamente la participación.

Tampoco es que eso de la “participación condicionada” sea fácil de vender. Es como un criterio implícito que mejor no se explica mucho porque enreda. Si se arranca con condiciones, el Régimen se abalanzará sobre ellas para violarlas, así sea el elemental cambio del CNE habida cuenta que las comadronas fueron capturadas flagrantemente cometiendo delitos electorales. No se habla de condiciones pero tanto gobierno como oposición saben que existe un límite. El otro día tuve la grata oportunidad de ver a Vladimir a la 1 entrevistando a Miguel Pizarro. Llegó un momento en que el entrevistador parecía desesperado en tratar de conocer dónde estaba ubicado ese límite. Decía: pero qué pasa si el gobierno sigue poniendo presos a dirigentes e inhabilitando alcaldes, ¿aun así participarían? Pizarro, que es uno de esos líderes emergentes que comunica políticamente muy bien aunque a veces cometa errores por inmadurez, como ratón rehuyéndole a gato, llegó un momento en que le dijo: Vladimir, nosotros no somos kamikazes, si el Régimen, por ponerte un ejemplo, vía CNE eliminara la presencia de los testigos de mesa, ¿cómo íbamos a participar? Estableció, claramente, una cota superior de ese espacio limítrofe difuso. Si la Tibisay llevara su descaro hasta esa condición límite descrita por Pizarro, obviamente la Oposición abandonaría, pero el pánico de hacer elecciones le quedaría pintado en el rostro a Maduro con tinta indeleble.

¿Dónde está ese límite o condición de quebrar palitos? Nadie lo sabe ahora. Es difuso. Se mueve. Va cambiando. Aunque parezca absolutamente paradójico depende de esa masa opositora que desesperanzada o dolida por tantas causas amenaza con abstenerse. Ambos contendientes deben monitorear día a día ese sentimiento que está allí y es muy respetable. El Régimen lo hace. La Oposición debería hacerlo. Día a Día. Si creciera, el Régimen podría seguir hacia adelante, envalentonado, pensando que podría ganar unas diez gobernaciones. Son varios los estados donde casi todo el empleo es público y la Oposición tiene dificultades para cubrir geográficamente todos los espacios electorales, estos dos factores, aunados a la trampa y a una marcada abstención en nuestro sector bastión podrían hacer la diferencia verosímil. Para el Régimen no es mal negocio presentarse ante el mundo, jactándose de haberse dado un baño democrático y poder mostrar todavía la mitad del país en rojo.

Hay quienes habiéndome escuchado verbalmente este razonamiento, me dicen que si estoy loco. Que el Régimen no va, si no tiene como construir victorias creíbles en la mayoría de las Gobernaciones. Eso es un imposible, si de verdad estuvieran pensando en ese objetivo, más pronto que tarde le van a dar la patada a la mesa. Insisto, para mí el escenario posible, y no malo, para el Régimen es el de diez gobernaciones – o por allí-. Y es posible, sí y solo sí nuestro principal bastión opositor termina quedándose en el deshoje de las margaritas. Por eso el Régimen trabaja todos los días para acrecentar la molestia y el dolor en ese bastión.

Y si el clima abstencionista comenzara a disminuir, porque se hubiese activado la comprensión de la danza que nos ha tocado bailar. Ahhhhh, entonces el Gobierno buscaría la forma de traspasar los límites insoportables para la Oposición y forzar su retiro. Quedaría algo peor de lo que ya está: con una más consolidada imagen de dictadura. En ningún caso su juego es democrático. Sólo baila por las apariencias. No van a entregar el poder por la vía democrática. Coincido con Ramón Muchacho. La Oposición ya lo sabe. Pero no le queda de otra, el problema no es conquistar supuestos espacios de gestión cuya cotización en bolsa es casi nula, sino seguir bailando, cuerpo a cuerpo, con el enemigo, sin regalarle espacios de lucha ni brindarle oportunidades para ponerse la máscara democrática otra vez.


domingo, 20 de agosto de 2017

¿Elecciones de gobernadores?



Nelson Acosta Espinoza

Bien, amigos lectores, contra todo pronóstico definitivamente se van a celebrar elecciones de gobernadores en el próximo mes de septiembre de este año. El tono dubitativo del párrafo obedece a las dudas que se habían sembrado sobre la voluntad del ejecutivo de permitir la celebración de estas votaciones regionales. Habría que añadir, desde luego, la desconfianza en relación a la parcialidad del Consejo Nacional Electoral (CNE) y a las acciones de naturaleza represiva tomadas contra connotados dirigentes de la oposición, en especial a sus alcaldes. En cualquier caso, esos comicios se llevarán a cabo bajo circunstancias especiales y en el marco de una confrontación política de naturaleza terminal.

Voy a intentar describir la singularidad de estos venideros procesos electorales y su significación política a futuro. Comencemos, entonces, por formular las siguientes interrogantes: ¿Su particularidad donde reside? ¿Es una contienda electoral típica? ¿Puede abordarse con las herramientas clásicas que se utilizan en este tipo de eventos políticos? En otras palabras ¿qué está en juego?

Amigos leedores, voy a intentar esbozar algunas respuestas a estas preguntas. En principio, los sectores democráticos que participarán en esta contienda de ámbito nacional deben tener claro los estados de conciencia prevalecientes en sus respectivos circuitos electorales. ¿Qué intento subrayar con esta expresión? Primero, que los comicios regionales venideros no pueden tener una orientación exclusivamente electoralista. No se celebrarán al interior de un escenario político normal. Por el contrario, se llevarán a cabo en el marco de una atmosfera económica y social altamente problemática y, encuadrada, en un contexto de sufrimiento material de la población. En cierto sentido hay que alterar los estados de conciencia del electorado. Ello podría lograrse a través de la elaboración de una narrativa que rompa con la lógica electoralista y ponga su acento en las circunstancias sociales y culturales dentro de las cuales se desenvuelve la población votante. En otras palabras, hay que ir al encuentro de la ciudadanía y desenmascarar  al gobierno con la finalidad de solidificar la mayoría democrática. En un cierto sentido, más que electoral, el propósito deber ser de naturaleza social y política.

Las venideras campañas electorales, por otro lado, deben ser un instrumento que facilite la circulación del proyecto político de los demócratas. El mismo, desde luego, debe dibujarse en oposición radical al aplicado a lo largo de estos últimos 15 años. Esta venidera contienda, de llevarse a cabo, debería ser asumida como un escenario de producción de sentido que contribuya a una nueva construcción social de la realidad.

Tengo conciencia que estas ideas son un tanto apresuradas y abstractas. Intento enfatizar que las elecciones de gobernadores no pueden asumirse exclusivamente bajo una óptica estrictamente electoral sujeta a las demandas del mercadeo político. Lo que está en juego no es la gobernación o las gobernaciones. Se va a disputar la idea de democracia que sustituirá a la que ha estado vigente en el pasado. Los venideros comicios pueden ser una excelente oportunidad para levantar el ánimo de la población y comunicar la idea de país que reemplazará a este socialismo del siglo XXI.

Insisto. La aproximación a esta contienda ha de ser política y social. Debe asumirse como un ejercicio para sembrar en la población la esperanza de un futuro promisor una vez derrotado este socialismo del siglo XXI. Los candidatos deberían asumir estos tópicos y construir su narrativa electoral a partir de estas preocupaciones.

Una opción de esta naturaleza proporcionaría un nuevo sentido a estos sufragios y a una eventual gestión de gobierno.

La política, en esta ocasión, debería ser así.

Más allá de las elecciones regionales



Miguel Ángel Martínez Meucci
Las fuerzas democráticas que enfrentan al régimen presidido por Nicolás Maduro parecen vivir en estos días una situación de relativo desconcierto. Luego de varios meses actuando unidas en torno a una estrategia común (y, por cierto, nada fácil de acometer) que generó una enorme presión sobre dicho régimen, las interrogantes vuelven a emerger cuando éste nuevamente le plantea a la oposición un dilema ya viejo: participar en unas elecciones sin las garantías que debería proporcionar un estado de derecho actualmente inexistente, o apostar por vías de acción política que se mantengan al margen de esa institucionalidad viciada y espuria.

Han aparecido en el debate público argumentos a favor de una y otra opción. Entre los que he tenido oportunidad de leer me han parecido particularmente lúcidos los artículos de Aníbal Romero, Luis Ugalde, Gustavo Tarre y José Toro Hardy. Todos ellos han hecho énfasis en la complejidad de esta encrucijada y expuesto elocuentemente las razones de sus preferencias. En conjunto, podemos afirmar que sobre este particular han emergido razonamientos que optan por dos vías: algunos son de corte más bien pragmático, mientras otros presentan argumentos de fundamentación eminentemente moral. Algunos comentaristas incluso han llegado a presentar el asunto como un dilema entre el poder y la ética.

No obstante –al menos desde nuestro punto de vista– ética y poder no constituyen esferas separadas. El poder es siempre relacional, no un hecho objetivo; es una relación que se establece entre al menos dos personas, y por ende, depende de las actitudes, ideas, intereses y comportamientos de ambos. Podría, sin embargo, entenderse el poder como mera capacidad de recurrir a la violencia; en ese caso, para tener poder bastaría con tener las armas. Pero incluso un pragmático redomado como Talleyrand le recordaba al todopoderoso Napoleón que las bayonetas sirven para todo, excepto para sentarse sobre ellas. Dicho de otro modo, no es posible que nada se asiente sobre la pura violencia, porque ese mecanismo funciona sólo hasta el momento en el que los sometidos pierden masivamente el temor a rebelarse. Y mientras más cae el opresor en el terreno de la pura dominación armada, mayor será la propensión del oprimido a rebelarse. El arma es tan solo un instrumento; su valor político dependerá enteramente de la correlación de fuerzas morales entre quien la usa para someter y quien se resiste a ser sometido. De otro modo, la historia sería siempre predecible y lineal: prevalecería siempre quien está mejor armado.

El papel de las ideas, convicciones y actitudes morales no deja de ser, por lo tanto, fundamental. La debacle de Venezuela no se explica sin la desmoralización progresiva que ha experimentado su sociedad. Si examinamos las coyunturas históricas decisivas en las cuales se pudieron tomar decisiones distintas que nos hubieran conducido por otros derroteros, podremos observar cuántas veces “la palmera se inclinó para no partirse” ante la fuerza que ejercían quienes carecían de escrúpulos. Esas fuerzas no fueron siempre tan potentes como hoy, cuando el Estado y las Fuerzas Armadas son empleados por unos pocos para saquear a la nación. La consecuencia de esas reiteradas concesiones, a menudo acompañadas de no pocas colaboraciones, es que hoy en día el país se ha convertido en un estado fallido. ¿Existe forma de reconstituir a la nación sin apelar a profundas fuerzas morales que vayan en dirección contraria a la experimentada hasta ahora?

En mi opinión, una sociedad postrada, desmoralizada, extraviada en su amor propio, difícilmente podrá desarrollar el poder necesario para cambiar las cosas. Y si bien estaremos todos de acuerdo en que un gran liderazgo será necesario, quizás no todos compartirán la idea de que el carácter de ese liderazgo ha de ser fundamentalmente moral. Si el poder es la capacidad para actuar concertadamente, se requiere algo que aglutine a las personas para dirigir sus esfuerzos hacia un mismo objetivo, un móvil igualmente significativo para toda la colectividad. La pluralidad de intereses contrapuestos encuentra más fácilmente un punto de equilibrio cuando previamente ha sido posible definir ciertos valores y consensos éticos. Por eso es tan difícil concebir en política una meta, un mensaje, una poderosa línea de acción que no esté conectada con esa dimensión moral. El discurso y la actitud del líder político han de marcar un norte común que irremisiblemente es también un horizonte ético, sobre todo cuando se transitan situaciones trágicas.

Ahora bien, es preciso no perder de vista que el valor moral no se opone a la esfera de lo práctico. Todo lo contrario; la reflexión moral es un tipo de razonamiento que a menudo surge del examen de múltiples situaciones concretas y que intenta, a partir de ello, deducir y resumir principios generales de acción. Por supuesto que el interés individual opera como móvil esencial del comportamiento de cada individuo; no obstante, el bien de la nación trasciende la mera suma de los intereses individuales. La acción colectiva más poderosa sólo es posible cuando el liderazgo es capaz de encarnar y transmitir esa fuerza moral.

Partiendo de lo anterior, y ante el dilema de las elecciones regionales, me haría dos preguntas básicas: en primer lugar, ¿por qué un régimen que ha dado muestras claras de comprender que no puede ganar elecciones limpias (como prueba de ello están el bloqueo del referéndum del 2016 y la eliminación de la elección de gobernadores en ese mismo año) decide ahora convocar a elecciones regionales? Y en segundo lugar, ¿cómo afecta la respuesta de la Mesa de la Unidad Democrática a tres elementos esenciales de la calidad de su liderazgo político: 1) la estrategia desarrollada hasta ahora, 2) su propia cohesión interna, y 3) su conexión con sus seguidores?

Primero, cabe suponer que un régimen como el actual sólo puede plantear una contienda electoral si a) no le importa perderlas en la realidad (bien porque piensa afirmar fraudulentamente que las ganó, porque con la derrota no pierde cuotas decisivas de poder o porque incluso considera que podría ganar una buena parte de las gobernaciones), y si b) sus dirigentes consideran que el solo hecho de convocarlas les hace ganar un terreno que actualmente sienten estar perdiendo. No encuentro otra explicación racional a esta decisión por parte de un régimen que ya optó por aceptar olímpicamente el terrible costo político que le acarreó el colosal fraude del 30 de julio. Tampoco me parece creíble que el oficialismo considere como primera opción (incluso si ello fuera fruto de un error de cálculo propiciado por la soberbia) la posibilidad de ganar un número políticamente aceptable de gobernaciones.

Pongámonos en sus zapatos: la tarea que acomete este régimen no es fácil, pues pretende que cada venezolano acepte doblegarse hasta virtualmente convertirse en un esclavo. No obstante, toda tarea aparentemente imposible se logra por etapas. Si los venezolanos en 1999, o en 2002, o en 2007, hubieran podido imaginar y dar crédito a la situación que ahora viven, hubieran hecho lo que fuera por evitarlo. Cuando las cosas se plantean en blanco y negro, en un gran “macrojuego”, la gente opta por lo que es claramente mejor, incluso asumiendo costos elevados. Pero si los grandes dilemas se plantean como una sucesión de pequeñas decisiones o “microjuegos”, sin que cada una de ellas permita imaginar fácilmente lo que vendrá como consecuencia de cada opción tomada, y en donde los costos de equivocarse no parecen definitivos e irrecuperables, el deslizamiento progresivo hacia la tragedia (y a veces con la cooperación del propio afectado) se hace factible. El régimen ha sabido poner en práctica este juego de pasos sucesivos en la paulatina implantación de su modelo totalitario, y pretende hacerlo nuevamente incluso ahora, cuando la tragedia es evidente. El planteamiento de múltiples microjuegos desorienta, confunde y divide al adversario, cuyas facciones terminan siguiendo caminos diferentes en lo que debiera ser una lucha común.

Segundo, con respecto al modo en que esta propuesta ha sido recibida en el seno de la coalición de las fuerzas democráticas, cabe señalar en primer lugar que 1) aceptar la participación en el contexto actual, sin mediar ninguna modificación en las condiciones que impone el actual Consejo Nacional Electoral, representa un desvío de la estrategia seguida hasta ahora de modo unitario, la cual estaba marcada por la masiva movilización de la población en desconocimiento de un régimen autoritario e inconstitucional, movilización reflejada tanto en las protestas de calle como en el evento del 16 de julio. Es preciso señalar que este último constituyó un acto de desobediencia civil masiva en el que 7,7 millones de venezolanos desconocieron expresamente al Tribunal Supremo de Justicia y al Consejo Nacional Electoral. Si bien en la tercera pregunta a la que se dio masiva respuesta afirmativa se habla de elecciones, se entiende que las mismas tendrían lugar luego de ser cambiadas las autoridades de los poderes públicos. Así parece entenderlo la ciudadanía, que además ha reducido sus niveles de movilización luego de que los partidos de oposición inscribieran sus candidatos.

Por otra parte, 2) hay que señalar que la decisión no se tomó después de un concienzudo debate a puerta cerrada. Por el contrario, distintas fuerzas políticas comenzaron por señalar cuál sería su posición particular antes de que se produjera dicho debate. Esta situación necesariamente refleja serias disensiones en el seno de la MUD, disensiones que por lo menos hasta el 30 de julio no se habían materializado en un desvío de la estrategia seguida hasta ese momento. Y por último, 3) como consecuencia de los dos puntos anteriores, es comprensible que la conexión del liderazgo opositor con sus seguidores se vea afectada. Un capital político no se construye de la noche a la mañana, y para mantenerlo resultan fundamentales la claridad, la coherencia y el sacrificio. Es precisamente en coyunturas como éstas donde la gente requiere percibir con toda claridad que la línea de acción planteada se adhiere a principios de orden lógico y moral, y no que es el resultado de debilidades y desavenencias entre agendas particulares.

Sabemos, a pesar de lo anterior, que la política dista mucho de ser el reino de la perfección lógica y moral. Especialmente cuando tiene lugar en contextos de aguda conflictividad, la política implica confrontarnos con lo equívoco, lo paradójico, lo inexacto, lo amenazador; en suma, con la contingencia y la otredad en su dimensión más dramática y profunda. El régimen ha seguido demostrando la crueldad y falta de escrúpulos que le caracterizan, mientras los costos de la prolongada movilización siguen elevándose para la sociedad democrática. Son muchos los valientes políticos y ciudadanos que han sufrido y sufren hoy en carne propia las consecuencias de la represión descarnada. Por lo tanto, y sobre todo si tenemos presente que del lado de los demócratas existe una mucho más acusada voluntad de restablecer un marco de convivencia plural, así como una más decidida apuesta por la vida, se entiende la necesidad constante de optar por vías institucionales cada vez que se presenten, e incluso la tentación de hacerlo a pesar del carácter espurio y falaz de esa institucionalidad.

Y sin embargo… sin embargo nos queda esa sensación amarga. Estas elecciones regionales serán afrontadas con un espíritu muy distinto al que animó la jornada histórica del 16 de julio. Algo parece no haberse hecho bien al momento de tomarse esta decisión, y así lo han planteado también varios de los más valiosos aliados de los demócratas venezolanos en el exterior, quienes apostaron por respaldar a fondo la estrategia de desobediencia desarrollada durante los últimos cuatro meses. A ello se suma el hecho de que, después de los sacrificios extraordinarios que la población ha venido afrontando, el régimen pretende no sólo mantenerse en el poder sino implantar definitivamente el totalitarismo; sabe que la coyuntura llegó a un punto sin retorno, y que la victoria decisiva depende del estado anímico y moral de los contendientes. Por ello su cúpula dirigente hace todo lo posible para quebrar la determinación de tantas y tantas personas que han decidido no acatar más sus órdenes, intentando dividir a la oposición y descarrilándola de la estrategia que ha forzado tanto la fractura como la condena internacional del régimen que preside Maduro.

En tales circunstancias, ¿tiene sentido entrar en el juego que plantea el oficialismo, o se debería seguir insistiendo en imponer un juego distinto, ese juego que ha llevado al régimen a un aislamiento cada vez mayor por parte de las naciones democráticas y que ha recuperado la moral de la gente en el fragor de la lucha por su libertad? A menudo se ha planteado este debate desde una perspectiva exclusivamente pragmática, como una disyuntiva entre medios y vías más eficaces que otros. La verdad es que en el plano de las acciones humanas (cuyos resultados necesariamente desconocemos de antemano y por lo tanto no podemos evaluar con absoluta precisión), y especialmente de las que tienen lugar en contextos de agudo conflicto, es imposible asignar previamente a una u otra estrategia una superioridad absoluta. En el plano de la intersubjetividad y de la interacción política son las personas las que terminan por hacer buenas las vías de acción que deciden acometer. Pero es precisamente en ese plano en donde cuentan de forma especial las connotaciones morales que revisten las decisiones que tomamos.

Más allá de la suerte con la que finamente corra la sociedad democrática en las elecciones regionales, conviene no perder de vista que el liderazgo político, si verdaderamente pretende ser tal, debe cuidarse de subestimar la profunda necesidad que tiene la ciudadanía de sentirse conducida por vías que resguardan su honor y el valor de sus ingentes esfuerzos y sacrificios. El corazón de esta lucha es la sed de libertad y la necesidad de recuperarla. 2017 será recordado como un año en el que la actitud de postración de la población cambió por completo; como el momento en el que la ciudadanía optó masivamente por rebelarse contra el opresor, dejando de lado los abstractos circunloquios de quienes en medio de la caída libre de la nación les pedían obedecer y esperar. Ha sido esa fuerza descomunal la que motivó el cambio de la comunidad internacional frente a la situación de Venezuela, la que genera fisuras en la coalición de gobierno, y será esa fuerza la que más temprano que tarde propicie el cambio de rumbo que la gente exige y requiere con urgencia.

16 de agosto de 2017




Lecciones de socialismo democrático para un chavista


Ricardo Dudda*


Hay pocos socialistas españoles que apoyen a Maduro, pero abundan los que retóricamente parecen despreciar más a la derecha que lo critica, y a una oposición que consideran golpista, que al propio chavismo.Venezuela es siempre algo que se compara con la derecha, o con la cobertura mediática de la corrupción, o con la desigualdad, en general con cualquier cosa indeseable. No se analiza de manera aislada. Para esta izquierda, Venezuela no existe más allá de este marco mental. Entre risas e ironía, callan, comparan, matizan donde no hay que matizar, y acaban blanqueando un régimen autoritario.

Como el enemigo es un supuesto neoliberalismo golpista de la oposición (una oposición que tiene líderes abiertamente socialdemócratas, como Henry Ramos Allup, expresidente de la Asamblea Nacional, que es vicepresidente de la Internacional Socialista), la alternativa solo puede ser el régimen de Maduro. Es un chavismo soft que piensa, desde las libertades de las democracias liberales, que la superación del liberalismo es la victoria de la democracia. Es justo al revés. Como escribe Pablo Stefanoni en Nueva Sociedad, “no es la primera vez, ni será la última, que en nombre de la superación de la ‘democracia liberal’ se anula la democracia junto con el liberalismo.”

Esta izquierda usa la democracia como una palabra vacía que incluye todo aquello que hace la izquierda. Pero si la izquierda quiere ser democrática, no puede ser iliberal. No es una cuestión de pureza sino de coherencia ideológica. En un fantástico ensayo de Irving Howe, el intelectual estadounidense, crítico literario y fundador de la revista socialista Dissent escribe que el socialismo no puede existir sin el liberalismo, y hace un repaso histórico de las críticas socialistas al liberalismo: “el liberalismo se conoce como la expresión de la visión del hombre que profundiza en la racionalidad, la naturaleza bondadosa, el optimismo y la perfectibilidad”. Para Howe, “una de las fortalezas de la historiografía marxista ha sido que incluso cuando atacaba el capitalismo vio la vitalidad de sus fases tempranas, e incluso mientras criticaba el liberalismo ‘clásico’ como una razón ideológica de ascendencia burguesa, honraba su rol liberador en nombre de toda la humanidad.”

El liberalismo del que habla Howe es la democracia liberal, hasta la fecha el único régimen que permite la autocrítica. Howe, como escribe Enrique Krauze, “no admitía la posibilidad de un socialismo no democrático. La democracia era la forma imprescindible de la civilidad, pero el socialismo era el fondo deseable de convivencia. El socialismo, para Howe, era una preocupación intelectual, un imperativo moral, no una rígida ideología: ‘La causa del socialismo debe dirimirse cada vez más en términos morales -escribió en Vuelta-; la extrema desigualdad social y económica impide la verdadera libertad; la formación de la personalidad humana requiere un marco de cooperación y fraternidad’.” Maduro es un líder profundamente iliberal. Y la deriva autoritaria de su régimen prueba que tampoco es socialista


*(Madrid, 1992) es periodista y miembro de la redacción de Letras Libres.


domingo, 13 de agosto de 2017

La política es una Hidra de varias cabezas


Nelson Acosta Espinoza
Estamos en presencia de un escenario político frágil. Intentaré explicar esta afirmación.

A lo largo de estos últimos seis meses el país ha vivido un conjunto de acontecimientos que han puesto de manifiesto la capacidad del sistema político de fracturarse con una escasa deformación. Es en este sentido que utilizo el concepto de fragilidad. Desde luego que la imagen es abstracta y puede sugerir ideas contrarias a lo que se intenta subrayar. En otras palabras, en el curso de este tiempo el “material” discursivo, el de la oposición y el gobierno, ha sido sometido a presiones intensas que han producido fragmentaciones sin que las mismas hayan afectado sustantivamente el ADN político de ambas formaciones políticas. En un cierto sentido, una y otra  alineaciones han asimilado sus respectivas “fracturas” sin que ellas hayan modificado lo sustantivo de su material discursivo. Fragilidad que no se ha expresado, hasta el momento, en una formulación política sustitutiva de lo existente.

A tono con esta línea de razonamiento, hagamos uso del concepto introducido por Nassim Taleb, profesor de ingeniería del riesgo de la Universidad de New York, que denominó como antifragilidad. Este investigador afirma “…que debemos aprender la manera de hacer que nuestras vidas públicas y privadas (nuestros sistemas políticos, nuestras políticas sociales, nuestras finanzas, etcétera) no sean simplemente vulnerables frente al azar y el caos, sino que sean realmente “antifrágiles”, que estén listas para sacar provecho o para beneficiarse del estrés, de los errores y del cambio, de la misma manera, pongamos por caso, que la mitológica Hidra generaba dos cabezas nuevas cada vez que le cortaban una de ellas.”

En fin, la antifragilidad, se define como aquello que, a diferencia de lo frágil, se beneficia de los cambios, del desorden, de la volatilidad y de estreses de diversa índole.

Entiendo su ansiedad, amigo lector. He tomado un concepto de la física para intentar entender los últimos eventos políticos. En particular la ofensiva oficialista y los desencantos existentes en sectores de la oposición. Sin embargo, este es un recurso legítimo. Máxime en la actual coyuntura. Donde pareciera que las lecturas sobre la situación política no han sido del todo exitosas. O, como mínimo, no rindieron los frutos esperados. En otros términos, los sectores democráticos deben intentar sacar provecho de sus limitaciones y enunciar una estrategia que supere la formulación anterior y de cuenta, en forma ingeniosa, a los retos que se derivan de las nuevas circunstancia por venir.

Desde luego, es fácil enunciar la necesidad de un cambio. Lo complejo es elaborar la estrategia que enfrente con éxito los retos políticos venideros. En especial, los que están a la puerta (elecciones de gobernadores y alcaldes). Este es un escenario, por ejemplo, donde se podrían desplegar estrategias antifrágiles: sacar provecho de las tensiones que pudieran producirse en el marco de este escenario electoral. Se haría necesario, desde luego, una aproximación estrictamente POLITICA y no electoral hacia estos eventos en caso que se llevaran a cabo. En términos del concepto de antifragilidad, esta incertidumbre deber ser percibida como algo deseable. Después de todo, esta condición es inmune a los errores de predicción.

Sin la menor duda el país se encuentra ante una encrucijada histórica. Disculpen lo grandilocuente. Sin embargo, creo que es posible afirmar que estamos en presencia del fin de un ciclo de naturaleza histórica y, esta circunstancia, no debe ser abordada con los instrumentos que fueron útiles en el pasado. Se requiere la elaboración de una nueva narrativa que dé cuenta del pasado y abra las ventanas hacia el futuro. Quizá, los traspiés que ha enfrentado la dirección política de la oposición se deba a una incomprensión del talante de las actuales circunstancias. Su fragilidad, pudiera atribuirse, a ese déficit discusivo que no atrapa en forma apropiada los elementos definitorios de la coyuntura política del presente.

Hay que ser optimista. Los ciudadanos sabrán sobreponerse a las actuales circunstancias y, sin la menor duda, los parámetros de justicia, libertad y democracia prevalecerán.

Después de todo, no olvidemos que la política, como la mitológica Hidra, tiene la virtud de regenerar dos cabezas por cada una que perdía o le era apuntada.

Sin la menor duda, la política aún  es así.