domingo, 13 de agosto de 2017

La política es una Hidra de varias cabezas


Nelson Acosta Espinoza
Estamos en presencia de un escenario político frágil. Intentaré explicar esta afirmación.

A lo largo de estos últimos seis meses el país ha vivido un conjunto de acontecimientos que han puesto de manifiesto la capacidad del sistema político de fracturarse con una escasa deformación. Es en este sentido que utilizo el concepto de fragilidad. Desde luego que la imagen es abstracta y puede sugerir ideas contrarias a lo que se intenta subrayar. En otras palabras, en el curso de este tiempo el “material” discursivo, el de la oposición y el gobierno, ha sido sometido a presiones intensas que han producido fragmentaciones sin que las mismas hayan afectado sustantivamente el ADN político de ambas formaciones políticas. En un cierto sentido, una y otra  alineaciones han asimilado sus respectivas “fracturas” sin que ellas hayan modificado lo sustantivo de su material discursivo. Fragilidad que no se ha expresado, hasta el momento, en una formulación política sustitutiva de lo existente.

A tono con esta línea de razonamiento, hagamos uso del concepto introducido por Nassim Taleb, profesor de ingeniería del riesgo de la Universidad de New York, que denominó como antifragilidad. Este investigador afirma “…que debemos aprender la manera de hacer que nuestras vidas públicas y privadas (nuestros sistemas políticos, nuestras políticas sociales, nuestras finanzas, etcétera) no sean simplemente vulnerables frente al azar y el caos, sino que sean realmente “antifrágiles”, que estén listas para sacar provecho o para beneficiarse del estrés, de los errores y del cambio, de la misma manera, pongamos por caso, que la mitológica Hidra generaba dos cabezas nuevas cada vez que le cortaban una de ellas.”

En fin, la antifragilidad, se define como aquello que, a diferencia de lo frágil, se beneficia de los cambios, del desorden, de la volatilidad y de estreses de diversa índole.

Entiendo su ansiedad, amigo lector. He tomado un concepto de la física para intentar entender los últimos eventos políticos. En particular la ofensiva oficialista y los desencantos existentes en sectores de la oposición. Sin embargo, este es un recurso legítimo. Máxime en la actual coyuntura. Donde pareciera que las lecturas sobre la situación política no han sido del todo exitosas. O, como mínimo, no rindieron los frutos esperados. En otros términos, los sectores democráticos deben intentar sacar provecho de sus limitaciones y enunciar una estrategia que supere la formulación anterior y de cuenta, en forma ingeniosa, a los retos que se derivan de las nuevas circunstancia por venir.

Desde luego, es fácil enunciar la necesidad de un cambio. Lo complejo es elaborar la estrategia que enfrente con éxito los retos políticos venideros. En especial, los que están a la puerta (elecciones de gobernadores y alcaldes). Este es un escenario, por ejemplo, donde se podrían desplegar estrategias antifrágiles: sacar provecho de las tensiones que pudieran producirse en el marco de este escenario electoral. Se haría necesario, desde luego, una aproximación estrictamente POLITICA y no electoral hacia estos eventos en caso que se llevaran a cabo. En términos del concepto de antifragilidad, esta incertidumbre deber ser percibida como algo deseable. Después de todo, esta condición es inmune a los errores de predicción.

Sin la menor duda el país se encuentra ante una encrucijada histórica. Disculpen lo grandilocuente. Sin embargo, creo que es posible afirmar que estamos en presencia del fin de un ciclo de naturaleza histórica y, esta circunstancia, no debe ser abordada con los instrumentos que fueron útiles en el pasado. Se requiere la elaboración de una nueva narrativa que dé cuenta del pasado y abra las ventanas hacia el futuro. Quizá, los traspiés que ha enfrentado la dirección política de la oposición se deba a una incomprensión del talante de las actuales circunstancias. Su fragilidad, pudiera atribuirse, a ese déficit discusivo que no atrapa en forma apropiada los elementos definitorios de la coyuntura política del presente.

Hay que ser optimista. Los ciudadanos sabrán sobreponerse a las actuales circunstancias y, sin la menor duda, los parámetros de justicia, libertad y democracia prevalecerán.

Después de todo, no olvidemos que la política, como la mitológica Hidra, tiene la virtud de regenerar dos cabezas por cada una que perdía o le era apuntada.

Sin la menor duda, la política aún  es así.









La Asamblea Constituyente como estrategia para permanecer al mando



Gloria M. Bastidas
¿Por qué la élite que está atrincherada en el poder en Venezuela necesita una Asamblea Nacional Constituyente? La respuesta es muy simple: porque el chavismo ya no cuenta con la mayoría electoral. Las elecciones parlamentarias celebradas en diciembre de 2015 marcaron un hito: la oposición se alzó con 110 curules, mientras que el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) apenas obtuvo 55. Fue una derrota estruendosa, que ya había contado con un epílogo: el escaso margen con el que Nicolás Maduro se impuso por encima de su contendor Henrique Capriles en las presidenciales de abril de 2013, a un mes del fallecimiento de Hugo Chávez: 1,49 por ciento. Las alarmas del establishment se encendieron desde entonces. Un Maduro que perdió ganando y una Asamblea Nacional dominada por la Mesa de la Unidad Democrática equivalían casi que a una carta de defunción para el proyecto revolucionario.

Lo que ha hecho el gobierno de Nicolás Maduro desde diciembre de 2015 para acá ha sido tratar de desconocer a esa nueva Asamblea Nacional que emanó del voto popular. Incluso, el Tribunal Supremo de Justicia (controlado por los chavistas) llegó a emitir una sentencia que prácticamente la clausuraba. La reacción fue mayúscula. Pandemónium. El TSJ tuvo que retroceder: emitió otro pronunciamiento para enmendar su error. Suena a ópera bufa. Es así: la revolución va de bufonada en bufonada. Y no sólo eso: la Fiscal General, que antes se confesaba devota de Hugo Chávez, saltó la talanquera y advirtió que en Venezuela no regía un estado de derecho sino un estado de terror. Son dos enemigos muy fuertes para Maduro: el Legislativo y el Ministerio Público, que tiene en sus manos el monopolio de una acción muy importante: solicitar el enjuiciamiento del Presidente de la República.

¿Cómo barrer con esos obstáculos? Maduro colocó sobre la mesa la carta de la Asamblea Nacional Constituyente. La Constitución venezolana pauta que para que pueda activarse esta figura se debe consultar al pueblo en un referendo si está de acuerdo o no con ella. Maduro se saltó este paso: la mayoría aplastante que lo adversa (la relación es aproximadamente 80 por ciento en contra y 20 por ciento a favor) le hubiera dicho taxativamente que no. Luego, los estrategas electorales del chavismo crearon un mecanismo de elección de los diputados que le permitía al gobierno ganar la mayoría de la Asamblea Constituyente sin contar con la mayoría de los votos. Una trampa. La oposición se abstuvo de participar en semejante fraude. El mensaje que Maduro enviaba a sus adversarios era más o menos éste: si quieren salir de mí, voten por mí. Porque participar en el juego era refrendar su modelo cubano. La Asamblea Nacional Constituyente (integrada por 545 diputados) estará investida de atribuciones muy amplias. Podrá disolver los poderes constituidos (Asamblea Nacional y Fiscalía, por ejemplo) y sesionará indefinidamente. Esto es clave: mientras el cuerpo delibera sine die (sin un límite de tiempo), hay un tema trascendental que quedará congelado: las elecciones presidenciales previstas para diciembre de 2018. Por eso digo al comienzo de esta nota que el chavismo necesita una Asamblea Nacional Constituyente porque ya no cuenta con los votos suficientes para mantenerse en el poder democráticamente. La estrategia de Maduro consiste en eludir la consulta electoral transparente y competitiva pautada en la Constitución, y que le pondría punto final a su mandato a más tardar en 16 meses, y sustituirla por un gobierno sin fecha de caducidad. La revolución chavista pretende quedarse para siempre. Sin votos y con balas. Le urge demoler el statu quo y preparar el escenario de su inmolación.

(Caracas, 1963) Analista política. Periodista egresada de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

sábado, 5 de agosto de 2017

¿Tiene sentido participar en las venideras elecciones de gobernadores y alcaldes?


Nelson Acosta Espinoza
Bien, amigos lectores, se ha producido la escandalosa elección de la ANC. Como era presumible, diversos observadores han confirmado el fraude masivo que fue llevado acabo el día 30 del mes julio. Por ejemplo, Smartmatic (la empresa que proveyó las máquinas de votación) ha señalado que al menos un millón de votos fue añadido a la votación. Por otro lado, diversas fuentes (agencia Reuters y Jennifer McCoy) han respaldado la cifra de 3.720.465 votos sufragados a las 5:30 pm. Hora en que cerraban las mesas de votación. Finalmente, el rector principal del CNE, Luis Emilio Rondón, ha advertido sobre la imposibilidad de avalar la votación anunciada por Tibisay Lucena. Estos testimonios han respaldado empíricamente las advertencias de fraude denunciadas por los dirigentes de la oposición del país.

En fin, estamos en presencia de una profundización de la crisis política. Esta grave situación se exterioriza en diversos ámbitos. Mencionemos algunos de esos escenarios. Por ejemplo, en el área institucional tenemos la convivencia de dos concreciones del poder en el país. La clase gobernante, expresión de una minoría ciudadana y, en el otro extremo, la Asamblea Nacional que representa a la inmensa mayoría de la población. Esta contradicción se manifiesta, igualmente, en la coexistencia de dos ordenamientos jurídicos excluyentes. Por un lado, la Constitución democrática del año 1999 y, por el otro, la constituyente de talante autoritario.

En este marco político gran parte de la población se pregunta ¿tiene sentido participar en las venideras elecciones de gobernadores y alcaldes? ¿En estas circunstancias se celebrarán las presidenciales? ¿Se ha agotado definitivamente la vía electoral como medio de salir de esta crisis política? Sin lugar a dudas, son legítimas estas interrogantes y, desde luego, es imprescindible intentar producir las respuestas apropiadas a las mismas.

En torno a este tema se han tejido diversas posiciones. Me voy a referir a las que se ubican en los extremos y, desde luego, aportan repuestas distintas al dilema político que confronta la población hoy en día.

Hay un sector de la oposición que no percibe una salida electoral a la actual crisis. Y, en consecuencia, descartan la posibilidad de participar en las venideras elecciones. Sus argumentos son principistas y, si se quiere, un tanto irracionales. Descartan la política electoral y abogan por la concreción de un gobierno en transición. Una suerte de “soviets” democráticos que llegada la hora desplazarán al madurismo del poder.


En el otro extremo se ubica una posición más realista y pragmática. Sin desconocer las dificultades y la vocación al fraude de las autoridades electorales, son partidarios de participar en la próxima contienda electoral. En este sentido señalan que hay que inscribir los candidatos y en el ínterin que separa este acto del sufragio desplegar iniciativas que, por un lado, puedan garantizar una cierta pulcritud en las votaciones y, por el otro, entusiasmar a la población en torno a esta participación electoral.

Me voy a detener en explicar con más detenimiento esta opción. Lo sustantivo de la misma es la distinción que se hace entre inscribir los candidatos y su participación electoral. Es decir, lo primero (inscripción) no conduce automáticamente a lo segundo (participación). Recientemente, esta opción fue explicitada en un documento (Informe de la subcomisión TREN sobre el tema de la Participación en las Elecciones Regionales) de la manera siguiente: “Inscribir candidatos anunciando, simultáneamente, que ello no implica necesariamente la participación. Esta decisión nos permite superar el álgido escollo de tomar una decisión de naturaleza más trascendental –la participación- en un escenario constreñido por la premura y las tensiones, tanto a nivel de la opinión pública como al interior de la MUD por las diferentes visiones que se tiene sobre cómo abordar el desafío del Régimen. Con esta decisión se pasa a otra etapa donde el juego estratégico continúa. La discusión no se agota. Continúa”.

Me parece que esta opción responde acertadamente las legítimas interrogantes que en torno a la participación electoral se han suscitado recientemente. Y está a tono con la delicada situación política que vive la nación.

Cualquiera que sea la decisión que se adopte, es importante prestar atención a la dimensión emocional del tema. La población se encuentra desanimada. En cierta forma se formó en la percepción colectiva la idea de una salida definitiva a la situación política. En consecuencia, es imperativo crear una nueva narrativa que lleve esperanza y emocione a los ciudadanos. Conformar una nueva subjetividad a tono con las tareas que están por venir. No olvidemos que para convencer hay que emocionar.

Definitivamente, la política es así.




















Las elecciones regionales.

Simon Garcia

Contar o no con 20 gobernaciones para las luchas por la reconquista de la democracia es uno de los puntos que estamos obligados a debatir con el movimiento que ha estado en la calle y con la mayoría de la sociedad que lo ha apoyado.

El tema no debería ser despachado sin mostrar detrás de cada sí o cada no, una argumentación sobre por qué se escoge una determinada dirección. Las frases hechas, usadas en el pasado, no son útiles para redefinir una estrategia frente a lo que ya es una dictadura. Repetir, por ejemplo, que el que se ausente pierde o que ir a elecciones en dictadura es legitimarla, son afirmaciones que debemos cuestionarnos.

Las mañas de la Comisión Electoral de Miraflores no pudieron con el caudal de votantes y la dedicación de nuestro equipo técnico, logístico y de testigos en diciembre de 2015. La trampa puede ser vencida.

A las 4 damas de la baranda, descalificadas por escamotear el carácter democrático del voto, no les resulta bien ni su falta de vergüenza, aferradas en superar a Franco Quijano, a quien se le atribuyen los primeros fraudes electorales en Venezuela. Pero no hay comparación, Quijano fue en su época la persona más experta en sistemas electorales, métodos de escrutinio y Ovidio.

La convocatoria de las elecciones de gobernadores fue diseñada para inducirnos a rechazarlas. La postulación de candidatos se fijó inmediatamente después de las primarias realizadas por el PSUV el 30 de julio calculando la indignación de la población ante el fraude. La agenda de Maduro y su cúpula estiman que esa reacción los ayudaría a manipular ese proceso electoral y consolidar la instauración de la dictadura. La abstención es su aliado, independientemente de la radicalidad que se derroche pata que las emociones priven sobre la eficacia de las respuestas.

La elección de gobernadores en una batalla decisiva entre la cúpula de la dictadura y el conjunto de la sociedad democrática que quiere libertad y elecciones, aún si estas no son generales. El dilema es elemental: ayudamos a ganar al candidato del gobierno o damos una nueva demostración, más contundente aún, de que Venezuela repudia al dictador.

La participación en las elecciones es otra forma de lucha para derrotar el fraude constitucional. Es cierto que no estamos obteniendo lo máximo; pero alcanzaremos una alteración fundamental de las actuales relaciones de poder que minará las bases regionales y locales de sustentación del embate totalitario. Descentralizaremos las luchas y conquistaremos nuevas posiciones de poder.

Somos la alternativa al régimen, impugnarlo, competir contra él en todos los terrenos es extender la rebelión pacífica de los ciudadanos y trabajar para crear condiciones reales para desplazarlo. Ningún recurso puede ser dejado de lado y menos por competir entre quien obtiene más aplausos en la opinión prevaleciente.

Si la fraudulenta ANC suspende estas elecciones regionales ratificará su ilegitimidad. Si las mantiene, recibirá una colosal derrota. ¿A nombre de que dejar de obtener un nuevo triunfo?

viernes, 28 de julio de 2017

Carta abierta al Presidente Nicolás Maduro. Evitemos más derramamiento de sangre



 
El Grupo de Pensamiento Universitario (GPU) ante la situación que confronta la nación manifiesta lo siguiente:

El país vive una situación crítica. Pareciera que no existe la posibilidad de un entendimiento que ponga fin al conflicto que enfrenta a las dos opciones políticas en pugna. Vale decir, entre la resolución mayoritaria de la población de encauzar a la nación por los rieles de la democracia y, por otro lado, la decisión gubernamental de convocar una constituyente que aniquilaría los últimos rasgos que aún existen de convivencia democrática consensuada, pautadas en la actual constitución. En otros términos, se está viviendo una situación límite. El GPU advierte, sin ánimo de exagerar, que en los próximos días se decidirá el futuro del país.

Nos parece apropiado recalcar que la ciudadanía ha dado muestras contundentes de fe y compromiso democrático. La dirección política de la oposición, por su parte, ha puesto sobre la mesa las condiciones para iniciar un proceso de intercambio y diálogo político con el gobierno: apertura de un canal humanitario que permita hacer ingresar al país alimentos y medicamentos; la presentación de un cronograma general de elecciones; el respeto a la autonomía de la Asamblea Nacional y la liberación de los detenidos por causas políticas. Y ahora, por supuesto: el retiro de una ANC que por no tener el aval del soberano, único depositario del poder originario, terminaría consolidando la violación del hilo constitucional. Y es en la práctica, tal como lo señala el padre Luis Ugalde: “…una declaración de guerra contra las instituciones democráticas, muerte para la Constitución y eliminación de la oposición y derechos democráticos de la población”.

En fin, el país confronta una situación en extremo conflictiva. Una imagen que pudiera ilustrar el tono dramático de la situación sería la de un choque de trenes. Hasta el día de hoy no se vislumbra una solución negociada; tampoco la construcción de una opción alternativa a las que se encuentra en pugna. A esta descripción habría que añadir la ausencia, por ahora, de instituciones y personalidades que pudieran ejercer el papel de mediadores. Este rol, pareciera que sólo podría ser asumido por instituciones o actores internacionales.

Las fuerzas democráticas y el gobierno se equilibran de una manera catastrófica, lo cual le imprime rasgos de alta peligrosidad al presente escenario político. Podría llegarse al extremo que la confrontación, en su fase terminal, implicara la destrucción recíproca de las fuerzas en pugna. Ello abriría las compuertas para todo tipo de intervenciones, en especial, las de naturaleza autoritaria.

Sin embargo, hay que ser optimista. Venezuela tiene una larga tradición democrática. En ella, palabras como diálogo y negociación han sido consustanciales con su práctica política. Desde luego, en la actualidad estos conceptos están envilecidos. Experiencias previas de negociación con el ejecutivo no han sido exitosas, generando grados de desconfianza que gravitan con fuerza a la hora de replantarse nuevas conversaciones No obstante hay que insistir en la búsqueda de acuerdos. Los puntos de partida para iniciar estas negociaciones se encuentran definidos. Los últimos acontecimientos, liderados por el sector democrático, podrán haber abierto una brecha en el oficialismo que facilitaría avances en dirección de una salida negociada a la actual crisis política.

Señor Presidente, nos dirigimos a usted en su condición de Jefe de Estado y, por ende, principal responsable de lo que acontezca en el país, en sus manos está evitar más derramamiento de sangre de los venezolanos, especialmente de los jóvenes que son el futuro del país. En ese sentido, le hacemos un llamado a desistir en la convocatoria a una ANC y hacer el esfuerzo por buscar puntos de encuentro con la dirigencia de oposición, a los fines de crear las condiciones suficientes para tomar el camino de la reconstrucción del país en un ambiente de paz; en el marco de las reglas de la democracia; restableciendo la institucionalidad por la vía del cumplimiento y respeto a lo previsto en la Constitución. En síntesis: retomando el tan necesario hilo constitucional.

Evitemos más derramamiento de sangre y muertes de ciudadanos que lo único que demandan es civilidad, ejercicio racional de la política, LIBERTAD.

DE ASALTOS Y RAZONES


Pedro Villarroel.

La arremetida del estado venezolano, con la clara excepción de la Asamblea Nacional, revela una deliberada y oprobiosa tendencia criminal, una especie de máquina de aniquilación, de exterminio y terror, apalancado por esa coalición diabólica entre el estado cubano, componentes de la GNB y la PNB, el narcotráfico y las bandas delincuenciales.

Ante ello, se necesita obligatoriamente una alta dosis de racionalidad, de sensatez, de realismo y comprensión del contexto político de la hora. Probablemente las decisiones políticas tomadas por el conjunto de la oposición venezolana no hayan sido del agrado del gusto o la satisfacción de los múltiples y exigentes paladares del Twitter, Facebook, Instagram o cualquier otra forma de teleparticipación.

Esto es naturalmente comprensible dentro del múltiple y variado espectro humano. Pero de allí a decir o denostar, incluso acusar de actuaciones irracionales e inconsultas, impropias de la moral y conducta democrática, francamente raya en la locura y desencaje propio de una lectura errónea de la realidad nacional.

La MUD ha construido durante años de lucha un acervo simbólico importante. Las distintas manifestaciones de esta lucha: marchas, paros, plantones, huelgas. Protestas organizadas de sectores por mejorar la salud, en contra de la escasez, de la inseguridad, por las libertades públicas, etc., han colocado progresivamente al gobierno fuera del ámbito constitucional, actuando al margen de la constitución en una especie de maltrecho organismo de doble poder. Estos han sido logros de lucha civil y democrática.

Después del 16 de julio se abrió un espacio de legitimación de la Asamblea Nacional, un reforzamiento popular de las propuestas hechas por la unidad política alrededor de la MUD. La crítica siempre será bienvenida, lo intolerable es ese extraño estado de negación permanente sobre nosotros y nuestras ejecutorias y hasta nuestros propios éxitos por pequeños que pudieran observarse

Estamos en un interregno, un punto de llegada y de salida. El pueblo venezolano está pariendo un nuevo tiempo, una nueva era. Y es aquí donde creo hay que poner la lupa.

El cisma es cultural. Se mueven las placas tectónicas del ser venezolano. Una sacudida de mil grados en la escala de Ritcher. Aquí los Eudomar Santos, con su prosa melosa y pegajosa del "como vaya viniendo vamos viendo" que retrata al individuo de frontera entre Apolo y Dionisos, entre el logo y el desenfreno, representa el imaginario sociocultural que ha atravesado el mito sociográfico del ser venezolano: bonachón, pícaro y militarista.

Ahora bien, identificados los adversarios y los obstáculos o barreras culturales, toca entonces otear en prospectiva. Hurgar en ese manantial de los días por venir. Pensar y repensar propuestas, formas de construcción de relación de civilidad, de organización desde la producción, del trabajo, la educación, la familia, el marco institucional, organizacional. En fin, la construcción de políticas sustentables en un ambiente de afirmación y encuentro de ciudadanos en democracia.

Esta tarea requiere el desarrollo de una conciencia de destino propio, común a todos, que requiere inteligencia, talento, honradez, coherencia y amor por Venezuela y su gente.

Ese es el reto de la Venezuela por venir, reto que requiere por otra parte una gran dósis de amplitud para articular factores políticos que, de procedencia ideológica y pareceres distintos, podamos construir un espacio de tolerancia y respeto ya que compartimos la defensa de la constitución y sus instituciones. Este es un gran punto de encuentro en las diferencias, dónde disentir y pensar, no es ni será un delito o motivo de segregación política o social.

La soledad de Venezuela



Antonio López Ortega
Hay un sentimiento dominante en la Venezuela de hoy: pese a los niveles de conflictividad extrema que se viven, la resolución final estará en manos de los mismos venezolanos. No serán los jugadores de ajedrez los que canten el jaque mate, sino las propias piezas que se mueven en el tablero. Hay quien quiere creer que el conflicto ha escalado a una instancia multilateral pero es más bien el pulso de los días, el peso de las víctimas, las gestas cívicas de voto organizado, lo que reducirá lentamente el conflicto hasta lograr la paz duradera. Esa añoranza de creer que la resolución vendrá de afuera, sin ánimo de criticar a las múltiples voluntades que nos apoyan, hace tiempo que desapareció del espíritu de los ciudadanos insomnes que hoy defienden la tradición republicana en la calle. En medio de gases y perdigones, al menos una lección constructiva hemos corroborado: al venezolano le gusta votar. Lo viene haciendo desde 1958, e incluso antes, aprobando en la década de los años treinta el voto femenino. Ese ADN democrático del voto está muy sembrado en la conciencia venezolana: le sirvió a Chávez mientras la chequera petrolera permitía el despilfarro y el saqueo de las arcas públicas, y le sirve hoy a los votantes que quieren un cambio sin que los herederos de Chávez, convertidos en dictadores, se lo permitan. Quién sabe si la misma obstrucción del voto ha sido el detonante de la crisis.

No ha sido una lección fácil de asimilar la pusilanimidad del contexto de naciones, sobre todo porque la tradición venezolana en sus años democráticos priorizó la solidaridad con las naciones necesitadas. El destierro español, italiano o portugués, ya sea por razones políticas o por hambre, tuvo en Venezuela un refugio seguro y a la larga significativo. Luego en los años setenta, cuando el Cono Sur se sembró de dictaduras, abrimos los brazos a intelectuales, científicos o profesionales chilenos, argentinos o uruguayos. Y en tiempos más recientes, dependiendo de las penurias económicas de sus países de origen, hemos tenido sucesivas oleadas de colombianos, ecuatorianos, haitianos o dominicanos. A estos últimos los recordamos especialmente cuando en días recientes la República Dominicana votó en contra de la Carta Democrática promulgada por la mayoría de los países de la OEA. Las víctimas que a diario caen en la calle no fueron argumento suficiente para torcer un voto que ha debido tener presente nuestra condición de buenos anfitriones.

Pero más allá de sentimientos encontrados o decepciones la crisis es enteramente propia. Responde en gran medida a condicionantes históricas y, bajo ese mismo tenor, la superaremos. Tampoco se trata únicamente de allanar el escollo de una clase gobernante que viene de la ultraizquierda, se nos vendió como socialista y ha terminado como un régimen de facto, sino también de revisar las fallas o carencias que tuvo nuestro período democrático (1958-1998), sobre todo en cuanto al gran desafío de reducir la pobreza. Queda claro que no aspiramos ni al país de hoy (destrozado) ni al país de ayer (insuficiente), sino a un replanteamiento de la apuesta republicana que tiene desafíos colosales: superar la pobreza con programas eficientes, recuperación económica fomentando la iniciativa privada, educación abarcante, avanzada y especializada que nos permita convivir en un mundo altamente competitivo. Los errores se han pagado caros y nunca pensamos que la penitencia fuera tan cruenta, pero sin duda que el país debe y tiene cómo salir adelante, con aprendizajes que servirán para no caer en los mismos errores del pasado y capacidad para anticiparse a los que no conocemos.

Las políticas públicas deben cambiar por completo y la nueva clase gubernamental debe caracterizarse sobre todo por su alto profesionalismo y su probidad. Mención aparte merece el estamento militar, cuyos integrantes se han convertido en verdugos de los ciudadanos. El país tiene que pensar qué papel quiere darle a las Fuerzas Armadas y cómo puede servirle a la ciudadanía.

Los tiempos de soledad ya comenzaron y proponen, como primer paso, un gobierno de unidad. Soledad entendida como unión de voluntades, como convicción compartida, como solidaridad automática entre los ciudadanos de bien. Es la hora de la ciudadanía, y también del futuro que todos añoramos. Y la ciudadanía no retornará a sus hogares hasta que la calle sea para caminar, el parque para disfrutar o la escuela para convivir. Quien no entienda el clamor profundo de un país que bulle por dentro o es un ciego o es un criminal.

Antonio López Ortega es escritor y editor. El País, 28 Jul 2017

sábado, 22 de julio de 2017

¿Triunfará la voluntad democrática de los venezolanos?


Nelson Acosta Espinoza
El fin de semana pasado fue escenario de un hecho político sin precedentes en la historia del país. Me refiero a la organización, celebración y, desde luego, resultados de la consulta popular emprendida por la oposición el 16 de julio del año en curso. En poco más de 15 días se lograron desplegar y habilitar en el país 2.029 puntos soberanos, que albergaban 14.303 mesas de votación. De acuerdo al último conteo 7.186.170 ciudadanos votaron en este evento. En otras palabras, bajo condiciones precarias desde el punto de vista organizativo, la población acudió masivamente al llamado del sector democrático de la oposición.

Sin la menor duda, a partir de este acontecimiento es otra la configuración del espectro político del país. Y, lo que es más importante, la población hizo un acto de fe democrática y mostró su voluntad de abrir caminos para una salida civilista a la crisis política que sacude al país.

Ahora bien, es oportuno preguntarse, ¿el gobierno ha leído apropiadamente este hecho? ¿Ha mostrado signos de rectificación? O, por el contrario, ¿se ha afianzado su decisión de convocar una Asamblea Nacional Constituyente? Tengo la impresión de que esta última alternativa es la que en la actualidad se encuentra vigente. Con una torpeza inaudita el círculo que controla el poder insiste en llevar a término esta convocatoria y, en consecuencia, enrumbar al país hacia una situación en extremo conflictiva.

En sus últimas intervenciones el Presidente Maduro, sus ministros y dirigentes de la cúpula de PSU insisten en devaluar el evento del pasado 16 de este mes y proseguir con la convocatoria de la ANC. No han querido comprender el significado factual y simbólico de esta consulta.

En términos simbólicos la fuerza de los sectores democráticos ha aumentado en forma geométrica. Su legitimidad ha crecido y hoy constituyen una alternativa cierta de poder y reemplazo de la cúpula madurista. Prueba de esta afirmación lo constituye, entre otras, la designación por parte del parlamento de los miembros del Tribunal Supremo de Justicia en reemplazo de los designados arbitrariamente en los últimos días de la gestión de Diosdado Cabello.

Sin embargo, parece legítimo formular la siguiente interrogante ¿coexistirán en el país dos TSJ? Igual reflexión podríamos hacer en relación a la Fiscalía. En otras palabras, estamos en presencia del enfrentamientos de dos “voluntades”• de poder excluyentes. En un escrito anterior califiqué esta situación como de “equilibrio catastrófico”. Esta condición calamitosa es peligrosa. Uno de los escenarios previsibles sería una salida de naturaleza fascista con un alto costo para la vida política en el país. Otra alternativa, la deseable, es el triunfo de la voluntad democrática y, en consecuencia, llamado a elecciones regionales y nacionales bajo la supervisión de la comunidad internacional.

Para lograr concretar esta última opción sería necesario intensificar la presión de la calle, desarrollar formas novedosas de lucha y atraer la atención internacional.

Estamos en presencia de una coyuntura histórica única. En principio, se requiere derrotar el populismo socializante, centralista y autoritario que ha reinado en estos 18 años. Pero igualmente, es imprescindible ir formulando el nuevo proyecto de país que reemplace las distintas versiones de democracia que han estado vigente a lo largo de este ciclo histórico que culmina. No se trata de restaurar las viejas prácticas políticas. Por el contrario, habría que sustituirlas por una nueva cultura democrática que haga del ciudadano su principal protagonista. En esta dirección apunta el acuerdo de gobernabilidad anunciado recientemente por la dirección política de la MUD. Se entiende que las tareas del futuro requerirán de grandes consensos políticos que proporcionen la debidad viabilidad a las políticas que remplazarán este desastre socialista.

Es importante recalcar que al calor de estas luchas se ha venido forjando un nuevo liderazgo político que puede encabezar la histórica tarea de construir una nueva Venezuela que cancele, de una vez por siempre, tentaciones populistas, centralistas y autoritarias.

La juventud del país está pagando un costo alto en la búsqueda de una salida a la tragedia que estamos enfrentando. Hagamos honor a su sacrificio y derrotemos el presente autoritario y las tendencias restauradoras del pasado.

La política tiene que ser así.

Perspectivas de transición a la democracia.

Argenis Urdaneta
Las líneas siguientes contienen una breve reflexión sobre el reto de una salida política e institucional.

Lo que ha venido sucediendo desde abril de 2017, indica que existe una situación de rebelión popular, o si se prefiere, una rebelión ciudadana. Fenómeno que no se produce comúnmente. Y en las condiciones de la Venezuela de hoy eso implica, no sólo la espontaneidad de sectores diversos de la sociedad, sino también la ausencia de dirección política o la dificultad para orientar políticamente a ese movimiento. Adicional al riesgo de anomia y anarquía.

En abril se dio inicio a un movimiento de protesta pacífica activa, vinculada al espíritu de desobediencia civil, lo cual ha derivado rápidamente en rebelión popular. En ese proceso se produce algo que es reconocido por los estudiosos de estos movimientos, en tanto que si bien ellos se inician como movimientos pacíficos, en el desarrollo de su actuación se generan situaciones de violencia. Por una parte, debido a la respuesta estatal y, por otra parte, como consecuencia del surgimiento de sectores inclinados a las prácticas de violencia. 

Asimismo, cabe destacar que estos movimientos de protesta expresan una notoria creatividad que acompaña a la espontaneidad de origen, lo que también se ha evidenciado en esta protesta venezolana. Y hay que destacar, como característica específica, la significativa participación de extremos etarios, los jóvenes (algunos casi niños) y los adultos mayores (tercera edad), los primeros en su papel de vanguardia (futuro y presente, rebeldía y entusiasmo), los segundos (disposición a pesar de las limitaciones) uniendo pasado, presente y futuro.

En nuestro caso se observa una escalada de la violencia, a pesar de que la dirección del movimiento sigue teniendo una orientación pacífica. Violencia que ha contado con el impulso expreso por parte del régimen, con una considerable brutalidad en la desmedida, alevosa e indiscriminada represión a cargo de la GNB y la PNB.

Por su parte, la dirección política opositora, de manera progresiva, ha vencido dificultades derivadas de su diversidad y pluralidad y se ha fortalecido en la unidad, al punto de haber alcanzado un triunfo significativo en las elecciones parlamentarias de 2015, que ha permitido conformar una Asamblea Nacional como opción institucional de contrapeso al Ejecutivo Nacional, aunque con las dificultades de la hegemonía ejercida por éste, con su control fáctico sobre los demás órganos del Poder Público. Se trata de un equilibrio muy inestable que depende mucho del crecimiento de la fortaleza que logre alcanzar la AN, al tiempo que el Ejecutivo Nacional vaya debilitándose.

La antes señalada situación de rebelión pudiera contribuir a ese fortalecimiento; pero ello dependerá, en buena parte, de la inteligencia con la que actúe la dirección opositora. De allí la preocupación por las debilidades que aun tiene, y lo que también explica la incertidumbre que genera el que esa dirección política funcione ocasionalmente cuando las actuaciones pueden ser conducidas con cierto grado de orden por gestión de la MUD y los partidos de oposición, pero que tienda a disminuir ante decisiones y actuaciones de grupos radicales espontáneos, que en momentos obligan a que la dirección opositora ceda con la modificación de instrucciones para las actividades del día. Por ello esa dirección opositora ha de actuar con inteligencia y con el mayor grado posible de racionalidad para compensar o contrarrestar los efectos de la emocionalidad de grupos radicales espontáneos. Emocionalidad que tiende a encontrar reciprocidad (natural) en el común de la gente, dadas las condiciones de la angustia que se sufre cuando no se atisba soluciones inmediatas. Se requiere, entonces, del manejo de esas situaciones con inteligencia emocional

A pesar de estas dificultades, se han dado pasos importantes en la lucha contra un régimen de carácter hibrido (posiciones autoritarias y formas de democracia) que ha devenido en francamente autoritario con fuerte tendencia al totalitarismo. Así, en la lucha contra esta dictadura militar y militarista, luego del significativo avance obtenido con la votación alcanzada en diciembre de 2015, y la consecuente conformación de un parlamento con clara mayoría opositora, la AN ha dado pasos institucionales, y ante ello el régimen ha respondido con actuaciones definidamente inconstitucionales que significan una expresión propia de los golpes de Estado. Y en este caso se ha venido dando una especie de golpe de Estado continuado, que se explica por una actuación dictatorial y autoritaria acompañada de la retórica (cada vez más débil) de un supuesto respeto a la Constitución. Esta combinación es cada vez menos efectiva, en tanto que se hace difícil para el régimen la actuación dentro de ciertas formas de democracia, viéndose obligado a suspender inconstitucional e ilegítimamente las elecciones regionales y locales, evitar abruptamente la revocatoria del mandato presidencial, y tratar de anular la actuación del parlamento con decisiones inconstitucionales del TSJ, como única forma de mantener poder sin recurrir (expresamente) a la fuerza física. Ese golpe continuado se sostiene, además, en una declaración inconstitucional de estado de excepción con prorrogas continuas.

Hay que observar que también, mientras en el lado opositor se consolida la unidad, ella se resquebraja en el lado del régimen con el crecimiento de la disidencia en el PSUV y la actuación institucional de la Fiscalía General de la República. Esto, aparte de la dificultad que tiene el sucesor de mantener la unidad de mando que sostenía el líder fallecido, lo que ha conducido a un mando de múltiples cabezas.

Ante la situación conflictiva se ha venido produciendo una actuación de terceros internacionales. Tercería que tiende a ser más efectiva que la de carácter nacional, debido a la anulación que han sufrido los actores llamados a cumplir ese papel, como efecto de la estrategia y actuación del líder fallecido. Y esa mayor efectividad también implica su crecimiento cuantitativo con la incorporación de nuevos actores, tanto individuales como de organización.

En este complejo proceso, la AN ha dado un paso de significativa importancia al acordar la consulta o plebiscito realizado el 16 de julio, solicitando la opinión del soberano en el sentido de dar respaldo institucional al Parlamento, incluida la exigencia a los órganos del Poder Público y a la Fuerza Armada de reconocer a la AN; y al mismo tiempo oponerse a la convocatoria inconstitucional e ilegítima de la Asamblea Constituyente Comunal. Y como tercer objeto se busca legitimar una posible transición que se produzca a partir de elecciones extraordinarias. Esta consulta se realiza a escasos 15 días de la elección de constituyentistas ya programada por el régimen

La contundencia de esa decisión de la AN provocó como reacción, por parte del régimen, un asalto al parlamento caracterizado por una violencia desmedida efectuada por la organización para-militar conocida como “los colectivos”, asalto que se llevó a cabo con la anuencia de la GNB. Lo desmedido de este acto violento hace ver experiencias del pasado como simple expresiones de violencia simbólica o sicológica. Ello ha causado una fuerte impresión en el ambiente externo, caracterizado por ser un mundo globalizado en el cual lo que ocurre en un determinado país no es un hecho aislado y puede tener repercusiones en otras latitudes. Tal preocupación global produce la movilización de terceros internacionales, buscando incidir en el proceso que estamos viviendo; de allí que se sorprenda a Venezuela con una medida de arresto domiciliario para Leopoldo López, ejecutada en horas de la madrugada y conocida primero en el exterior y luego en Venezuela. Esta decisión constituye una actuación obligada de parte del régimen, un actor que se encuentra en retroceso ante la actuación de su adversario u oponente, y también es consecuencia de sus propios errores. Lo que hace pensar en la posibilidad de algunos otros “gestos obligados”, como pudiera ser la libertad de otros presos políticos.

De esa manera, la celebración de la consulta del 16j, adquirió una relevancia mayor, dado que se percibía que su éxito podría tener consecuencias definitorias y conducirnos a momentos definitivos, los cuales estarían enmarcados en el inicio de una transición que podría ser transada, acordada o negociada, o por el contrario conducirnos a la imposición de una transición que, de cierta manera, ya se ha iniciado. La primera opción sería una transición hacia la democracia, vista como democratización o redemocratización; la segunda sería la consolidación de un proceso de transición en marcha hacia formas definidas de autoritarismo, hacia la instauración definitiva de una dictadura militar de rasgos totalitarios.

La experiencia del 16j también reveló la compensación que produce la intervención ciudadana en organizaciones formales (asociaciones diversas de la sociedad) y no formales (el voluntariado), participación que fue clave en la organización específica de la consulta y de su resultado exitoso, lo que conduce a hablar de rebelión ciudadana, en lugar de popular; y que genera expectativas en cuanto a un necesario proceso de reconstrucción de la sociedad venezolana.

Si tomamos en cuenta que en lo que va de siglo se ha venido dando una confrontación entre una tendencia de carácter progresista que aspira mejorar la democracia y descentralizar el poder, que comenzó a expresarse a finales del siglo pasado; y ella es contrarrestada por otra tendencia, de carácter regresivo, que desde el poder nos ha venido conduciendo a prácticas y formas autocráticas de nuestro pasado (antes de la experiencia democrática), procurando la concentración del poder y la hegemonía militar. Se podría estar planteando un trascendental dilema. En ese sentido, o se hace todo lo posible por una transición hacia la democracia, sin pretender una salida política perfecta y pura, o en Venezuela se consolidará un régimen autoritario de dictadura militar y totalitaria. Y esto obliga a una actuación inteligente, con la atención en una necesaria intervención de terceros, en este caso de carácter internacional. De otra manera, el alto grado de conflictividad, con rasgos de anarquía y anomia, y con algunas expresiones de barbarie como la toma de la justicia por mano propia, pudiera conducir al caos; y con la degeneración hacia un Estado fallido, pudiéramos tener como riesgo la imposición de un tercero de fuerza (tipo Cesar o Bonaparte).

El momento exige prudencia, astucia e inteligencia, es decir razonabilidad; pero al mismo tiempo exige celeridad, respuesta inmediata, organización día a día y un importante grado de efectividad. Realmente, una prueba difícil para una dirigencia política compuesta, en buena parte, por gente joven cuya experiencia de vida política se circunscribe a la era chavista y el inicio de la era post chavista. Se trata de un importante reto o desafío.

En todo caso, la dirección opositora hizo una nueva apuesta, y se obtuvo un resultado, pues la consulta del 16j fue un éxito. Cierto que no satisfizo las expectativas que algunos sectores se habían hecho y promovieron por las redes, pero en términos objetivos, ante las dificultades operativas, organizativas e institucionales para realizar la consulta, ella se dio con una muy buena participación tanto en sentido cuantitativo como cualitativo, bastante cerca de los 8 millones de participantes y con una significativa participación en zonas populares (sectores de menores recursos), lo que implica una coincidencia de intereses de las clases media y baja. Situación ésta que condujo a algunas expresiones de violencia por parte del régimen, como manera de enfrentar la evidente pérdida de apoyo popular.

Ese éxito tuvo una importante repercusión internacional. De inmediato se produjo el pronunciamiento de Presidentes y ex Presidentes, así como de representantes de organizaciones, en el sentido de advertir de la legitimidad de la consulta y de la necesidad de desistir y suspender la constituyente, como consecuencia de ello.

En sentido político e institucional, la Asamblea Nacional asume los resultados, y en su actuación se destaca, como paso trascendente, la designación de nuevos Magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, en la ruta a restablecer el hilo constitucional. Esto significa que la AN, como órgano de representación, acoge la decisión del pueblo soberano y se somete a ella, a la vez que exige un comportamiento semejante de parte de los demás órganos del Estado. De manera que lo novedoso del caso está en una legitimación previa o anterior de los actos a realizar. A diferencia de la legitimación posterior a la realización de un golpe de Estado, que sería lo planteado para el caso de la llamada Asamblea Constituyente Comunitaria y su posible producto (una nueva Constitución). Se trata de un “golpe anunciado”, que está en desarrollo y que aspira legitimarse con la instalación de esa asamblea y su producto normativo.

Conforme a esto, ya la AN ha aprobado el informe que contiene los resultados de la consulta, y en consecuencia procede a la designación de nuevos Magistrados del TSJ, posteriormente realizará otros actos conforme a atribuciones y facultades establecidas en la Constitución. Mientras en paralelo, la MUD anuncia su decisión referente a los posibles acuerdos de gobernabilidad. Por otra parte, la efectiva celebración de la constituyente podría implicar una posible confrontación de poderes públicos. La ya legitimada AN, por una parte, y la constituyente y los órganos que ella creé, por la otra. Actos que requieren de un análisis aparte (posterior).

En el tiempo que corre hasta el 30 de julio habrá de producirse nuevas diferencias en el seno del régimen, así como nuevas actuaciones de terceros internacionales; sin descartar la posible suspensión o diferimiento de la elección de integrantes de la asamblea. También estaremos pendientes de ello.


Lo que queda de Venezuela


Joaquín Villalobos*


En Latinoamérica están en marcha tres transiciones que golpean a la extrema izquierda: el fin de la lucha armada en Colombia; el retorno gradual, pero irreversible, de Cuba al capitalismo; y el final de la Revolución Bolivariana.Venezuela es el eje de estas tres transiciones. Con más de 400 presos políticos y la negación a la alternancia mediante elecciones libres, el régimen chavista se destapó como dictadura. Después del intento de Fujimori, se acabaron en el continente las dictaduras de extrema derecha y tras casi 40 años de democracia solo quedan las dictaduras de extrema izquierda en Cuba y Venezuela. En este contexto, los 100 días de protestas contra Maduro se han convertido en la rebelión pacífica más prolongada y de mayor participación en la historia de Latinoamérica. Ninguna dictadura anterior enfrentó un rechazo tan contundente.

Si Nicolás Maduro hubiese aceptado el referéndum revocatorio en el 2016, posiblemente hubiera perdido conservando un 40% de los votos. Pero ahora cada día que pasa su soporte es menor, con lo cual Maduro se está convirtiendo en el sepulturero de la Revolución Bolivariana. Es totalmente falso que en Venezuela haya una lucha entre izquierda revolucionaria y derecha fascista; el régimen venezolano está enfrentado a una coalición de fuerzas esencialmente de centro que incluye a partidos, líderes, organizaciones sociales e intelectuales de izquierda que creen en la democracia y el mercado. Lo que está en juego en Venezuela es el futuro del centrismo político en Latinoamérica, porque en esta ocasión, las fuerzas democráticas no son compañeros de viaje de extremistas ni de derecha, ni de izquierda. La derrota del extremismo abre la posibilidad de alcanzar una mayor madurez democrática en el continente.

Chávez pudo darle unos años más de vida al régimen cubano que ahora, literalmente, está buscando desprenderse de la teta petrolera venezolana para agarrarse de la teta financiera norteamericana. Hace 18 años era intelectualmente obvio que la Revolución Bolivariana tenía fecha de caducidad. La historia de sube y baja de los precios del petróleo y los avances tecnológicos volvían absurda la pretendida eternidad de un socialismo petrolero que permitiera repartir sin producir. Sin embargo, izquierdistas de toda Latinoamérica, España, Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y del resto del mundo vieron en Hugo Chávez la resurrección del mesías y en Venezuela el renacimiento de la utopía que había muerto en Europa Oriental y agonizaba en Cuba. La euforia fue tal que, para muchos, ser de izquierda implicaba aplaudir a Chávez y no criticar a Fidel Castro. La chequera venezolana compró lealtades a escala universal. Sin duda el final del régimen dejaría perdedores en todas partes, por eso sigue conservando defensores y obteniendo silencios.

Pero, finalmente, tal como era previsible, se produjo la implosión del socialismo del siglo XXI y la crisis humanitaria que ha generado es descomunal; la fiesta del despilfarro revolucionario y del robo oportunista ha terminado. El modelo chavista saltó de la inclusión social a la multiplicación exponencial de la miseria. El modelo está muerto y absolutamente nada puede recuperarlo. El régimen de Chávez fue el único de los llamados bolivarianos que le declaró una guerra abierta al mercado con expropiaciones que acabaron con la economía de Venezuela. Ahora solo le queda la fuerza bruta del carácter militar que siempre tuvo. Las ideas que acogió Chávez fueron más una oportunidad para la tradición militarista venezolana que una definición ideológica. El principal factor de cohesión de la Revolución Bolivariana nunca fue la ideología, sino el dinero. Con los billones de dólares en ingresos petroleros fue fácil que un grupo de militares se decidiera, para beneficio propio, confesarse izquierdistas.

Los militares venezolanos tienen más generales que Estados Unidos, ocupan miles de puestos de gobierno, han armado paramilitares, se han involucrado en el narcotráfico, han intervenido y expropiado empresas, se benefician de la corrupción, controlan el mercado negro, reprimen, apresan, torturan, juzgan y encarcelan opositores. En 17 años los militares han matado casi 300 venezolanos por protestar en las calles. En la historia de las dictaduras latinoamericanas no ha existido una élite militar que haya podido enriquecerse tanto como la venezolana y todo esto lo han defendido como “revolución popular” los extremistas de izquierda en todo el planeta. La plata venezolana logró que intelectuales de primer y tercer mundo establecieran que los antes “gorilas derechistas” fueran reconocidos como un fenómeno revolucionario.

En el pasado, los revolucionarios latinoamericanos fueron perseguidos por Estados Unidos; los bolivarianos, por el contrario, tienen propiedades y cuentas bancarias en Florida. A Venezuela no necesitan invadirla como a Cuba, tampoco requieren armar contrarrevolucionarios como lo hicieron con Nicaragua. La Revolución Bolivariana no depende de Rusia, ni de China, sino de que su enemigo, el “imperialismo yankee”, le siga comprando petróleo. Venezuela cubre solo el 8% del mercado estadounidense. Suspender esa compra no afectaría a Estados Unidos y no sería una agresión, sino una decisión de mercado. Por ello, aunque parezca inaudito, Maduro sigue gobernando gracias a la compasión de Donald Trump. No hay argumento antimperialista que valga, Estados Unidos no ha metido su mano en Venezuela como la metió en Chile, República Dominicana, Panamá o El Salvador.

Los enormes progresos en bienestar logrados por el centroizquierda en Costa Rica, Chile, España y, no digamos, Suecia, Noruega o Dinamarca respetando la democracia y el mercado contrastan con el desastre social y económico de Cuba y Venezuela. Es incomprensible la terquedad de los utópicos de querer hacer posible lo imposible. Chávez no inventó un nuevo socialismo para el siglo XXI, sino que repitió el camino equivocado al pelearse con las fuerzas del mercado y ahora sus herederos hacen lo mismo contra la democracia.

El supuesto marxista era que la Revolución Bolivariana lograría el desarrollo de las fuerzas productivas, pero, al igual que en Cuba, lo que hubo fue destrucción de las fuerzas productivas. Los bolivarianos hicieron retroceder la producción de petróleo y despilfarraron los ingresos más altos que ha tenido Venezuela en toda su historia. Pero no solo se contradijeron con Carlos Marx. En Venezuela a los de arriba se les ha vuelto imposible gobernar, hay un agravamiento extremo de la miseria de la gente y existe una intensificación extraordinaria de la lucha popular. Estas son las tres condiciones que estableció Vladímir Lenin para reconocer la existencia de una situación revolucionaria. Qué triste debe ser comprarse una revolución de mentiras y ser derrotado por una de verdad. Como dice Rubén Blades en su canción: “Sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas”.

Joaquín Villalobos fue guerrillero salvadoreño y es consultor para la resolución de conflictos internacionales.
El País, 21 julio 2017