sábado, 30 de enero de 2016

Sobre el debate en la AN. El tiempo ha comenzado a contarse en reversa


Asdrúbal Romero M. 



Me preguntan: ¿Por qué no has vuelto a escribir sobre el país? Cuando aprecio que dispongo de tiempo para explicar mi repuesta al interlocutor de turno, comienzo expresándole que en mi fuero interno no siento que haya nada nuevo sobre qué escribir. Suelen mirarme con cara de cómo puede ser eso, si todos los días se producen noticias profusamente comentadas, sobre todo con ese tira y encoge que se viene escenificando a nivel de la Asamblea Nacional (AN). Lo cierto es que, eventos más, eventos menos, yo siento que lo que viene ocurriendo en el país continúa apegado a las líneas gruesas de un guión que no se ha alterado ni en un ápice.

El país sigue encaminado hacia un desastre humanitario. Pareciera, incluso, que en el exterior están más claros sobre lo que nos viene. La resonante victoria de la oposición el 6D abrió una rendija de oportunidad para que se produjese un cambio de dirección, pero fue el mismísimo gobierno quien se encargó de cerrarla con un rotundo portazo, al dar muestras claras que no estaba dispuesto a rectificar sus políticas para atender lo que ellos mismos reconocen como una situación de emergencia económica.

No hay rectificación, por ende: las nefastas tendencias continúan, implacablemente, dictaminando el rumbo hacia el precipicio. Sobre su origen ya hemos hablado en diversas oportunidades en este espacio de opinión, por lo que no voy a abundar en ello. Sí voy a insistir en que tales tendencias, como consecuencia de su propia dinámica y de que no se ha producido ni una sola medida gubernamental que intente contrarrestar los dañinos desequilibrios que las generaron, continúan retroalimentándose positivamente, tal cual una bola de nieve que viniese rodando por una pendiente cada vez más escarpada, haciéndose más voluminosa e incrementando el esfuerzo que se requeriría para, al menos, desacelerar su marcha. Se requiere detenerla y comenzar a empujarla cerro arriba, lo que nos aporta una lectura sobre lo doloroso y traumático que será para todos los que aquí habitamos: el programa de ajustes que habrá de implementarse para corregir ciento ochenta grados este insensato rumbo hacia un gravísimo estado ruinoso del país en lo económico y en lo social.

Se ha perdido mucho tiempo ya. Y se continúa perdiendo. La explosión, estallido, o como se le quiera llamar, puede ocurrir en cualquier momento. Hay quienes me argumentan que no va a pasar nada, que el pueblo ya se ha acostumbrado a todo lo malo que le ha deparado este régimen. Y yo me enrabieto, realmente es así, cuando no logro hacerles ver que este proceso es como el de una liguita que se continúa estirando. Uno podrá equivocarse en el pronóstico del tiempo que le tomará a la liguita reventarse, pero: ¿puede haber dudas que de continuarse estirando a ésta va, ineluctablemente, a llegar el momento en que se rompa?

En este escenario, que es el que a mí más me conmueve, todo lo demás me resulta, sinceramente, un tanto accesorio. ¿Para qué voy a escribir opinando sobre lo chévere que me pareció el discurso de Henry Ramos Allup después del de Maduro, supuestamente, rindiendo cuentas? ¿O el de Pizarro, Marquina o Montoya? Si lo hago, también tendría que destilar algunas críticas sobre las prioridades que se vienen reflejando en la selección de los temas que conforman la agenda legislativa –ya se comienza a observar acerbas críticas en las redes sociales con respecto a esto-. Ya se sabe lo mal que lo llevamos en este país los “managers de tribuna”, máxime cuando corremos el riesgo de ser calificados de impenitentes nubes negras.

En resumidas cuentas: yo no desestimo, para nada, el inmenso esfuerzo político que se ha hecho para que la AN recupere su espacio de ser la gran palestra política que el país se merece en este tiempo tan oscuro y ante el proceder tan correoso del régimen que controla los demás poderes. Pero, ya a estas alturas se debería haber internalizado que la AN, debata más, debata menos, no va a lograr con sus deliberaciones torcer el infausto rumbo de empobrecimiento que ya hemos caracterizado. Si la mayoría de la AN intentara navegar hacia aguas más profundas, tratando de ser pertinente a las expectativas de ese pueblo que votó, mayoritariamente, por ella para que le comenzaran a resolver sus problemas de sobrevivencia, ya está cantado que el Régimen la va a desconocer por “inconstitucional proceder”.

Los diputados de la Oposición, en consecuencia, deben tomar consciencia que ese espectáculo político en la AN, por sí sólo, tiene un lapso finito de tiempo en el que puede resultar políticamente eficaz. Transcurrido ese lapso, corren el riesgo de ser víctimas de un “Que se vayan todos”, como el que se produjo en Argentina (2001) en una crisis que me atrevo a calificar de menos grave que la que tenemos entre manos -también el movimiento de los indignados en España (2011) recurrió a este slogan-. Deben saber también, aprovecho para manifestarlo, que a una inmensa mayoría nos resulta, angustiosamente, irritante que estén dispuestos a protagonizar un debate electoral abierto sobre las diferentes opciones candidaturales para las elecciones de gobernadores para finales de este año. Señores, en este país el tiempo se ha comenzado a contar en reversa, con relojes de una arena humedecida por las copiosas lágrimas de esta crisis.

¿Qué debe entonces hacer la Oposición? El debate político en la AN debe continuar, pero la estrategia debe ajustarse con la visión de alcanzar una posición de mayor fortaleza política en ese enfrentamiento de poderes que ya es crónica anunciada. Lo otro, lo más importante, lo que es distinto al “por sí solo”, es ponerse a la cabeza del pueblo a los efectos de liderizar, con buen tino político, un gran movimiento de protesta pacífica que no se detenga hasta salir de este gobierno, porque con él, ya está demostrado, no vamos a salir de esta crisis, todo lo contrario: se va a seguir profundizando. Me sumo así, públicamente, a las voces de otros generadores de opinión que han comenzado a decirlo. El debate en la AN no puede convertirse en factor anestesiante de la voluntad de cambio que motivó al pueblo a conferirles una holgada mayoría.





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