sábado, 27 de febrero de 2016

Transición o restauración política

Nelson Acosta Espinoza
La ciencia política o, lo que es lo mismo, la meditación sobre el acontecer colectivo tiende  a establecer diferencias y velocidades en los procesos de cambio social, cultura  y, desde luego, político. Estas reflexiones teóricas tienen un sentido práctico. Pueden ser utilizadas para el análisis y definición de estrategias que busquen producir transformaciones en un orden político determinado. Por ejemplo,  cuando se produce un debilitamiento de la coalición dominante y la emergencia de una oposición con clara opción de gobierno, estamos en presencia del inicio de un proceso de transformación de un determinado régimen político.

Ahora bien, me parece necesario hacer una distinción entre dos resultados predecibles en el desarrollo de una crisis política. Pudiera su desenlace, por ejemplo, originar un cambio de régimen o, también, la restauración o  re afirmación del sistema sometido a la presión transformadora. En el primer caso, esto es, cuando el sistema sufre transformaciones sustantivas a nivel de los valores, normas y estructura de autoridad, estamos frente a un proceso de transición política. En la segunda opción, por el contrario, la crisis es de proporciones limitadas.

Debo excusarme, amigo lector, por esta introducción un tanto abstracta. Estoy intentando esclarecerme en relación a los procesos de transformación política que comienzan a sucederse en el país. ¿Con cuál propósito? Bueno para intentar evaluar correctamente (disculpen la pretensión) estos acontecimientos. En concreto, aspiro poder  responder estas preguntas: ¿la dinámica política  conducirá al país hacia una transición? ¿O, por el contrario, se operara un proceso de restauración política?

Me parecen validas estas interrogantes. Voy a referirme, a manera de ilustración,  a los acontecimientos que se desencadenaron a partir de finales de la década de los ochenta. Es indudable que en el país se desato una crisis que cuestiono los fundamentos del dispositivo democrático. Existió, en consecuencia,  la posibilidad de iniciar un proceso conducente a la alteración sustantiva de este régimen. En especial de los componentes valóricos que daban forma a la “cultura de la política”. Sin embargo, las élites políticas no pudieron desembarazarse de sus viejos hábitos y se malgastó la oportunidad de iniciar el proceso de transición. La crisis la aprovecho una cúpula militar. Y, con la complacencia de vastos sectores políticos y empresariales, restauraron lo sustantivo del “Ancien Régime”.

Si, amigo, lector. La revolución bolivariana fue una operación restauradora. Con un celofán político nuevo,  cubrieron las viejas prácticas populistas que prevalecían en el marco del petro estado venezolano.

De nuevo, el petro estado ha entrado en crisis. En esta ocasión su deterioro pudiera ser la oportunidad para formular un proyecto de transición política en los términos formulados al inicio de este escrito: transformación sustantiva de valores, normas y estructura de autoridad.

Creo que existe una condición previa para poder iniciar la transición  deseada. Los actores del cambio deben renovar y despojarse de las viejas costumbres y hábitos que caracterizaban la anterior  “cultura de la política”. Esos viejos hábitos excitan la “pulsión” restauradora.

En fin esta reflexión, humildemente, tiene como finalidad alertar sobre el peligro restaurador que se oculta en las desviaciones de naturaleza electoral. El electoral debe estar subordinado al momento político. Y, este último momento, es condición necesaria para poder llegar con éxito a las elecciones. Si los actores políticos  invierten estos tiempos se ubicarían en la lógica restauradora.

Cuidado, entonces, con una nueva frustración. La ciudadanía no lo perdonaría. Las consecuencias serian desastrosas y pondrían en peligro el transito pacifico hacia una nueva forma de ordenamiento político.







                                                                                                                 

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