jueves, 7 de febrero de 2013

El brujo magnánimo


Nelson Acosta Espinoza

Si la memoria no me falla, creo que fue nuestro genial José Ignacio Cabrujas, con su inconfundible agudeza, quien definió como un “brujo magnánimo” al estado venezolano. No se equivocó. Nuestros gobernantes se han desempeñado como “magos” extrayendo de su respectiva chistera petrolera los recursos necesarios para financiar alucinaciones que han sustituido a la realidad. “La gran Venezuela” y “El socialismo del siglo XXI” son ejemplos paradigmáticos de estas alucinaciones floridas.

Sin embargo, a pesar de su carácter alucinador, estas experiencias se sitúan en polos distantes. La primera, se correspondió con un ejercicio ingenieril y racionalista que postulaba la posibilidad de ordenar el estado a partir de una razón instrumental (Gumersindo Rodríguez). La segunda, encaja perfectamente en la magia que caracteriza el pensamiento de un bricoler (Jorge Giordani). En este caso, el planificador pretende organizar el tejido social a partir de coleccionar fragmentos de estructuras preexistentes; retazos de una realidad ya superada que, sin embargo, proporciona los materiales para elaborar una nueva taxonomía de lo real. Aquí se inscriben el sinnúmero de iniciativas alucinantes promovidas por esta nueva versión del “brujo magnánimo” que caracteriza la acción socialista de gobierno (independencia nacional, socialismo bolivariano, Venezuela país potencia, nueva geopolítica internacional, salvar el planeta). Ninguno de estos dos estilos, el racionalista y el mágico, han podido doblegar la terquedad de lo real. Los problemas no tan sólo persisten, sino que se han magnificado.



En el plano escénico, este estado bricoler mostró su colcha de retazos en los actos diseñados para celebrar el intento fallido de golpe militar el 4 de febrero de 1992. Esta puesta de escena combinó elementos heterogéneos. Mezcla barroca de fragmentos culturales inconexos: aprestos militares modernos, cantantes, comediantes y actores; discursos destemplados de un primitivismo ideológico que suscitaba imágenes del fascismo italiano y el film “El Gran Dictador” de Charles Chaplin (1940); disfraces carnavalescos, rostros sobrecogedores, empleados de gobierno afranelados en rojo, santería cristiana (¿?). En fin, un amasijo que expresó el carácter bricoler de un gobierno que ha asumido la prestidigitación como política de estado.

Un punto a resaltar en esta mezcla barroca. El sentido agónico expresado en los arrestos amenazadores de los discursantes. Es la tribulación que invade el alma cuando el gran mago no puede acudir al acto final de prestidigitación.


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