jueves, 16 de mayo de 2013

Kuznets y Gini en el Facebook



Asdrúbal Romero M.


Leí un comentario muy inusual en las redes sociales: “En todas las discusiones que he tenido con los adoradores de Chávez y su ‘paraíso socialista’ que viven en el extranjero, todos tratan de chapearme con el mentado índice Gini. Todos citan el condenado índice como el Santo Grial que prueba en forma definitiva como todos los que criticamos a Chávez (incluidos los venezolanos que vivimos acá) estamos equivocados (y que somos, indudablemente, seres demoníacos)”. Sorprendente en verdad: conseguirse con un texto como este en el Facebook; no pude evitar la tentación de entrar en el coloquial intercambio entre unos jóvenes, al parecer, con llamativa inquietud intelectual. Les sugerí una tarea, la cual pretendo resolver, lo más sencillamente que pueda, en este artículo.
El índice de Gini es un indicador de la desigualdad en los ingresos de los pobladores de un país. Un valor de cero se corresponde con la perfecta igualdad (todos perciben los mismos ingresos) y un valor de cien se correspondería con la hipotética desigualdad perfecta (una persona percibe todos los ingresos y los demás nada). Es más sofisticado que el indicador que utiliza el Banco Mundial para medir la desigualdad social, resultante de dividir la suma de los ingresos de los pobladores ubicados en el quintil más rico entre la de los ubicados en el quintil más pobre. En todo caso, debería quedar claro, ahora, porque a los defensores de las políticas oficialistas les encanta que Venezuela se ubique en el puesto 84, mientras Chile está posicionado mucho más atrás, en el 141, en una lista ordenada de menor a mayor índice de Gini de todos los países del mundo. ¡Como en Chile hay más desigualdad, nosotros estamos mejor!
Al respecto, recordé lo que sostenía Simón Kuznets, Premio Nobel de Economía de 1971. Analizando la relación entre crecimiento económico y desigualdad social, él defendía la hipótesis de que la misma iba cambiando según fuera el grado de desarrollo de las naciones. Si nos vamos a una aldea tribal en África, independientemente de las desigualdades políticas que podamos conseguir –no es igual el estatus del reyezuelo o del hechicero que el de los demás-, en el plano económico todos serán pobres. En las sociedades premodernas se daba la coincidencia de un bajo nivel de desarrollo y un bajo nivel de desigualdad social. Sin embargo, eso cambia cuando se inicia el proceso de desarrollo económico. En la primera etapa se ocurre lo que Marx denominó “acumulación primitiva”. Los acumuladores comienzan a enriquecerse antes que los demás. La desigualdad económica, por lo tanto, se instala en el sistema. Es la durísima etapa donde crecimiento y desigualdad avanzan simultáneamente, que fue lo que suscitó la severa denuncia moral de Marx.
Cuando se llega a un cierto nivel de desarrollo económico, la desigualdad social comienza a bajar. Kuznets señalaba dos razones para ello. En primer lugar, una estrictamente económica: como a los industriales “acumuladores” les interesa un mercado creciente en el que puedan colocar su producción, les conviene aumentar los ingresos de sus propios trabajadores a fin de convertirlos en consumidores. Un juego de suma positiva, donde todos ganan. Aludía, como ejemplo, a la revolución del industrial norteamericano Henry Ford. Pero también hay una segunda razón de orden político: como los países económicamente desarrollados tienden a democratizarse tarde o temprano (averigüen si hoy existe un país realmente desarrollado que no sea democrático), la votación de la mayoría más pobre pesa más que la de la minoría más rica y se genera una acentuación de las políticas distributivas.
Kuznets lanzó entonces su famosa curva de la U invertida, como una descripción gráfica de la evolución de la desigualdad en el curso de los procesos de desarrollo económico. Cuando los países son muy pobres, se ubican en el piso de la primera “pata” de la U invertida.  Fue lo que ocurrió con la India, que a raíz de su independencia se acogió a un socialismo precapitalista. Debido a esa tradición política, en 1995 todavía ocupaba un excelente lugar en la lista ordenada de menor a mayor desigualdad, un excelente 4,7 (índice del BM), pero su producto territorial por habitante era apenas 300 dólares. Repartía bien, sí, pero migajas. Hoy eso está cambiando, al igual que China, un excelente ejemplo de lo que ocurre cuando la acumulación crece a la par que la desigualdad. Todo el mundo habla de los “nuevos ricos” chinos que les encanta comprar bolsos de Louis Vuitton y vehículos Ferrari, mientras que una gran parte de su población se mantiene todavía en escandalosos niveles de pobreza. Fue el caso de Brasil  que creció espectacularmente durante la dictadura militar (1964 a 1985), pero en 1995 tenía la relación de desigualdad más alta del planeta: ¡un descomunal 32,1!
Después de alcanzar el lomo de la “U” invertida, se da una tercera etapa donde la desigualdad comienza a bajar por la segunda “pata”. Se comenzarán a reflejar desigualdades semejantes a la de la primera “pata”, sólo que ahora irán acompañadas de niveles de vida incomparablemente superiores. Chile se encuentra en la bajada, su índice de desigualdad todavía es muy alto, peor que el de Venezuela, pero su PIB per capita es 18354 dólares (puesto 49 según estimados 2012 del FMI) y sólo 11% de sus pobladores se considera que viven en estado de pobreza. En nuestro país es el 30% y el PIB per capita es 13242 dólares (puesto 71). ¿Cuál de los dos países anda mejor?
La tarea que les sugerí a los chicos fue que revisaran la “U” invertida de Kuznets. Fue así como él y Corrado Gini se encontraron en el Facebook con mis jóvenes amigos, mientras recordaba mis tiempos de ocio madrileño leyendo a Mariano Grondona. El ensueño se convirtió en angustia: ¿Y será que éstos que nos gobiernan nos quieren retroceder a la India de 1995? Todos muy pobres, mendigando por migajas. ¡Si los dejamos!

1 comentario:

leonor soteldo dijo...

Excelente razonamiento. Espero que el pueblo decida no dejarlo.