Enrique Krauze
El populismo ha sido un mal endémico de América Latina. El líder populista arenga al pueblo contra el “no pueblo”, anuncia el amanecer de la historia, promete el cielo en la tierra. Cuando llega al poder, micrófono en mano decreta la verdad oficial, desquicia la economía, azuza el odio de clases, mantiene a las masas en continua movilización, desdeña los parlamentos, manipula las elecciones, acota las libertades. Su método es tan antiguo como los demagogos griegos: “Ahora quienes dirigen al pueblo son los que saben hablar… las revoluciones en las democracias... son causadas sobre todo por la intemperancia de los demagogos”. El ciclo se cerraba cuando las élites se unían para remover al demagogo, reprimir la voluntad popular e instaurar la tiranía (Aristóteles, Política V). En América Latina, los demagogos llegan al poder, usurpan (desvirtúan, manipulan, compran) la voluntad popular e instauran la tiranía.
Esto es lo que ha pasado en Venezuela, cuyo Gobierno
populista inspiró (y en algún caso financió) a dirigentes de Podemos. Se diría
que la tragedia de ese país (que ocurre ante nuestros ojos) bastaría para
disuadir a cualquier votante sensato de importar el modelo, pero la sensatez no
es una virtud que se reparta democráticamente. Por eso, la cuestión que ha
desvelado a los demócratas de este lado del Atlántico se ha vuelto pertinente
para España: ¿por qué nuestra América ha sido tan proclive al populismo?
La mejor respuesta la dio un sabio historiador
estadounidense llamado Richard M. Morse en su libro El espejo de
Próspero (1978). En Iberoamérica —explicó— subyacen y convergen dos
legitimidades premodernas: el culto popular a la personalidad carismática y un
concepto corporativo y casi místico del Estado como una entidad que encarna la
soberanía popular por encima de las conciencias individuales. En ese hallazgo
arqueológico está el origen remoto de nuestro populismo.
El derrumbe definitivo del edificio imperial español
en la tercera década del siglo XIX —aduce Morse— dejó en los antiguos dominios
un vacío de legitimidad. El poder central se disgregó regionalmente
fortaleciendo a los caudillos sobrevivientes de las guerras de independencia,
personajes a quienes el pueblo seguía instintivamente y que parecían surgidos
de los Discursos de Maquiavelo: José Antonio Páez en Venezuela, Facundo Quiroga
en Argentina o Antonio López de Santa Anna en México. (Según Octavio Paz, el
verdadero arquetipo era el caudillo hispano árabe del medioevo).
Pero la legitimidad carismática pura no podía
sostenerse. El propio Maquiavelo reconoce la necesidad de que el príncipe se
rija por “leyes que proporcionen seguridad para todo su pueblo”. Según Morse,
nuestros países encontraron esa fuente complementaria de legitimidad en la
tradición del Estado patrimonial español que acababan de desplazar. Si bien las
Constituciones que adoptaron se inspiraban en las de Francia y EE UU, los
regímenes que se crearon correspondían más bien a la doctrina política
neotomista formulada (entre otros) por el gran teólogo jesuita Francisco Suárez
(1548-1617).
La tradición neotomista —explicó Morse— ha sido el
sustrato más profundo de la cultura política en Iberoamérica. Su origen está en
elPactum Translationis: Dios otorga la soberanía al pueblo, pero este, a
su vez, la enajena absolutamente (no sólo la delega) al monarca. De ahí se
desprende un concepto paternal de la política, y la idea del Estado como una
arquitectura orgánica y corporativa, un “cuerpo místico” cuya cabeza
corresponde a la de un padre que ejerce a plenitud y sin cortapisas la
“potestad dominadora” sobre el pueblo que lo acata y aclama. Este diseño tuvo
aspectos positivos, como la incorporación de los pueblos indígenas, pero creó
costumbres y mentalidades ajenas a las libertades y derechos de los individuos.
Varios casos avalan esta interpretación patriarcal de
la cultura política iberoamericana en el siglo XIX: el último Simón Bolívar (el
de la Constitución de Bolivia y la presidencia vitalicia), Diego Portales en
Chile (un republicano forzado a emplear métodos monárquicos) y Porfirio Díaz en
México (un monarca con ropajes republicanos). Y este paradigma siguió vigente
durante casi todo el siglo XX, pero adoptando formas y contenidos populistas.
En 1987, Morse escribía: “Hoy día es casi tan cierto como en tiempos coloniales
que en Latinoamérica se considera que el grueso de la sociedad está compuesto
de partes que se relacionan a través de un centro patrimonial y no directamente
entre sí. El Gobierno nacional funciona como fuente de energía, coordinación y dirigencia
para los gremios, sindicatos, entidades corporativas, instituciones, estratos
sociales y regiones geográficas”.
En el siglo XX, inspirado en el fascismo italiano y su
control mediático de las masas, el caudillismo patriarcal se volvió populismo.
Getulio Vargas en Brasil, Perón en Argentina, algunos presidentes del PRI en
México se ajustan a esta definición. El caso de Hugo Chávez (y sus satélites)
puede entenderse mejor con la clave de Morse: un líder carismático jura redimir
al pueblo, gana las elecciones, se apropia del aparato corporativo,
burocrático, productivo (y represivo) del Estado, cancela la división de
poderes, ahoga las libertades e irremisiblemente instaura una dictadura.
Algunos países iberoamericanos lograron construir una
tercera legitimidad, la de un régimen respetuoso de la división de poderes, las
leyes y las libertades individuales: Uruguay, Chile, Costa Rica, en menor
medida Colombia y Argentina (hasta 1931). Al mismo tiempo, varias figuras
políticas e intelectuales del XIX buscaron cimentar un orden democrático:
Sarmiento en Argentina, Andrés Bello y Balmaceda en Chile, la generación
liberal de la Reforma en México. A lo largo del siglo XX, nunca faltaron
pensadores y políticos que intentaron consolidar la democracia aun en los
países más caudillistas o dictatoriales (el ejemplo más ilustre fue el
venezolano Rómulo Betancourt). Y en los albores del siglo XXI siguen resonando
voces liberales opuestas al mesianismo político y al estatismo (Mario Vargas
Llosa en primer lugar).
Esta tendencia democrática (liberal o socialdemócrata)
está ganando la batalla en Iberoamérica. El populismo persiste sólo por la
fuerza, no por la convicción. La región avanza en la dirección moderna, la
misma que aprendió hace casi cuarenta años gracias a la ejemplar Transición
española. Parecería impensable que, en un vuelco paradójico de la historia,
España opte ahora por un modelo arcaico que en estas tierras está por caducar.
A pesar de los muchos errores y desmesuras, es mucho lo que España ha hecho bien:
después de la Guerra Civil y la dictadura, y en un marco de reconciliación y
tolerancia, conquistó la democracia, construyó un Estado de derecho, un régimen
parlamentario, una admirable cultura cívica, una considerable modernidad
económica, amplias libertades sociales e individuales. Y doblegó al terrorismo.
Por todo ello, un gobierno populista en España sería más que un anacronismo
arqueológico: sería un suicidio.
(Publicado en El País, 21 de mayo 2015)
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