sábado, 14 de enero de 2017

Hacia el Mundo al Revés





Asdrúbal Romero Mujica



Un hombre entra enfurecido a una escuela. Le pregunta a alguien que pareciera fungir de portero dónde queda el aula del quinto grado. Casi sin mirar la señal silenciosa indicándole hacia donde debe dirigirse, continúa sin mediar más palabras hasta la puerta correcta. La abre e irrumpe en el aula sin pedir permiso. La maestra, sentada en una desvencijada mesa, no alcanza a reaccionar cuando ya el individuo le ha espetado una insólita interrogante: ¿Dónde está la pistola que le quitaste a mi hijo? Ella se levanta e intenta sobreponerse al instantáneo susto que le ha invadido. La entregué en la Dirección, vaya allí a presentar su queja, le responde. Se voltea hacia sus alumnos intentado tranquilizarles con una pretendida actitud de autoridad. Pero el individuo vuelve a vociferar: ruega que me la entreguen, porque si no, un día de estos amaneces con un mosquero arriba. Da vuelta atrás y sin disminuir una pizca su furia se dirige hacia la Dirección.

En la oficina del Director, quien ha retenido bajo su posesión el arma hasta consultar en instancias superiores qué se debe hacer con ella, le informan que este no se encuentra por haber sido convocado a un taller que se celebra fuera de la escuela.   El padre continúa con sus amenazas. No obstante, es notificado que su pistola le fue quitada a su hijo, un niño de once años,  cuando este la blandiera para amenazar a un compañerito dentro del mismo salón. Aun así, el individuo no se da por aludido como si lo extravagante de lo acontecido no develara un severo cuestionamiento al ejercicio de su rol como padre. Opta por retirarse profiriendo todo tipo de insultos contra el personal.

A los pocos días, desde la Zona Educativa instruyen a que se le entregue el arma al padre. ¡Así como así! El guapo y apoyado se sale con la suya. Ocurre en  una capital de estado en la que el pranato controlador de una famosa penitenciaría, ubicada en ella, ha extendido groseros tentáculos de influencia sobre la totalidad de las instituciones públicas que operan en la ciudad. ¡Incluida la Universidad!

Es sólo una de las tres historias reales con las que me recibe el 2017, justo cuando andaba buscando un tema distinto para reactivar mi blog en los inicios del nuevo año. Historias de un país que se nos ha ido de las manos, tanto que en su cotidianidad aparecen, cada vez con mayor frecuencia, rasgos de una nueva gramática –todo ese universo normativo simbólico que estructura nuestras experiencias- que opera al revés de nuestra gramática heredada y de cómo ésta va innovándose en el mundo normal. El furibundo padre, aun suponiendo que contase con un porte lícito de armas, debió presentarse en la escuela con una actitud mezcla de vergüenza y culpa, pero no: sus imágenes de lo que está bien y de lo que está mal parecieran haberse invertido. Un comportamiento como el suyo puede ocurrir a nivel individual, obviamente, pero cuando es reforzada positivamente por la institucionalidad del Estado, debe alarmarnos. Es un indicativo de que la funesta revolución de los “Destructores” nos proyecta hacia un mundo al revés. Hacia un estado fallido.

Soy receptor de los tres relatos de este nuevo mundo al revés al que Venezuela va impelida, mediante un encuentro fortuito con una maestra jubilada del Ministerio de Educación que ha ejercido su docencia en un estado rural importante, encrucijada de caminos. Al calor de un cafecito a media tarde y buscando tema de conversación le comento:

-Me ha dicho Adelaida que te estás viendo en la obligación de cerrar tu taller de tareas dirigidas. ¿Y eso por qué? –Mi interlocutora, para poder incrementar sus ingresos, actualmente trabaja en una escuela privada por las mañanas y dirige su taller por las tardes con la cooperación de otras dos maestras-.

-De treinta alumnos, sólo nos quedan seis a pesar de que cobramos un monto mensual bien módico. La matrícula de los colegios privados ha subido tanto que a los padres ya no les queda dinero para pagarles a sus hijos tareas dirigidas.

Su respuesta incita otra pregunta de mi parte:

-Supongo que el incremento de la matrícula también está teniendo un impacto sobre las instituciones educativas privadas. ¿Cómo ha sido este en la escuela que tú trabajas?

-Se pasó de secciones de cuarenta alumnos a secciones de veinte.

-Todos esos estudiantes que ya no pueden acceder a la educación privada, pasan a depender de la posibilidad de que la educación pública les pueda absorber. ¿Cuán tan bien se está dando esa transferencia en tu opinión?

-Lastimosamente. La Educación Pública está en el suelo.

-¿Mucha violencia en las escuelas públicas?

A partir de esta repregunta, noté a mi interlocutora más activada con el tema. Más abierta a compartir conmigo los relatos de una cotidianidad dantesca que los docentes a su nivel viven todos los días.

Sintetizo las otras dos historias que me llamaron más la atención. A un alumno que se le venía haciendo seguimiento por distribuir drogas en una escuela pública, otrora de las más prestigiosas de la capital del estado, el Director de la misma permite que sea detenido dentro de la institución. El estudiante es hallado culpable, pero el Director es destituido por aplicación de la Ley de Protección al Menor. En otro caso, un profesor, reconocido por todos sus compañeros de ser un buen docente y persona seria, osa hurgar en los bolsillos de una alumna para decomisarle la droga que lleva. Todos sabían que la alumna, posteriormente convertida en supuesta víctima de acoso sexual por parte del susodicho, confrontaba severos problemas de consumo de estupefacientes. La droga le fue hallada y decomisada. El profesor lleva ya preso dos años. Sus compañeros tienen plena consciencia de que es inocente, pero nadie se atreve a decir nada. Todos viven en un estado de constante temor. Saben que su rango de acción para implantar correctivos evidentes en su ámbito natural de desempeño, está severamente limitado por una institucionalidad superior progresivamente permeada por una gramática con valores invertidos.

Ya para terminar la conversación, mi interlocutora me suelta dos perlas más:

-En la oportunidad que el Ministerio de Educación prorrogó las actividades escolares por dos semanas más, la realidad era que el índice de reprobados era demasiado alto. La orden fue: que en esas dos semanas había que planificar actividades remediales para que todos aprobaran. Había alumnos que era imposible que aprobaran, no sabían nada, ni por un milagro podían pasar de grado. Pero todos los docentes cedieron a la presión. Al final: prosecución perfecta, a la inmensa mayoría hubo que regalarles la nota. Pero ojalá usted viera las dificultades que tienen estudiantes de quinto o sexto grado con la lectura, o con las operaciones de suma y resta. En el nuevo pensum, profesor –dirigiéndose a mí- basta con la asistencia para aprobar un curso. Así vamos. Así va la Educación en este país. ¿Cuál es el futuro?

Es sólo el testimonio de una persona, pero uno bien sabe cuándo el mismo tiene su origen en la grandeza de una vocación vivida con conocimiento de causa, honorabilidad y humildad. No proviene de una persona con motivaciones políticas. Todo lo contrario: el perfil de mi relatora responde más bien al de una persona pacífica que tiende a retraerse de la confrontación polarizadora en la que vivimos. Calla en medio del ruidoso tremedal, pero su buena formación como pedagoga, de esa que antes se recibía en este país, le ha llevado a tomar plena consciencia de que en materia educativa vamos siendo conducidos hacia un abismo de ignorancia y oscuridad.

La Educación en Venezuela, como todo, también es víctima de la destrucción. Ya no sólo se trata de la deshumanización progresiva que va develando la profunda crisis socio- económica, más perceptible aún para quienes regresamos al país después de tener que pasar algunos meses fuera. Se trata de la destrucción de las posibilidades de futuro en lo individual y lo colectivo, como consecuencia de esta guerra sistémica que nos ataca por todos los frentes.

Lo más triste es que entre quienes pudieran tener conciencia de esta guerra de destrucción sistemática, existe una mayoría que elude tomarla como algo personal que se perpetra en contra de cada uno de nosotros. Es la misma mayoría que prefiere  pensar que corresponde a otros luchar por su salvación. O a los más desprotegidos, cuya capacidad de reacción ya se observa casi totalmente minada. O a unos líderes, que los estudios de opinión revelan, preocupantemente, que están viendo disminuir sus  tropas. Es la misma mayoría que prefiere regodearse en la desesperanza a organizarse para la lucha en defensa propia, esperando un milagroso no sé qué, mientras vamos siendo empujados hacia un peligroso leviatán -en el sentido aportado por el filósofo inglés Hobbes-: El infierno de la “Bellum omnium contra omnes” –la “Guerra de todos contra todos”-, la confrontación donde las imágenes de lo que está bien y lo que esta mal se han desdibujado y, por ende, todo vale en fin de subsistir. Bienvenidos a la dimensión del mundo al revés, ya la tenemos entre nosotros. La Revolución nos la ha traído.






¿Ejerce Maduro físicamente el poder?



                                                                                Simón García

Tiene que haber alguna razón poderosa para que un político responsable y tan apegado al sentido de justicia, como Julio Borges, haya formulado como su promesa gruesa e inmediata, la declaratoria del abandono del cargo por parte de Maduro.


Es difícil disentir de la iniciativa por las desastrosas consecuencias de la gestión presidencial para la economía y la democracia y ante la angustiosa situación de vida de todos los venezolanos. Ella va a recibir una alta aceptación pública porque los venezolanos no quieren a Maduro en el mando.


Hay que ser cuidadosos con la crítica porque al poder le resulta tan ajena que cualquier desacuerdo en el seno de la oposición siempre será aprovechado por unos gobernantes que envilecen todo lo que tocan. El engranaje de manipulaciones del régimen se propone descomponer a la MUD y presentarla como dividida. La pluralidad será tratada como una anomalía y traducida en su mentira por el neolenguaje al que siempre acuden los totalitarismos.


Pero en este caso se trata de la opinión de un ciudadano, de un acto personal de conciencia y  no de la posición de una colectividad o de una organización. Esta singularidad me anima a señalar públicamente por qué no apoyo, esta vez, una propuesta que aun desconozco si proviene de la MUD o si es de la autoría del respetable Presidente de la Asamblea Nacional. Un amigo.    


La fuerza de la tesis es que expresa el deseo de la mayoría, de una manera tan contundente que logra pasar por alto la evidencia real de que Maduro está físicamente en la sede del poder, ejerciendo cotidianamente sus  funciones, tratado como Presidente por la mayoría de las instituciones del Estado y por las Fuerza Armada. Es un Presidente con un ejercicio contrario a los intereses del país, pero que aún conserva tras de si al Estado y algo menos de un 20% de los venezolanos.


No ignoro que se trata de un asunto político y no jurídico. Pero aún así, el éxito del combate a una dictadura requiere no perder la razón democrática y constitucional. El abandono del cargo de un Presidente, el último caso fue el del dictador Pérez Jiménez, supone una verificable dejación. La figura aparece en la Constitución como una de las formas de la ausencia absoluta. Y ausencia, según el lugar común, significa estar fuera de un lugar o de unas funciones.


Algunos interpretan el texto constitucional de un modo que bordea las prácticas del poder actual, lo cual debilita la condición alternativa exigible a la oposición. La significación práctica es que se está sustituyendo el debate sobre la colocación fuera de la Constitución del Presidente, de la Sala Constitucional y del CSE por una polémica sobre si Maduro ejerce o no el cargo. Tanto lo ejerce que viola sistemáticamente a la Constitución y junto con los poderes colonizados impidió con una marramucia el RR y se niega a realizar la elección de gobernadores, evento que nos haría avanzar en los cambios institucionales y proporcionaría una decisiva a las fuerzas de oposición.


La declaratoria, en las condiciones actuales, es una muestra del radicalismo malo, aquel que no contempla las condiciones para hacer efectiva la decisión, aquel que provoca repolarización inmediata y que no procura motivar al país para la formación de un nuevo consenso sobre la transición y para construir condiciones que permitan, negociación entre las partes de por medio, crear un gobierno de Unidad Nacional.  


A los amigos que van a preguntarme, con provocación que comprendo,  si quiero  mantener a Maduro, les respondo que no voy a seguir girando la tuerca al revés. Por eso y porque la política no puede ser ilusoria, no puedo acompañar esta jugada.


sábado, 7 de enero de 2017

Federalizar la rebeldía




Nelson Acosta Espinoza

Bien, amigos lectores, arribamos al año 2017. Lo clásico es cultivar altas dosis de optimismo y desear buenas venturas en el lapso que se inicia. Buenos deseos tanto en el plano individual y el colectivo. Mi intención se inscribe en este marco y espero que el 2017 sea generoso con todos los ciudadanos del país.

Ahora bien,  ¿cómo podríamos hacer realidad estas intenciones? ¿Sería posible traducir estas aspiraciones al ámbito de lo político? Desde luego que estas interrogantes apuntan hacia lo sustancial de la vida pública y privada de los ciudadanos venezolanos. En cierto sentido, las respuestas a estas cuestiones implicaría la formulación de un proyecto o plan para modificar el estado de cosas existentes. A tono con esta última sentencia intentaré dibujar, en líneas gruesas, esbozos de respuestas a estas interrogantes.

Me parece que la primera tarea sería posar la mirada sobre las instituciones donde la oposición democrática tiene presencia significativa. Sin lugar a dudas la Asamblea Nacional es el organismo de mayor relevancia. Aquí vale la pena detenerse e intentar un ejercicio de naturaleza critica. Observamos que en el periodo pasado la acción legislativa fue neutralizada. De hecho esta AN se halla incursa en un supuesto “desacato”. A partir de esta caracterización pesa sobre esta institución una espada de Damocles: es factible que la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia pueda declarar la juramentación de las nuevas autoridades de AN como un acto irrito y, en consecuencia, la AN carecería de autoridades. Así, la AN dejaría de existir para los otros Poderes Públicos. De producirse este escenario, estaríamos presenciando la disolución de esta rama del poder público en el país.

Avanzando en este ejercicio predictivo, sería posible que la dinámica política de pie para la creación del llamado “Congreso del Pueblo”. Organismo revolucionario sustituto de la AN y hacia la cual se redirigía los recursos inicialmente destinados al parlamento. Desde luego, estas acciones contarían con el respaldo del TSJ.

Lo señalado es una posibilidad y, su concreción, dependerá de la correlación de fuerzas existente entre demócratas y oficialistas. Los primeros, potencialmente tienen una ventaja de naturaleza estratégica: la gente, la ciudadanía rechaza mayoritariamente al gobierno. En sentido figurado es campo abierto para la siembra política. El gobierno, por su parte, es minoritario y solo cuenta con los aparatos institucionales de poder y con un respaldo que no supera el 15% de la población.

Entonces, ¿qué hacer? ¿En las circunstancias de este año 2017 cuál sería la estrategia oposicionista apropiada? ¿Cómo politizar el desencanto de la gente? Una respuesta sencilla seria ejercitar la rebelión. Ojo, rebelarse en el sentido que Albert Camus proporcionó al término: “El rebelde (es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo) da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es”. No es la “revolución" sino la rebelión constante el espíritu que mueve al hombre crítico, humanista y emancipador, previniendo de la tiranía en nombre de la libertad.

Es este el espíritu que deberían cultivar los hombres de la oposición en los distintos puestos ejecutivos (gobernadores, diputados, alcaldes, concejales, etc.) en los cuales se desempeñan. Este ánimo de rebeldía ha de ser la hoja de ruta, por ejemplo, para nuestros legisladores. Hacer realidad  su condición de diputado de sus respectivos estados. Practicar en cada una de sus jurisdicciones una suerte de “parlamentarismo de calle”. Centrar su conducta política en ayudar a articular la protesta social en el estado cuya población representa.

En fin, deben alejase del electoralismo y ser portador de un proyecto de país. Este diseño comienza por la federalización de su acción parlamentaria. Comprender que su compromiso es con los ciudadanos que lo eligieron y no con la agrupación política a la que pertenece.

En fin, federalizar la rebeldía.

Sin duda, la política de estos tiempos ha de ser así.






Enseñanzas del 2016

Humberto García Larralde
Luego de la contundente victoria de las fuerzas democráticas en las elecciones para la Asamblea Nacional del 6 de diciembre, el año 2016 se inició augurando la apertura progresiva de mayores espacios de libertad y de respeto a los derechos humanos. Con ello, se comenzaría a superar la terrible situación arrojada sobre la población por las desacertadas políticas del gobierno, con leyes que estimularían la actividad económica y restablecerían la confianza. El hecho de que ello no haya ocurrido obliga a indagar por qué. Ofrezco las siguientes líneas como enseñanzas de lo que, a mi juicio, fue este Anno Horribilis.

1)      El gobierno destapó su carácter no democrático, de dictadura, al desconocer las potestades constitucionales de la Asamblea Nacional valiéndose de un TSJ írrito, producto de designaciones fraudulentas de la AN anterior, en manos chavistas. A ello se le suma la anulación del derecho a revocar el primer mandatario, el presidio de más de un centenar de venezolanos por razones políticas, la persecución de personeros de la oposición, la negación de abrir canales humanitarios para traer medicamentos y muchos otros atropellos a los derechos humanos, civiles y políticos consagrados en nuestra Carta Magna. Es decir, no obstante su (cuestionada) legitimidad de origen, estamos en presencia de un gobierno de facto, dictatorial, que opera al margen de la Constitución.

 2)      Esta conducta obedece a la conformación de un Estado Patrimonialista en el cual se disuelve la distinción entre la hacienda pública y el patrimonio privado de quienes mandan. Éstos han terminado privatizando los bienes públicos para su usufructo personal, ¡pero en nombre del socialismo! Central a ello ha sido la destrucción del entramado mercantil para asignar recursos y satisfacer necesidades, el arrinconamiento del sector privado y la destrucción del Estado de Derecho, y su reemplazo por decisiones arbitrarias apoyadas en la fuerza del poder. Los controles de precio y las regulaciones punitivas han representado una veta sumamente lucrativa para el arbitraje (reventa de productos, gasolina o dólares regulados, a precios muy superiores) y la extorsión por parte de funcionarios militares y/o civiles con incumbencia al respecto en virtud de las normas interventoras implantadas. Ello se ha afianzado con la impunidad, la ausencia de transparencia y la no rendición de cuentas, así como con la complicidad desde las altas esferas del poder. Así lo atestigua la defensa inmediata e irreflexiva de aquellos acusados de narcotráfico, lavado de dinero y de otras marramucias.

3)      Como resultado, se viene consolidando una nueva oligarquía militar-civil que expolia la riqueza social, encubierta en una retórica “revolucionaria” que la proyecta como defensora del “pueblo”. Se inventan enemigos incursos en perversas conspiraciones contra la “revolución” para echarles la culpa de los desmanes causados por su negativa a enmendar políticas, su incompetencia y por la desidia en el manejo de la cosa pública, así como por la corrupción y el robo de los dineros públicos. En esta visión maniquea de patriotas y revolucionarios contra todo aquel que discrepe de la “buena nueva”, el gobierno concibe la acción política como una guerra. No se procura labrar los consensos requeridos para darle piso a sus iniciativas de política, ni se buscan acuerdos con fuerzas opositoras para tales fines. Al no reconocer la legitimidad del adversario político desaparece la política propiamente dicha y se sustituye por la confrontación en contra de aquél, a veces violenta, incitada por insultos y prédicas de odio desde el poder. Se acentuó la naturaleza fascista del régimen pero amparada en simbolismos propios de la retórica comunista. Se dependió cada vez más de los militares y del terrorismo de Estado contra figuras opositoras para mantenerse en el poder.  

 4)      La conducta de esta oligarquía trasladó la dinámica política y el acontecer económico al mundo de lo irracional. Su ideología ya no pretendió conquistar más adeptos a sus políticas en competencia con otras representaciones de la realidad, sino galvanizar a sus partidarios con toda suerte de disparates en preparación de una confrontación final que liquide a las fuerzas democráticas. Se alimentaron fanatismos para forjar un espíritu de secta dispuesta a defenderse, con cualquier medio a su disposición, contra lo que le ha sido señalado como amenaza. Con tal blindaje ideológico se han amparado desde las filas oficialistas niveles inusitados de crueldad y de agresión contra los venezolanos. La insania en que ha caído el régimen encuentra expresión en la bochornosa denuncia del ministro Reverol de que se habían acaparado en galpones suizos y de otros países europeos los billetes de Bs. 100 para atentar contra la “revolución” (¡!)[1]. El hecho de que el responsable de asesinar a mansalva a venezolanos humildes -delincuentes e inocentes- bajo el manto de los Operativos de Liberación (¿Liquidación?) del Pueblo (OLP) -otrora comandante de la Guardia Nacional señalado por la DEA de estar incurso en tráfico de drogas- acuse a la “ultra-derecha” de estar detrás de esta presunta conspiración da una idea de cómo la ideología permite bañar a cualquier gorila de “virtudes izquierdosas”. El país, definitivamente, ha sido puesto de cabeza.

 5)      Muchos de los dirigentes de la MUD han evidenciado no entender a cabalidad a qué nos estamos enfrentando. Los reflejos condicionados adquiridos por los más veteranos en otra época y las ilusiones de los nuevos, los llevaron a confiar en que Maduro respetaría el juego democrático. Quienes se sentaron a dialogar bajo auspicios del Vaticano con representantes del neofascismo pensando en que la perentoria necesidad de encontrarle salidas a una crisis que ha causado tanto sufrimiento llevaría a acordar metas mutuamente compartidas, han tenido que despertar a la desagradable realidad de que éstos no respetan reglas de juego alguno: no les interesa la suerte de los venezolanos, sólo su permanencia en el poder para seguir esquilmando a la Nación. Se ha puesto fehacientemente de manifiesto que lo único que hará retroceder al fascismo es una demostración contundente de fuerzas. ¡Y los venezolanos favorables al cambio tenemos esa fuerza! Constituimos más del 80% de la población, nos ampara el orden constitucional vigente y contamos con el apoyo internacional. Es de presumir, también, que esta disposición abrumadora por el cambio sea compartida por el grueso de la Fuerza Armada, que no está conformada por marcianos ajenos a la suerte de su país. Es cierto que Maduro ha hecho todo lo posible por corromper a los estamentos de mando para hacerlos cómplices del régimen de expoliación instaurado, pero es dudoso que ello haya comprometido a cal y canto el respaldo mayoritario de la fuerza.

 6)      El desafío que enfrenta la dirigencia democrática en 2017 es cómo conjugar estas distintas manifestaciones de fuerza para lograr un pronunciamiento decisivo de los militares -único punto de apoyo que le queda al régimen- a favor de la restitución del orden constitucional. Se trata de activar a las mayorías a través de movilizaciones, protestas y la concertación de apoyos internacionales en torno a un programa democrático, que incite la aparición de ese “Larrazábal II” al que se refirió el Padre Ugalde. En ello tiene papel central la definición de un proyecto país alternativo al desastre actual que, por su coherencia, convicción y claridad de propósitos, no deje lugar a dudas sobre la capacidad y determinación de rescatar a Venezuela de manos de las mafias que hoy la asfixian, y de enrumbar al país a un futuro posible de crecientes niveles de bienestar. Si bien la confección de un programa económico para la transición, actualmente en discusión, es importante, ello dependerá primordialmente de un liderazgo político valiente, inteligente y comprometido. 

¿Qué reacomodos se requieren para que las fuerzas democráticas logren el éxito que todos deseamos?


[1] www.lapatilla.com/site/2016/12/12/reverol-explico-al-pais-como-operan-las-mafias-contra-el-sistema-financiero-venezolano/.