sábado, 9 de abril de 2016

Un Mensaje a la Juventud Universitaria ¿Reaccionarán los Jóvenes Universitarios?



Asdrúbal Romero M.

La mitad de los estudiantes que se inscriben en la universidad, se están retirando y la institución no tiene forma de detener ese éxodo, porque se debe principalmente a la situación económica. Es sólo una de las apabullantes conclusiones contenidas en un estudio, recientemente, publicado por la Universidad de los Andes sobre deserción estudiantil, profesoral y de personal ATO. Les ruego enfáticamente que lo revisen. Pueden acceder a su contenido en el enlace: http://prensa.ula.ve/2016/04/01/cifras-de-deserción-estudiantil-profesoral-y-de-personal-ato-se-han-incrementado-en-la .

Lo que hace dos años era una inferencia sobre cómo impactaría la nefasta tendencia de empobrecimiento sistémico del país a los estudios universitarios, ya es una realidad documentada y soportada con incontrovertibles datos. El más importante logro de la universidad venezolana al constituirse en el engranaje principal de la movilidad social en nuestro país ha pasado a ser un sueño del pasado.

Es innegable que desde los sesenta se mantuvo, en este país, una tendencia sostenida de democratización del acceso de su juventud a una educación universitaria de calidad. La prueba de ello es inocultable. Podemos convocar como testigos a la gran cantidad de profesionales exitosos que contribuyeron con creces al desarrollo del país. Muchos de ellos provenientes de hogares humildes, en los que sus padres tuvieron que hacer ingentes esfuerzos para lograr el sueño de ver a sus hijos graduarse con un título universitario, mientras ellos lucirían por siempre, en la foto de los imborrables recuerdos, la correspondiente medalla colgada en sus pechos henchidos de orgullo por el objetivo logrado.

Soy hijo de aquellos tiempos, que hoy se nos revelan felices, tuve compañeros venidos de los más diversos rincones del país a la capital industrial del futuro. Todos, los más pobres, los menos, los clase media y los más ricos, compartíamos de igual a igual en esa maravillosa máquina de igualación social que era la Universidad.  Por esto, a mí no puede ningún destructor pretender venirme a cambiar la historia.

Despertando de la añoranza: ¿Con qué nos conseguimos? ¡El engranaje hecho añicos! La posibilidad de acceder a una educación universitaria con estándares mínimos de calidad le ha sido sustraída a la juventud venezolana. Ha sido contundentemente demolida y lo insólito es que esto haya ocurrido sin que se haya producido una reacción masiva de parte del estudiantado universitario. Aclaro: no es que pretenda desconocer el esfuerzo que han hecho algunos dirigentes estudiantiles del sector, pero, el resultado concreto es que el mismo no ha sido suficiente como para articular una respuesta, que esté en consonancia con la gravedad de lo que el Régimen ha venido perpetrando en contra de los jóvenes de este país. Les ha robado la oportunidad de progreso, les ha destruido la posibilidad de futuro, y lo ha hecho, reitero, en sus propias narices sin que, como colectivo, hayan sido capaces de responder con la debida contundencia. Desde esta perspectiva, así va quedando esta cohorte generacional en el obligado retrato que la historia hará, en una penosa posición de rezagados frente al aporte que han hecho otras en el pasado de cara al patriótico compromiso intergeneracional.

Los padres, que pueden, andan diligenciando recursos para poder transferir sus hijos del sector público al privado -este flujo migratorio también podría perfectamente cuantificarse-.  Sin embargo, existe la posibilidad de que tal medida de emergencia tampoco sea la solución. La destrucción tiende a ser total. También en el subsistema privado universitario las cuentas no vienen arrojando resultados para su sostenibilidad, como consecuencia de un draconiano marco regulatorio que ha represado el incremento del costo matricular a un máximo del 20% anual por varios años. En un contexto inflacionario, que ya todos sabemos anda volando, esa ilógica imposición ha pretendido mantener la ficción de que la educación, finalmente, podría succionarse del aire.

Todos estos años, han sido los docentes y trabajadores de dichas instituciones quienes han financiado con su empobrecimiento salarial esa ilusoria ficción. En general, en las universidades privadas los salarios están aún más deprimidos que en las financiadas por el Estado. Los fenómenos de rotación y deserción profesoral se han venido incrementando a un ritmo preocupante. Los mejores se van y la calidad, que nunca alcanzó a igualarse al estándar público, decae alarmantemente. Los caminos hacia una educación universitaria de calidad en este país se cierran.

No hay calidad, no importa, pero hay título, dirán algunos. Pero hasta esa posibilidad se ensombrece. Los elevadísimos índices de inflación en los rubros de mantenimiento –por encima del 2000%- se han encargado por sí solos de poner los saldos en rojo y hacer aflorar las tensiones por tanto tiempo reprimidas. La ficción de los buenos deseos ya no da para más. Los jóvenes prefieren emprender la protesta contra las asociaciones civiles, incluso estudiantes adscritos a las fracciones juveniles de algunos partidos que, se supone, debieran estar mejor formados sobre todo lo que viene ocurriendo en el país. Acabamos de ver un primer round en la UJAP, pero también en otras instituciones privadas la procesión anda por dentro. No es de extrañar que en algún momento alguna asociación civil prefiera soltar las riendas de tan tamaña responsabilidad y entregárselas al Estado. ¿Y entonces qué? ¿Mejorará ello la operatividad y calidad de esa institución? ¿Se habrán paseado los estudiantes por el análisis de este escenario?

De alguna forma, el Régimen logra aparentemente escabullirse de su culpabilidad en el desempeño de su rol destructor de todas las instituciones. Ha logrado fragmentar a la sociedad en sectores estancos que, desconectados y desarticulados, no alcanzan a comunicarse entre ellos para unificar criterios sobre quién es el verdaderamente responsable de este cáncer que nos invade por todos los intersticios del tejido social. Es así como, frecuentemente, observamos enfrentamientos intersectoriales buscando achacar responsabilidades en otros que en la realidad también son víctimas de la descomposición. Pacientes o sus dolientes versus médicos o clínicas privadas; padres versus maestros; pobladores desasistidos versus alcaldías empobrecidas; estudiantes universitarios versus profesores y autoridades y, ahora, los de las privadas versus las asociaciones civiles.

A raíz del más reciente paro gremial universitario, ocasionado por el segundo retardo en el pago de la nómina que ha ocurrido en los pocos meses que van de este 2016, volvimos a ser testigos a través de las redes sociales: de las ya casi eternas reprimendas a los profesores por coartar el derecho al estudio de los “pobrecitos” estudiantes. Independientemente de que dicho paro pudiese tener alguna efectividad a estas alturas de nuestro fracaso colectivo en defender a la Universidad y a nosotros mismos –me cuesta imaginar que al Gobierno le haya producido una mínima picazón- queda al menos la dignidad de quienes ya no desean seguir siendo irrespetados mediante atropellos cada vez más burdos. Ese resquicio de dignidad que nos queda debe ser respetado. Tiene que preguntarse uno si ya no es hora de que los jóvenes universitarios reflexionen y se aclaren de cuáles son los auténticos victimarios de su derecho al estudio. Mientras escribo estas líneas me entero que, por dos días consecutivos, las aulas del campus Bárbula han permanecido sin servicio eléctrico en todo el transcurso de sus respectivas mañanas. ¿Entonces?

¿Cuándo reaccionarán y por qué no lo han hecho? Más allá de la situación muy peculiar de la UC que pudiera comentarse a raíz del enojoso asunto de que no se hayan celebrado elecciones estudiantiles por más de ocho años, la respuesta a esta doble interrogante en el contexto general del país es muy compleja. No me siento en capacidad de abordar un exhaustivo escrutinio de las misteriosas razones, pero me ofrezco a organizar un equipo interdisciplinario para una exploración conjunta en la que participen jóvenes deseosos de organizarse para la defensa de sus derechos.


Un comentario final que no deseo dejar en el tintero. Llama poderosamente la atención que las fracciones juveniles de los partidos políticos, incluyendo a los más nóveles como Voluntad Popular y Primero Justicia, prácticamente hayan abandonado su espacio natural de lucha política que es la trinchera universitaria, que debiera constituir su primigenio campo de entrenamiento y semillero de los futuros líderes, para privilegiar el trabajo político electoral de calle. Es como si quisiesen todos, en franco apresuramiento, llegar a ser alcaldes y diputados obviando la etapa de obligada formación política. ¿Sus respectivas organizaciones políticas que les cobijan han tomado consciencia de tan significativa desatención? ¿Cómo articulamos masivamente a los jóvenes en la lucha por el país cuando los hemos desatendido en su espacio primario de necesidades y formación?


No al chantaje ideológico






Humberto García Larralde
Los venezolanos se enfrentan a un gobierno sumamente cruel e inhumano, que da reiteradas muestras de que le importa en absoluto sus penurias. El hambre que se extiende a sectores cada vez más numerosos, las muertes y angustias atribuibles a la ausencia de medicamentos y/o de equipamiento de hospitales, el altísimo índice de criminalidad que sesga vidas inocentes y los padecimientos ocasionados a la población por la escasez generalizada, les resbala. No es con ellos, señalan, volteando de un lado para otro en busca de culpables, pues por (auto)definición, son “abnegados revolucionarios” defendiendo las conquistas del pueblo ante la arremetida de fuerzas oscuras de la “derecha”. Y así, con el mayor cinismo los más, creyéndose sus embustes los menos, siguen impertérritos con sus políticas empobrecedoras y de progresivo exterminio de la población.

Esta insensibilidad se transforma en burla abierta del sufrimiento de sus coterráneos cuando repiten una y otra vez, como excusa, la suprema estupidez de que el gobierno enfrenta una “guerra económica”.  El último desalmado en mofarse así del pueblo es el embajador ante la OEA, Bernardo Álvarez, al negarse ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a aceptar la ayuda de gobiernos y organismos extranjeros, aduciendo que es irresponsable hablar de una crisis humanitaria en el país, porque lo que existe es ¡la guerra económica! No hay emergencia sanitaria, no hay desabastecimiento, no hay presos políticos encarcelados de manera fraudulenta, no existe violación de los derechos humanos y no se acepta ninguna ayuda foránea porque, por antonomasia, tales padecimientos no existen en una revolución. No se despilfarraron los mayores ingresos que registra la historia del país, no se hipotecó el futuro de los venezolanos con deudas gigantescas y subastando recursos del subsuelo a cambio de unos churupos para estirar la arruga, no se quebraron las empresas públicas por robo y negligencia, ni se dejó deteriorar los servicios públicos por desidia (y robo). Así que, en nombre de la única “verdad” admisible, a seguir arruinando al país, “la Historia nos absolverá” y ¡”pa’atrás ni pa’ coger impulso”!

Causa suma indignación tanto cinismo e indolencia para con el sufrimiento de la gente. Y aunque ya casi nadie cree en la idiotez de la guerra económica, ello no es consuelo. Preocupa que no emerja una opción clara, contundente, que haga saber a los venezolanos que esta situación no es una fatalidad, que puede mejorar significativamente y en un plazo menos distante de lo que muchos creen, con unas políticas coherentes y un equipo calificado de gobierno. Es menester proponer de manera decidida las tres condiciones básicas, ineludibles, para atajar de inmediato la caída del nivel de vida de los venezolanos y abrirle posibilidades de recuperar su futuro que, por fuerza, implicarían un gobierno de transición. Estas tres condiciones son:

1) la concertación, lo más pronto posible de un generoso financiamiento internacional, en el orden de los $30 a 40 millardos;
2) la privatización de empresas públicas que son un desaguadero de dinero y sin la cual no es posible sanear las cuentas fiscales; y
3) el desmontaje de los controles y regulaciones que aplastan a las actividades económicas.  
Las primeras dos son imprescindibles para unificar el tipo de cambio y liberar el acceso a la divisa. Sin ello, no podrá superarse el estrangulamiento externo que impide importar insumos, repuestos y equipos para la actividad productiva, base para lograr el abastecimiento interno y la generación de empleos bien remunerados. La tercera es imprescindible para liberar las fuerzas productivas, y promover la competencia y la racionalización de las actividades económicas. Las tres, junto a un programa de estabilización macroeconómica, son pilares de un programa para abatir la inflación.

Sabemos que la oligarquía en el poder se opondrá con uña y dientes a desmontar los controles, privatizar empresas que vacían las arcas públicas y negociar empréstitos internacionales que exigen poner orden en la casa, porque con ello se desmontarían las bases de sus muy lucrativas actividades corruptas, de expoliación de la riqueza social. Pero si bien se les ha caído la máscara de redentores para justificar esta postura, siguen contando con el chantaje ideológico enraizado en la cultura política nacional, que les permite estigmatizar estas medidas. Así, todo asomo de negociación con el FMI, único ente en capacidad de otorgar el financiamiento requerido, y la privatización de empresas públicas que desangran las finanzas del Estado, son repudiadas por Maduro por “neoliberales”. Apela, con ello, a toda una carga valorativa que hemos cultivado los venezolanos bajo gobiernos populistas adecos y copeyanos, y bajo el actual régimen fascista de Chávez-Maduro, en la que ambas medidas se asocian a un deterioro de las condiciones de vida de la población a causa de la “entrega del país a intereses privados, nacionales y foráneos”. A papá Estado, por más corrupto e ineficaz que sea, se le tiene que permitir que intervenga en todo y gaste a mano suelta porque, por antonomasia, es el único que representa los intereses del pueblo.

Ya hemos explicado en un artículo anterior,[1] que el verdadero ajuste draconiano, empobrecedor, es el que nos viene imponiendo Maduro desde hace dos años. Por el contrario, disponer de un financiamiento internacional capaz de destrabar las cuentas externas, no puede sino ser expansivo, pues permitirá la importación de insumos, repuestos y equipos para la producción doméstica y la generación de empleo, así como los bienes de consumo que requiere la población. Por supuesto que tal financiamiento se condiciona a que el país haga los ajustes macroeconómicos que aseguren su reembolso en el tiempo. Y ello se centra en el saneamiento de las cuentas públicas que implica, como elemento central, que el estado se desembarace de empresas quebradas que requieren transferencias permanentes para subsistir. Así se liberarán los recursos para compensar a los sectores vulnerables que pudiesen verse afectados por un programa de transición.

¿Cómo es posible que los voceros democráticos no sean capaces de defender estas ideas de manera abierta, para lo cual sobran argumentos y datos empíricos? ¿Cómo no defender que contar con unos 30 – 35 millardos de dólares de un organismo financiero internacional en calidad de préstamo es algo que beneficia a los venezolanos con abastecimiento, producción y empleo? ¿Hasta cuándo el chantaje ideológico del populismo – fascismo?



sábado, 2 de abril de 2016

Cuidado: no confundir deseos con realidades

Nelson Acosta Espinoza
Pareciera que el inicio del mes de abril no tan solo traerá el florecimiento de las plantas, (esta última afirmación está relacionada con su raíz etimológica: aperio que significa abrir). Tengo la impresión que existe otra “floración” en el ámbito de lo político. Se acaba de anunciar la disposición de alcanzar formas de diálogo que garanticen la paz de la nación. En efecto, oposición y gobierno se han acogido al exhorto del papa Francisco a favor de la reconciliación entre los venezolanos.

En líneas generales ambas bancadas parlamentarias se han comprometido, entre otras cosas, a trabajar de buena fe en el exhorto del sumo pontífice por el bien común y se impulse la cultura del encuentro; se fomente activamente las condiciones para empezar un diálogo fecundo que permita alcanzar la paz; animar a todos los venezolanos a humanizar el país para ser conductores de la armonía y se difundan las palabras del jerarca de la iglesia católica.

Bien, en inglés existe una expresión apropiada para calificar este acuerdo: wishful thinking. Traducida al castellano significa pensamiento ilusorio; confundir los deseos con la realidad. Visto, desde otro ángulo más realista, se podría deducir que el oficialismo intenta comprar tiempo y, en consecuencia,  se acuerda en torno a esta fantasía lingüística. Sería deplorable que la bancada democrática caiga en este tipo de racionamiento ilusorio.

No hay algo más dañino en política que diseñar estrategias atornilladas en algo que se denomine “buenas intenciones”.  Por definición esta actividad, si aspira alcanzar efectividad,  ha de ser concebida en términos de tácticas y estrategias. Si se quiere, hay que darle una connotación de naturaleza bélica. Cuidado, esta última afirmación es extraída de los clásicos de la política (Maquiavelo, Max Weber, Gramsci, entre otros.). Lo que intento señalar es que en Venezuela se agotó  la forma de hacer política que definió todo un período histórico. Nos encontramos, entonces, ante la circunstancia de tener que reinventar esta actividad. Y, esta pulsión, debería orientar la conducción política del bloque opositor.

Voy a intentar ilustrar lo afirmado en el párrafo anterior. El electoralismo, vale decir, la búsqueda de gobernaciones  como un fin en si mimo, puede ser considerado como un error y pudiera reproducir los hábitos políticos que se intentan sustituir. En las actuales circunstancias, este campo de batalla debería estar subordinado a un interés superior: desplazar del poder al chavismo- madurismo como requisito para iniciar un nuevo ordenamiento político, cultural y social en el país. Lo electoral, en consecuencia, debería ser asimilado por los candidatos  como un escenario para difundir la idea de una nueva patria. Me pregunto: ¿los partidos que participan en esta contienda son portadores de una visión alternativa? ¿Expresan una radicalidad que los separen del pasado y del presente político del país? Bien son interrogantes abiertas. Se cerrarán en un futuro próximo.

El padre Luis Ugalde, en un artículo reciente (El Nacional 31 de marzo) ha diagnosticado con una alta dosis de realismo la coyuntura política. La naturaleza catastrófica de la situación del país  requiere, a su juicio, un acuerdo en torno a un gobierno de salvación nacional. Es indudable que una propuesta de esta naturaleza es apropiada y ayudaría  a encauzar pacíficamente al país hacia otras formas de organización. Se me ocurre, como ejemplo, la transición española.

Sin embargo, guardando las distancias, me parece que tenemos un déficit de personajes y de relatos apropiados para caracterizar la situación y abrir puertas hacia el porvenir. Desde luego, esta opinión tan solo describe el momento actual. No tengo dudas que en el horizonte aparecerán los personajes que enarbolarán las verdaderas banderas que anunciarán el futuro.

Finalmente, hay que estar alerta ante los peligros que se derivan del wishful thinking.










Días de ira o de entendimiento?

Simón García
La disyuntiva es cada vez más clara para todos: cambiar o permitir la continuación de la destrucción del país. Más de las dos terceras partes de la población exige un cambio, lo que significa que allí están incluidos seguidores del gobierno y que buena parte de ellos está dispuesta a revocar a Maduro. 
El país que está bregando diariamente con la crisis está comprobando que el chavista está haciendo la misma cola que quien no lo es y que tanto unos como otros son víctimas de un modelo que no funciona y de un gobierno ocupado, por un lado, en mantener las medidas que profundizan la crisis y por el otro, en prolongarse en el poder aún a costa de que el país se hunda. Es evidente que esta obsesión continuista de la cúpula está vinculada a mantener corruptelas y negocios peores a los que se han destapado en Brasil gracias a un poder judicial independiente y a unas fuerzas armadas institucionales.
En nuestro caso, la cúpula gubernamental ha decidido colocarse contra el Estado de derecho, manipular la Constitución Nacional para protegerse, usar la ley para otorgarle impunidad a sus delincuentes, negar la mayor conquista de la democracia participativa como es el derecho a que sea el pueblo quien decida si quiere a Maduro dentro o fuera de Miraflores. 
A la cúpula gubernamental no le importa Chávez y del siglo XXI sólo le interesa mantener el hampoducto entre la renta pública y las escandalosas cuentas bancarias afuera. De este círculo de perversión del proyecto, descomposición del Estado y agresión a la sociedad forman parte los invasores del Tribunal Supremo de Justicia y sectores militares al servicio de una parcialidad amparada en una ideología contraria a la justicia y a la libertad.    
Está prendido un alerta rojo en las bases todavía fieles al oficialismo en las parlamentarias. En el Psuv y su polo vitrina también crujen los reclamos y la exigencia de cambio. Las declaraciones de Rodríguez Torres rompen el pacto de silencio que han aceptado otros dirigentes críticos dentro del Psuv.  No son ni salto de talanquera ni carantoñas hacia la oposición, sino un acto de aceptación de la realidad para impedir que el Psuv sea manejado como un dique contra la voluntad del pueblo. 
Hay una Venezuela en resistencia al autoritarismo y a la barbarie. Los que no se adaptan a la crisis pueden trabajar juntos a favor de un modelo de transición compartido, incluido el mecanismo de la renuncia de Maduro que sería la mayor contribución a la paz y a la convivencia. 

Para que ello sea posible hay que aislar a los sectores radicales, estén donde sea, pero especialmente a los que están alojados en el poder, con más apego a la Constitución, con más democracia, con más convivencia, con más reconciliación y con los cambios indispensables para superar la crisis.

¿Por qué no vemos a PJ entarimados con la MUD y Tintori, clamando amnistía y libertad por Leopoldo López?

ORLANDO VIERA-BLANCO, 


Los venezolanos que votamos el 6D observamos situaciones difusas en la agenda política de la AN atraídas por PJ. Para comprender el alcance de las prioridades, los partidos de la MUD pactaron tres objetivos si hacían mayoría: i.- Una salida pacífica, electoral, democrática y constitucional del actual gobierno. ii.- Ley de Amnistía y Reconciliación Nacional y iii.-La restitución de la autonomía e institucionalidad de la AN.  Llevamos tres meses (sin representación de Amazonas) de trabajo parlamentario. Es poco, bien. Pero lo que preocupa a la opinión pública, no es lo que no se ha hecho, sino lo que luce, no se hará pronto. ¿Por qué?

Los tiempos en política son fundamentales. Si no que lo diga Don Jóvito Villalba, quien intitulado de una de las carreras políticas más fecundas de Venezuela, quedó etiquetado (y proscrito) desde 1952. Vale destacar que Jóvito -ilustre hijo de Nueva Esparta- perteneció a la denominada generación del 28, que luchó contra el Gral. J.V. Gómez.  Ese  año participó en el cuartelazo de San Carlos, que lo llevó a La Rotunda y al Castillo de Puerto Cabello.  Fue fundador en la clandestinidad -junto a Rómulo Betancourt y Rodolfo Quintero- del  PDN (1936). También de URD en 1945, y sempiterno exiliado en EEUU, Trinidad y México -1929- donde  formó parte del  PRV, con Salvador de la Plaza y Gustavo Machado.  Desde 1925 no cesó su enrostre contra los dictadores a caballo. Pero un evento bastó para convertir su leyenda viva, en una leve y afeitada unta figurativa, preámbulo de su derrota en la contienda de 1960 contra Betancourt. Después Villalba, quedó asimilado algatopartismo. Deserta del pacto de Punto Fijo, pero más tarde apoya a Luis Herrera (Copei) y Jaime Lusinchi (AD). 

Una suerte de "escaparate político". Ese accidente desalentador -decíamos- fue la elección constituyente de noviembre de 1952 contra el Frente Electoral Independiente (FEI), partido de Pérez Jiménez; zafra que URD ganó holgadamente pero no cobró, sensiblemente. A partir de allí, uno de los más valientes y lúcidos oradores que ha tenido Venezuela, no gozó del apoyo para convertirse en PDR. El pueblo interpretó aquella victoria en exilio, como una claudicación incomprensible y un despojo imperdonable.  Y lo que vino después, la dictadura...

En política el momentum es fundamental. De su manejo eficiente, torpe; gallardo o borroso, quedan improntas imborrables. La inconsistencia en política, es uno de los antivalores más despreciados por la opinión pública. Y junto a la inconsistencia, la incoherencia... Cuando no se representa lo que es ni quien se es. Virtuoso lo contrario: la perseverancia y la genuinidad. Ejemplo de inconsistencia, el oportunista-candidato sin cabalgadura popular. Típico de incoherencia, pretender humildad cuando el arrojo es inocultable. En este caso lo mejor es presentarse auténtico, cómo quien se es...

Muestra de perseverancia y coherencia, el propio Caldera. El candidato eterno. Siempre ensu mar de fondo, pero sin despeinarse... CAP fue otro hombre de grandes empatías por elocuente y disciplinado. El propio Rómulo lo tildaba [CAP] de ingenuo. Pero esa "candidez" lo hizo inmensamente potable... Chávez fue un irreverente irreconciliable y confeso en su obsesión mediática. Estudiaba sus poses frente al pueblo, demostrando un sentido de "aparición" (desde su por ahora), muy llanero. Estos hombres -amén de acertar o errar en su gestión- fueron actores políticos de ensambladura y rigidez, que definían (percibían) carácter y personalidad. CAP ofreció nacionalización -con costosísima inocencia- pero la cumplió. Caldera -mirando por encima del hombro- tuteló la justicia laboral. Y Chávez -militar, urugallo y coplero- ofertó referéndum constituyente y lo decretó al día siguiente de pisar Miraflores... Trump -por cierto- no es para nada estadista. Pero sus bufonerías  -obsesivas, megalómanas y continuas- contrastan y lo "distinguen". Aprovechamiento del nacioamomentum sin lo cual se quedan del lado de los perdedores de la historia.

El Dip. Borges y su bancada, alientan la  Ley de Alimentación, de Ticket de Medicina, de Otorgamiento de Títulos de Propiedad a beneficiarios de la Gran Misión Vivienda y la Ley de Producción Nacional. Pero muy jipatos y aurinegros, impulsan la amnistía y escurren la enmienda. Y favorecen un R.R. (que saben, no estamos a tiempo). ¿Por qué? Uno siente como ciudadano que votó por la libertad de 175 presos políticos, por el cese de la persecución y el regreso de los exiliados, que ello no es prioridad para PJ. Aletargan el momentum. Enfrían la calle. Cabalgan sobre iniciativas populistas que el pueblo las ve engominadas. ¿Por qué no vemos a PJ entarimados con la MUD y Tintori, clamando libertad por Leopoldo López? ¿Por qué siente uno que le dan pulmón a Maduro? ¿Por qué, por qué...?

Cuidado con el síndrome Villalba. Cuidado con la "unidad" como fin y no como instrumento para lograr el fin esencial: la libertad. El pragmatismo cansa a la gente, que lo detecta y lo sataniza. Y  el pueblo no olvida ni perdona, a quienes teniendo el deber de cobrar democracia, dejaron discurrir dictaduras...





domingo, 27 de marzo de 2016

Maduro, Obama, Jagger y nosotros

Nelson Acosta Espinoza
Bien, amigos lectores, la semana que finaliza nos proporcionó un excelente ejemplo, en vivo, de lo que significa la postmodernidad. Entendiendo por esta categoría la coexistencia simultánea de códigos culturales contrapuestos y pertenecientes, por así decirlo, a etapas de “desarrollo” distintas.

Me estoy refiriendo a la presencia en Cuba de personajes tan disimiles como Nicolás Maduro, Barack Obama y Mick Jagger. Con diferencias en días representantes de tres tiempos históricos distintos coincidieron en la Habana: pasado, presente  y futuro. Voy a intentar explicar esta peculiar circunstancia.

Nicolás Maduro, simboliza esa pieza de arqueología política denominada Socialismo del siglo XXI. Su presencia en la Habana obedeció a recibir la más alta condecoración que otorga el gobierno cubano, la Orden José Martí. Una forma gentil y simbólica de dar las gracias por los favores recibidos y, hasta cierto punto, un adiós nostálgico a  generosos tiempos que no volverán. En fin, Nicolás recibió su premio de consolación.

Dos días después, la sociedad cubana presenció la histórica vista del presidente del país más odiado por ese gobierno y símbolo real del llamado imperialismo yanqui. Paradojas de la historia. Cuba y USA han iniciado un periodo de arduas negociaciones para restaurar los históricos vínculos que el pasado existían entre estas dos naciones. El pueblo Cubano expresó con intensidad y alegría  su aspiración de reanudar esta relación y capitalizar los beneficios que la misma conlleva. Pareciera que la consigna  es: Yanquis Comeback.

Finalmente, una visión de un futuro próximo arribó a la isla a través de la música. La histórica visita del grupo musical The Roling Stone desató una ola de entusiasmo que, en cierto sentido, anuncia el tiempo por venir. Mike Jagger, de 72 años fue recibido con entusiasmo desbordante.  A pesar de ser exponente de una vida intensa con connotaciones profundas distintas a las que la revolución intentó implantar en la población. Para un sistema político que se planteó  formar el “hombre nuevo”, señala Yoani Sánchez, este "flaco de vida convulsa significaba el anti modelo, lo que no deberíamos imitar".

Bien retomemos el párrafo inicial. Cuba, sin lugar a dudas, vivió intensamente su momento postmoderno. En un espacio cronológico pequeño coexistieron el pasado (Maduro), presente (Obama) y futuro (Jagger) y, en cierto sentido, anunciaron lo complejo que ha de ser la vuelta a la normalidad histórica en esta pequeña isla.

Esta heterogeneidad de tiempos históricos no es exclusiva de la sociedad cubana. En Venezuela también la estamos presenciando. En nuestro país es obvio quien simboliza el pasado. Sin embargo, a mi juicio, lo que aún no está muy claro es cuál de los actores políticos expresa con claridad el futuro.

Hay una tendencia a restaurar lo ya vivido. Y esta desviación se expresa en un electoralismo desprovisto de oferta de cambios reales. No es la primera vez en nuestra historia que un sentimiento de transformación es cancelado por apetitos subalternos.

Las próximas elecciones de gobernadores no deben constituirse en un fin en sí mismo. Por el contrario, habría que subordinarlas a un propósito mayor y dotarlas de una agenda de transformación  real. Insisto. La población está esperando ser interpelada por discursos que anuncien un cambio de régimen. La situación económica y social empeora a tasas de velocidad impresionantes.

La MUD, es justo reconocerlo, ha elaborado un conjunto de medidas para poner fin a este gobierno antes que finalice el año. Parece lógico, entonces, que los próximos comicios se subordinen a esta tarea anunciada por esta organización. Ojala que en un periodo corto de tiempo podamos aclamar la vuelta a la democracia y prosperidad económica.

De ser así, celebraremos con intensidad el comienzo de este nuevo espacio histórico en nuestras vidas.